Felicidad o infelicidad

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Desde que regresé a mi ciudad accidental ando metido en la puesta en práctica de conceptos tan subjetivos y antitéticos como la felicidad y la infelicidad. Si observo y escucho a mi alrededor sólo oigo quejas, frustraciones y pesimismo. Quizás deba ampliar el campo de visión. Que si nuestro conducator es un mentiroso compulsivo, que si el jefe de la oposición es más de lo mismo, que si los indepes sufren de bipolaridad y los abertzales de machismo, que si la inflación está acabando con nuestros ahorros, que si la mala educación abunda por todas la esquinas, que si no hay suerte en el amor, que si el jefe nos tiene inquina o que si el Barça es un tramposo con sus palancas. La mayoría de los “lamentosos” no dudan en concluir que la culpa está en los demás y no en ellos. De esta forma, nos quedamos tranquilos con nosotros mismos.

Por tanto, sorprende que en esos estudios extraños que elabora Naciones Unidas para justificar el presupuesto que financiamos todos, concluya en su último informe sobre la felicidad que España ha ganado posiciones pese a todo y que se encuentra en el puesto 27. Enhorabuena entonces por lo que a mí concierne, aunque confieso que poco he colaborado en los últimos doce meses para que mi país mejore. Ni cuenta me he dado.

En otro estudio que acabo de escuchar en un noticiario de radio centrado exclusivamente en España, pero que no recuerdo ahora qué organismo lo ha realizado -lo que sí sé es que la autoría no es del peculiar CIS de Tezanos, maestro en hacer trampas al solitario-, se informa que el 75% de los españoles encuestados confiesa ser feliz. Pues vaya. Entonces o mis entendederas son muy limitadas, sufro sordera y proceso sólo lo que quiero procesar o tal vez quienes participaron en la encuesta mintieron como bellacos.

Es cierto que definir la felicidad o la infelicidad no es tarea sencilla. No es un indicador económico como el PIB, la deuda o la inflación, por cierto parámetros que no siempre son exactos. El Banco de Inglaterra, por ejemplo, ya anuncia que el Reino Unido entrará en recesión el próximo diciembre y que ésta durará al menos doce meses. Sin embargo, los turistas británicos desoyen los malos augurios del órgano regulador e inundan este verano nuestro país gastando sus libras y divirtiéndose aquí. Uno de nuestros líderes sindicales también ha querido tapar boca a los agoreros: “Nos quieren hacer la puñeta, pero no nos van a impedir que disfrutemos del verano”. Dicho y hecho: doy fe que montones de españolitos con familia poblaban este julio París agotados por el calor y por la cultura metida en vena.

Los psicólogos nunca se ponen de acuerdo sobre el concepto de felicidad. Es natural: para eso son psicólogos, para crearnos inseguridades incluso si nuestra conducta es normal. En cualquier caso, sí reconocen que no es un todo, sino un conjunto de elementos limitados con los que hacer la media y poder concluir, por ejemplo, que Pedro es feliz y Manuel,por el contrario, es infeliz. Hay personas que trascienden de esos niveles para alcanzar el estado de imbecilidad. No sufren ni padecen. Los hay que piensan que son muy listos pese a ser muy imbéciles y hay otros, por desgracia, que son enfermos de demencia. Los primeros son realmente peligrosos por el daño que nos pueden causar incluso con malicia.

Para mí, que confieso no haber pasado del aprobado raso en esto de la felicidad y en ocasiones suspendido, seguramente por haber nacido insatisfecho y vivido así, considero que tal vez el secreto resida en no ponerse metas casi inalcanzables sino pequeños objetivos. Claro, los ambiciosos dirán que esa postura es muy conservadora. Tal vez, pero así lo pienso. Por ejemplo, me llama mucho la atención que el flamante nuevo presidente de Colombia, el progresista y ex guerrillero Gustavo Petro, haya confesado en una entrevista que si un gobierno quiere realmente aplicar medidas radicales lo debe hacer inmediatamente. De lo contrario, pasado un año, no lo hará y surgirá la decepción ciudadana. Demasiadas expectativas a mi juicio, aunque ojalá tenga éxito. Recuerdo ahora todo lo que anunció Alfonso Guerra tras la victoria socialista en 1982 y que luego Felipe González debió matizar al darse cuenta que no siempre quien tiene el poder político posee realmente el de la nación. En algunas cosas es verdad que se dio la vuelta al calcetín, pero en otras, como la arbitrariedad o la codicia y la corrupción, no nos cambiamos esa prenda aunque oliera mal. Y ahí siguen los calcetines, negros o de otro color, poco importa, destilando pestilencia.

Parece ser, según los expertos , que el grado de felicidad digamos aceptable se alcanza si funcionan bien las hormonas ligadas al fenómeno. Es decir, las endorfinas, para controlar el dolor; la serotonina, para aliviar la depresión; la oxitocina, como remedio para aceptar a los demás y, por último, la dopamina, de la que siempre hablamos a la hora de dar consejos, muy duchos en eso, que estimula el placer y la relajación. En mis analíticas particulares no recuerdo haber tenido nunca buenos registros y eso que cuando empieza el año me digo que esta vez sí.

A veces me pregunto si uno de los secretos de la felicidad reside en ignorar lo que sucede en el mundo. Yo no suelo creerme mucho esa historia de quienes me comentan: “chico, yo no leo la prensa ni veo la tele”. Por deformación profesional no es mi caso, aunque ahora en el estado de nirvana asocial en que vivo no tengo ninguna necesidad de estar informado.

En cualquier caso, es complicado en estos momentos congraciarse e identificarse con el ser humano. Al menos, con algunos individuos por desgracia poderosos. Este verano se ha dado una vuelta de tuerca a peor con lo que sinceramente no sé qué carta jugar.

La crisis ucraniana lejos de terminar se ha estancado. El sátrapa Putin se frota las manos chantajeando a Europa con el gas y quemando el excedente. Biden, cada vez más desprestigiado y ahora zancadilleado por la speaker de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, con su inoportuna visita a Taipei lo que ha permitido a China sacar todo su potencial de dominador. Oriente Próximo, de nuevo en el avispero entre israelíes y palestinos y la Yihad de por medio. El calor insoportable confirmando que no es debido sólo a la estación estival sino al cambio climático. La mediocridad de los líderes europeos con el adiós de Mario Draghi y la amenaza seria que la extrema derecha triunfe en las elecciones italianas el próximo septiembre.

Al menos leo una noticia que me agrada: hay un resurgir en España de los estudios universitarios de filosofía e incluso el prestigioso MIT (Instituto Tecnológico de Massachusetts) tiene en su programa curricular de ingeniería créditos de Filosofía. A ver si con suerte alguien recupera la sensatez que hemos perdido desde hace un tiempo y comienza a pensar y a ser crítico. ¿Se lo permitirá la sociedad?

 

Bosco Esteruelas es periodista y escritor. Ha trabajado en El País como editorialista y corresponsal en Tokio y Bruselas, y antes en la agencia Efe en las delegaciones de Roma, Washington y Londres. Ha sido también portavoz de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación) y de la Comisión Europea. Ha publicado cuatro novelas, "El reencuentro" (2011), "Todo empezó con Obdulio" (2012), "Retorno a Zumaia" (2014 y "Gracias, asesino" (2020), y una colección de relatos titulada "La chica de Tsukiji" (2014)   En esta bitácora quiero observar e interpretar la realidad política y social desde fuera de la jungla urbana

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