Fin de Año & Knocking On Heaven’s Door

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Lo reconozco, no le tengo especial aprecio a los finales, particularmente a los finales de año, detesto esta celebración porque me hace consciente del paso implacable de que todo pasa y nada queda, como dice la canción. Se termina un ciclo y comienza otro, sí, muy bien, pero mientras tanto el tiempo corre y corre que se las pela en un minutero, sigue su curso cual correcaminos que, en lugar de decirte Pipí, te hace tic-tac, tic-tac, es la hora de marchar. Guste o no, el tiempo no espera, al contrario, acelera los acontecimientos; provoca comuniones, bodas y entierros, celebraciones marcadas por la edad y enmarcadas en albumes para toda la vida.

 

No somos conscientes de la crueldad, el tiempo le lleva a uno a programar el despertador cada mañana y, encima, para más inri, tiene el valor de adjudicarte sin contemplación los años, así como si nada, te han caído tantos con una canita de más y una heridita que puede tardar en cicatrizar, porque los años terminan pesando si no son bien tratados. Al tiempo no le hables de perdón, de compasión y mucho menos de asuntos del corazón porque es irrebatable. El refranero dice que cura y que pone a cada uno en su sitio, pues para algunos, ni lo uno, ni lo otro… Pasó, pasa y pasará, no hay más. 

 

Me pregunto quiénes fueron los primeros en inventarse eso del tiempo, antes de que llegaran los físicos y se apropiaran de formulitas variopintas que relacionan al tiempo con el espacio. Si tengo que quedarme con alguno de los dos fijaros que prefiero el espacio, donde te quedas a disfrutar un rato, al tiempo, ese intangible imaginado por el hombre que tiene forma de reloj de arena o de esfera con números, romanos o arábes, da igual.

 

¿Somos conscientes de lo sumamente programados que estamos y predeterminados por el tiempo? Los días, 24, las semanas, 7 y los meses, 30, 31, 28 y 12. Combinaciones perfectas para un bingo o una bonoloto.

 

Sí, los romanos fueron listos, muy listos, pero creo que se precipitaron con el tiempo, además el año cero ha generado algún que otro quebradero de cabeza a los historiadores, porque ni siquiera saben de su existencia. Si hubiera sido romana o griega, hubiera elegido ser como una especie de Hipatia de Alejandría, para lidiar con los ciclos lunares, los horóscopos y las constelaciones, meterme en el terreno de la matemática, la geometría o el álgebra, mucho más interesantes que minutajes y cronometrajes. Más allá de los tic-tacs, de los presentes, de los futuros y de los pasados, entretejerse con las lunas llenas, las relaciones amorosas entre un Sagitario y una Cáncer, la estrella Polar y Casiopea. Observar el universo, mirar hacia el Sol, en lugar de echarle un vistazo a la muñeca o al móvil para saber si llegamos on time o in time.

 

Así que, a pesar de mi retraso, por culpa del tiempo, como no podía ser de otra manera, os dejo con un clásico, de esos de toda la vida, que es lo que haremos todos cuando nuestro tempo esté marcado por el cielo, llamar a su puerta: Knockin’ on Heavens Door. Feliz Año Nuevo, queridos lectores.

 

Fátima Margu nace en la antigua Emérita Augusta (Mérida, Extremadura) un caluroso verano de 1981. Ha trabajado como profesora de Universidad, periodista e investigadora. Aficionada a Internet y eterna alumna con una única vocación: cuestionarse qué está pasando para procurar llegar a la Verdad de las cosas. Alma viajera, siempre con la intención de hacer extraordinario aquello que para muchos pasaría desapercibido porque no se pararon a observar la belleza o el trasfondo que una instantánea puede condensar.