Fragmentos de verano

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¿En qué momento se rompió el verano? Como un espejo grande y hermoso, de limpio azogue, que un día se cayera de la pared y se hiciera añicos. Por más que miro hacia atrás, no acierto a determinar cuándo sucedió. ¿Fue hacia el año dos mil, con el nuevo trabajo? O quizá al salir de la universidad. (Tras aquel verano, todo cambió para siempre). Pero puede que ocurriera mucho antes.

¿Cuándo se quebró el verano? Un trozo por aquí, un fin de semana más allá, otros pocos días por alguna parte… Llegaron las obligaciones, la necesidad de conjugar agendas distintas, los muchos planes, los viajes rápidos, y aquella extensión de tiempo sin fin nunca volvió a ser de una pieza.

Aunque tal vez fuera siempre toda trozos, fragmentos que alguna vez adoptaban la apariencia de un espejo sin fisuras. ¿Para engañarnos? No: juraría que el verano era entonces como un día que nunca iba a acabar, o una velada perfecta, entre vasos y risas, a la luz de la luna. Como una piscina de superficie tranquila y límpido azul, en una mañana esplendorosa. Pero una piedra enorme se desplomó de repente sobre el cristal de esa piscina, y en su fondo solo quedaron unos pocos charquitos en torno a la roca inamovible.

(Cuando el verano se rompió, ¿qué más se rompió con él? ¿La alegría se rompió de cogernos de la mano y andar juntos el camino? ¿La de silbar tu melodía favorita mientras nos servíamos un vaso grande de té helado? ¿También esa otra de zambullirnos corriendo entre risas en el agua fría del mar?).

A veces me digo que da igual que el verano, como tantas otras cosas, se haya hecho añicos, porque aún me acuerdo de cuando duraba para siempre. Importa vivir, que es también haber vivido. Haber visto reflejado en ese espejo el mundo entero, aunque después el azogue se haya ido manchando o el cristal se haya estrellado contra el suelo, y no haya forma de pensar siquiera en recoger los pedacitos desperdigados. (Si pudiera al menos juntar dos piezas que encajen…)

Pensando en los veranos sincopados de hoy —unos cuantos días por aquí y otros pocos por allá, más las prisas, los muchos estímulos y los deseos opuestos—, me pregunto si aquello existió. Si no fue solo un sueño, o tal vez un espejismo. Otras veces, sin embargo, creo que debe de haber una fórmula para que el verano vuelva a ser, como escribió Marià Manent, el tiempo de sentarse a hablar bajo los árboles.

Y para reconstruir todo lo que se quebró: la infancia, el amor, la sensación de que el tiempo no corría y la divina inconsciencia de dejarse vivir. No sé, quizá la clave esté en esa cigarra a la que le ha dado por cantar bajo mi ventana o en el olor de la hierba cuando la acaban de cortar. En esos charquitos aislados —de un azul perfecto— que brillan en el fondo de la piscina vacía.

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