Informando a las colonias. El sistema social IV. La democracia

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Querida lectora, no se me ocurre mejor momento que esta semana para hablarte del sistema político del Imperio, ahora que su religión, el Capitalismo, está en crisis y sus sumosacerdotes, los presidentes de los bancos, culpan de ello a los Gobiernos. Dejame observarte que esta acusación se ha convertido, desde hace tiempo, en uno de los grandes mandamientos de la religión capitalista: Cuando el dios Dólar sonríe es gracias a que los hechiceros de los mercados han bailado la danza de la lluvia; cuando se enoja, es culpa del diablo del Estado y de sus ciudadanos que han comido carne los viernes.

 

Sin entrar en detalles, el sistema político en el Imperio es la democracia. Estados Unidos elige a sus emperadores, a sus senadores, a sus cónsules y procónsules, por el sistema del sufragio universal: Un hombre un voto.

 

Entrando en detalles, a primera vista, podríamos decir que la democracia del Imperio es una democracia al por menor o al menudeo. Me explico. En el mejor año electoral, el de la elección del último emperador, que se produjo en 2008, votó un 57,1% de los ciudadanos imperiales. En uno de los peores, el de la elección de su antecesor en el año 2000, votó el 50,3%.

 

Como el voto se reparte a partes muy iguales, pues las diferencias entre los candidatos son pequeñas y van de entre un uno a un siete por ciento, podemos decir, por ejemplo, que en el año 2000 el 25% de los ciudadanos imperiales (y en el 2008, el 28,55%) eligieron realmente al emperador que rige los designios de todo el planeta.

 

La baja participación en los comicios es aún mayor en las votaciones para senadores, congresistas y otras especies políticas, entre las que figuran los proncónsules o gobernadores. Sobre todo, es mayor si esas elecciones no coinciden con las del emperador como ocurre en las llamadas «elecciones de mitad de mandato». Ahí los porcentajes de asistencia a las urnas se mueven entre el 34 y el 37%. Este último porcentaje fue el que se registró en los comicios habidos a principios de este mes. Dicho de otro modo, este año, el 19% de los ciudadanos dieron la mayoría absoluta a los republicanos en la Cámara de Representantes.

 

Perspicaz como eres habrás observado que aquí siempre se habla de participación y nunca de abstención. Ello se debe a que alguno puede observar que hablando de una alta abstención esto es una democracia pobre y minoritaria. Más grave. Las malas lenguas y los malpensados irán dirán que, en lugar de una democracia, hay una dictadura, la de las clases educadas que son las que más votan en este país. Y en diciendo educadas, se dice pudientes, pues la educación en el Imperio, como ya te he dicho alguna vez, es entre cara y muy cara.

 

Yo para mí más bien tengo que la baja participación es porque el proceso para votar desanima a los ciudadanos. En lugar de cómo ocurre en las colonias europeas, donde el Estado tiene contados a sus ciudadanos y publica el censo diciéndole a cada uno dónde y cuándo puede votar, aquí hay que hacer el esfuerzo de ir uno mismo a apuntarse en el censo. Y ya sabes tú, querida lectora, porque también te lo he contado, que si algo tienen los estadounidenses es que son unos cómodones.

 

Luego, claro está, la participación también es baja porque a muchos les importa un bledo el emperador, los senadores y dónde quedan las colonias.

 

Verás así que, como casi todo en esta vida, la cuestión de votar o abstenerse es una compleja y nunca, como creen los simples, debida a causa única.

 

Mas, como te decía al principio de la crónica y como te dije al empezar hace un año nuestra relación, los sumosacerdotes del Capitalismo tienen mucho poder, tanto que, para algunos, más que por una sana democracia, el Imperio se rige por una dictadura sin rostro, la de las sociedades anónimas. O sea, la de las corporaciones, los mercados, los ejecutivos, los banqueros, los empresarios… Ellos son los dueños del dinero y se han hecho los dueños de las palabras. Con ellas se apoderan del discurso y, por ahí, de la democracia. Ya lo dijo Humpty Dumpty lo importante es quienes son los dueños de las palabras.

 

Y digo dictadura porque, como sabemos, las sociedades anónimas no se rigen por la democracia de un hombre un voto sino un hombre, tantas acciones, tantos votos. Aunque, ahora, en este momento de la religión capitalista ni eso es así. En muchas empresas los consejeros delegados han dado auténticos golpes de Estado, o quizá sea más apropiado hablar de golpes de Corporación, y han impuesto sus designios sin tan siquiera haber sido elegidos por la mayoría accionarial, sino por minorías de capital. Y, en algunos casos, en el mejor estilo golpista, han sido elegidos por ellos mismos.

 

Sea como sea, el caso es que si los ciudadanos quieren darse sus propias leyes: digamos tener una edad de jubilación sensata, trabajar un número de horas decente, gastar más en educación y en sanidad y menos en armas y primas a banqueros, los Gobiernos no pueden hacerlo porque las corporaciones sacan la Ley Suprema, la de los mercados, la del sagrado máximo beneficio, y ahí se acabó la voluntad popular. O parafraseando aquella máxima que decía eso de mi libertad acaba donde empieza la tuya, se podría decir mi libertad acaba donde empieza tu beneficio. Amén.

 

Sí, querida lectora, te decía al principio de esta crónica que los sumosacerdotes del Capitalismo están acusando a los Gobiernos de haber enfadado al Dios dólar. Piensalo bien si vas a hacerte de esa secta y a unirte a su coro. Piensalo mucho porque, antes de aceptar que la culpa de lo mal que han aplicado las leyes del Capitalismo es de ellos mismos, están dispuestos a acabar con la democracia y, terminando con ella, terminarán contigo. Lo único que faltaba es que, además, lo hicieran con tu bendición.

 

Detengo aquí mi pluma, que empieza a agotarse, de tanto repetirse y tanto no escucharte. Te deseo una feliz semana.

 

Vale

Máximo Necio nació en Madrid por accidente, como casi todo en su vida. Estudió humanidades en la Universidad Complutense. Al terminar los estudios buscó la erudición a través de la aventura, sin que hasta el momento haya aprendido más que un par de verdades de andar por casa. Tan escaso conocimiento le permite, sin embargo, cierto filibusterismo cultural y mucha, mucha indignación, aunque es más la de los intransigentes que la de los justos. En corregirlo anda.