Informando a las colonias: Reflexiones al calor de la primavera

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Querida lectora, por segunda vez llegamos al equinoccio de primavera juntos. Será la última. Ya te dije la semana pasada que dejo de escribir estas crónicas. He cumplido con mi cometido. Pero no llores aún, no será en esta crónica.

 

Y hablando de equinoccio, ves que difícil es la igualdad, esa de la que algunas veces te he hablado con motivo de las enormes diferencias que existen aquí entre pobres y ricos. Pues ahí están el día y la noche peleándose a diario por ver quien gana su partida; que si yo te impongo la luz, que si yo la oscuridad. Tan sólo dos días al año esos dos guerreros infatigables hacen las paces y se miden como iguales. Son las fiestas de la primavera y del otoño que los humanos celebramos desde antiguo, alegres por ese equilibrio que se da en el Universo.

 

Después de esos dos días de paz, uno de los guerreros se impone irremediablemente al otro. (Y fijate que volubles somos los humanos y cuán pronto olvidamos la paz que también celebramos los solsticios de verano e inverno, poniéndonos así de parte del vencedor en cada uno de ellos. No tenemos remedio).

 

Y si eso es en la estrellas, ¿qué no es en el mundanal ruido? No nos damos ni esos dos días de paz. Sin importar la época del año, los pobres se levantan cada mañana en África, en Asia, en Latinoamérica y, hasta en Europa y en el Imperio, y aguantan, como pueden, mirar impertérritos la vida de los ricos.

 

Sí, querida lectora, nosotros somos ricos. Vale que no los más ricos, no tenemos aviones ni barcos, pero tenemos agua corriente y comida, calor en invierno y fresco en verano.

 

Y tenemos más. Tenemos una sanidad pública, un buen sistema de desempleo, ayudas a los que menos pueden, como los discapacitados, buenas carreteras, mejores trenes y unas excelentes redes de telefonía. Para sí quisiera el Imperio tanto bienestar y tan repartido.

 

Muchas veces te has sorprendido porque en mis crónicas te he contado que más de treinta millones de personas no tienen aquí seguro médico o porque los subsidios de desempleo son cortos en el tiempo y pequeños en la sustancia o porque los trenes son lentos o porque el teléfono no funciona bien o porque los discapacitados están al pairo de la caridad.

 

Como en tantas ocasiones, sé lo que estarás pensando. «Necio, lo mezclas todo. Hasta lo público y lo privado». Como si lo público y lo privado se aplicaran a la Tierra y a la Luna. No, querida lectora. Lo público y lo privado nos afectan a todos los ciudadanos y si en nuestra colonia hay buenos trenes y buenas redes de telefonía es gracia a las inversiones públicas que se hicieron y se hacen y a los estándares que lo Público ha fijado a lo privado.

 

Aquí los trenes son lentos porque los sumo sacerdotes del capitalismo no ven beneficios en la alta velocidad. Demasiado cara para hacerla rentable. Y en cuanto a las redes de telefonía son malas porque el oligopolio privado te obliga a aceptar su servicio sin que nadie pueda hacerle competencia.

 

Muchas veces te has sorprendido también porque en mis crónicas te contaba que en el Imperio no hay jubilación que valga. Si no has sabido hacerte rico trabajando durante treinta y cinco años en una pescadería del barrio chino de seis de la mañana a seis de la tarde por quince mil dólares al año, tendrás que seguir trabajando hasta que te mueras.

 

También te sorprendieron otras cosas más propias de las costumbres. Como que los ciudadanos del Imperio viven todos a expensas del coche y en barrios residenciales a las afueras de las ciudades. O que van a comprar a centros comerciales de cartón piedra y se alimentan en cadenas de restaurantes de comida basura.

 

Pero, sinceramente, querida lectora, no sé por qué te has sorprendido tanto. Todo eso es lo que estamos copiando en nuestras colonias europeas. Y más aún en la nuestra. Las voces por una sanidad privada están ahí y las promueve, cada vez con más apoyo, cierto partido político. Los recortes de los subsidios son cada vez mayores y éstos sin importar quién esté en el Gobierno; además se aumenta la edad de jubilación y las carreteras en muchas comunidades, empiezan a resquebrajarse.

 

Por si fuera poco, vamos con el coche hasta la puerta de la esquina, vivimos en zonas residenciales y hacemos las compras en hipermercados y centros comerciales de cartón piedra, igual que los ciudadanos del Imperio.

 

No conozco, querida lectora, colonia ideológicamente más antiestadounidense y antiimperalista que la nuestra y, sin embargo, no conozco colonia en Europa que se parezca tanto al Imperio en su forma de vida. A eso se le llama, siento decírtelo, hipocresía. ¿Acaso no hay esas mismas cadenas de comida basura en la colonia y vamos a ellas a celebrar los cumpleaños de nuestros hijos? Más grave aún. ¿Acaso no entras en restaurantes de toda la vida y te sirven patatas fritas congeladas?

 

Hoy acabo aquí, con el deseo de que reflexiones sobre estas reflexiones. Te dejo hasta la próxima semana, cuando sí te diré adiós definitivamente.

 

Vale

Máximo Necio nació en Madrid por accidente, como casi todo en su vida. Estudió humanidades en la Universidad Complutense. Al terminar los estudios buscó la erudición a través de la aventura, sin que hasta el momento haya aprendido más que un par de verdades de andar por casa. Tan escaso conocimiento le permite, sin embargo, cierto filibusterismo cultural y mucha, mucha indignación, aunque es más la de los intransigentes que la de los justos. En corregirlo anda.