Informando a las colonias: El sistema social. La Sanidad I

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Querida lectora, antes de continuar con más noticias de este nuestro Imperio, quiero hacer un pequeño pliego de descargos. Como bien habrás observado dediqué nada menos que cuatro crónicas para contarte como viven los pobres en Estados Unidos y sólo una a los ricos. Aunque no descarto alguna otra sobre éstos últimos, no me gustaría que pensarás que he escrito tan poco de ellos para que no me ocurra lo que al señor Dante Alighieri en la Divina Comedia, que le salió un infierno maravilloso y un tostón de cielo.

 

No; mi decisión de hacerlo así es porque me pareció más conveniente ahondar en las diferencias entre los pobres imperiales y los coloniales que entre los ricos de uno y otro lado, pues al fin y al cabo las vidas de los ricos son más aburridas y vienen siempre a terminar en lo mismo en todas partes: que si grandes casas, que si yates, que si aviones particulares, que si este bolso que si aquel capricho, puro lujo, etc. Y, además, porque en este asunto de la miseria he de confesar, querida lectora, que me siento un tanto lorquiano: «Yo soy del partido de los pobres».

 

Adivino tu satisfación por abrir hoy un nuevo capítulo, el del Sistema social, pues debes andar un tanto harta de tantos Usos y costumbres y, sobre todo, de tantos Mitos y leyendas. Pido indulgencia con mi pesadez pero piensa que todos estos mitos y leyendas que escribo son muy necesarios para deshacer los muchos malentendidos y prejuicios que existen sobre el Imperio.

 

Para diferenciar las formas de organización míticas y legendarias de las que son genuinamente imperiales como, por ejemplo, la sanidad, la corrupción o la venta libre de armas, asuntos que iré explicándote en las próximas semanas, he creado este capítulo del Sistema social.

 

Paso ya, sin más demora, a contarte cómo funciona la sanidad en el Imperio. Lo primero que te sorprenderá del sistema sanitario es que se basa en un lema revolucionario, el de don Emiliano Zapata: «La salud para el que la paga.»

 

Ten cuidado, querida lectora. No vayas a ser tan simple de pensar que quien tiene dinero en el Imperio tiene buena salud. Aquí, como en todas partes, las enfermedades son muy suyas y afectan a pobres y ricos por igual. La diferencia es que aquí los primeros no se curan y los segundos sí. Por ejemplo, si le diagnostican un cáncer a quien tiene para pagar el seguro médico y las medicinas, ese se puede curar. Que el cáncer afecta a un pobre que no tiene dinero. No pasa nada. Se muere y ya está.

 

Hay quien argumenta, los ricos, que no es tan grave como parece. Al fin y al cabo, todos nos vamos a morir. Lo único que ocurre es que este sistema sanitario permite comprar tiempo a los que tienen más dinero, algo que ha ocurrido toda la vida y no vamos a cambiar ahora. Visto así el sistema, a todos nos parece mucho más tolerable, que es de lo que se trata de ser tolerantes… con los ricos.

 

Según sus defensores, este revolucionario sistema permite dejar la decisión sobre la salud en manos de los médicos y no en las de los políticos, a diferencia de lo que ocurre en nuestras colonias. Mas aquí tengo que hacer una observación pues me parece una premisa un tanto manipulada. En verdad, en el Imperio la decisión sobre la salud no es entre el médico y el político sino entre éste y el consejero delegado de una empresa, la del seguro médico.

 

Bajo esa perspectiva, hemos de tener en cuenta que el ejecutivo busca sólo el máximo beneficio no para nuestra salud sino para su bolsillo. Por ese motivo, no le importa, ni debe, si el pobre se muere. Al político le interesa, en cambio, que viva, siquiera porque necesita su voto una vez cada cierto tiempo.

 

Otras particularidades del sistema se derivan precisamente de esa necesidad de sacar beneficios pero, antes de contaros cuáles son, os contaré primero cómo funciona.

 

A diferencia de en las colonias, donde uno paga la Seguridad Social para sí y su familia en función de sus ingresos y se olvida de todo lo demás, aquí uno paga el seguro médico que puede en función de su estado de salud, su presupuesto y de cuántas personas están a su cargo. Todo ello con el acuerdo de que quien menos paga menos servicios sanitarios recibe.

 

Así, por ejemplo, el seguro médico individual en Nueva York puede oscilar entre los 495 dólares mensuales de uno baratillo, en el que el paciente tendrá que pagar, cada año, los primeros dos mil dólares de gasto sanitario que genere, y un seguro médico de lujo o gran clase, por el que pagará 1.289 dólares mensuales; aunque aún así habrá de abonar 20 dólares cada vez que visite al médico.

 

Si uno tiene un conyuge a su cargo, el seguro de saldo asciende entonces a 1.089 dólares mensuales y el de lujo a los 2.579.

 

Sí, querida lectora, sal corriendo ahora a ver tu nónima. Te quedarás pasmada de lo poco que pagas en la colonia por tu salud y se te pondrá la carne de gallina de lo que cuesta en el Imperio. Y, si no tienes nómina, dado que el sistema te va a curar igualmente, sal a la calle corriendo a gritar la grandeza de nuestras colonias y ruega por el advenimiento de la socialdemocracia al mundo.

 

Me paro aquí. La semana que viene te contaré alguna peculiaridad más del sistema sanitario imperial. Esperando que la diosa fortuna nos mantenga en salud, te deseo buena semana.

Vale

Máximo Necio nació en Madrid por accidente, como casi todo en su vida. Estudió humanidades en la Universidad Complutense. Al terminar los estudios buscó la erudición a través de la aventura, sin que hasta el momento haya aprendido más que un par de verdades de andar por casa. Tan escaso conocimiento le permite, sin embargo, cierto filibusterismo cultural y mucha, mucha indignación, aunque es más la de los intransigentes que la de los justos. En corregirlo anda.