Informando a las colonias. El sistema social VI. Los emperadores

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Querida lectora, poco a poco voy cumpliendo mis promesas, como verás por el título de esta crónica, al fin, voy a hablarte de los emperadores. Tu alegría es mi tristeza, pues más promesas se cumplen menos tiempo me queda a tu lado. Es ley de vida, cuando las haya cumplido todas tendré que decirte adiós. Y guarda que me van quedando pocas.

 

Los emperadores son esos señores que, como días atrás te comentaba, eligen sólo el veinticinco por ciento de los ciudadanos del Imperio para gobernarnos a todos allí en las colonias.

 

Adivino tu sorpresa. «Necio, gobernar, gobernar, gobernarán, sobre todo, allí, en el Imperio.» Te equivocas, no hay emperadores más cominos ni que pinten menos en su Imperio que éstos que nos han tocado en nuestra época. Son tan incapaces de meter mano al Senado corrupto como de acabar con la dictadura de las corporaciones.

 

No me crees. Te pongo un ejemplo. Sin ir más lejos, el del emperador actual, que pasará a la Historia más que nada porque estaba tostadito por el sol y porque tenía una lengua tan hábil como escurridiza. Recordarás, no sólo porque ya te lo he contado sino porque ahora lo sufres en tus propias carnes, que entre los años 2002 y 2008 de nuestro señor se produjo el mayor saqueo financiero mundial a cargo de las huestes de Wall Street. Es lo que se dio en llamar la cruzada de las hipotecas basura, lanzada por los sumos sacerdotes del Capitalismo para hacerse con el dinero de los ahorros en todo el mundo.

 

Al acabar el saqueo, quiso el emperador, ingenuo él, reinstaurar los impuestos a los ricos para hacer lo que se hace con los impuestos, reconstruir los países, ayudar a los pobres, acallar a las colonias, sanear la economía y repartir un poco mejor la riqueza que, por acción de la fuerza centrípeta que gobierna toda cruzda, se había concentrado en muy pocas manos, las de los ejecutivos de Wall Street.

 

Pues bien, a día de hoy, dos años después de acabar el saqueo, los ricos del Imperio siguen sin pagar impuestos y organizando, con aquel botín, sus bacanales de caviar y meretrices.

 

¡Ah! ¡Cuánto me recuerda este Imperio a aquella Roma antigua!

 

Quiso también este buen emperador nuestro imponer ciertas reglas al juego de los banqueros para que no ganaran siempre usando sus cartas marcadas, pero tampoco logró la reforma financiera. Y ahí está ahora el pobre, pidiendo a los sumos sacerdotes que, por favor, le perdonen sus buenas intenciones, que sigan jugando sin reglas, que ganen todo cuanto puedan y que le den algo de dinero para ganar las próximas elecciones.

 

Mas no voy a entrar en estas crónicas al detalle de lo que hizo o hace cada uno los emperadores o no te hablaría de otra cosa más. Para esos detalles cotidianos, ya están los grandes cronistas modernos que te cuentan, por ejemplo, lo bien que los emperadores indultan a los pavos el Día de Acción de Gracias. (Noticia importante donde las haya.) No, yo me voy a limitar a contarte la Historia de los emperadores en general.

 

Hablando de Historia, andan sus estudiosos enzarzados en cuándo esta república federal pasó a ser un Imperio.

 

Un grupo muy minoritario de historiadores se remonta hasta don Jaime Monroe, quinto presidente de los Estados Unidos de América. Estos historiadores basan su afirmación en el hecho de que Monroe dijera, allá por el 1823, aquello de «América para los americanos».

 

Esa interpretación histórica minoritaria se origina en la ambivalencia que las palabras «América» y «americanos» tienen en inglés y a su múltiple traducción al español. En la lengua del Tío Sam, «América» se refiere, habitualmente, a Estados Unidos, aunque también puede aludir al continente, mientras que «americanos» alude a los estadounidenses, aunque también puede referirse a todos los habitantes del continente.

 

Ese pequeño grupo de historiadores que, insisto, a mi juicio de forma equivocada, sostiene que don Jaime Monroe fue el primer emperador, asegura que la traducción de la famosa frase sería «América (es decir desde Alaska hasta Tierra del Fuego) para los estadounidenses». Algo que, en verdad, no sucedió hasta un siglo después.

 

Sinceramente, querida lectora, no estoy de acuerdo con esta corriente histórica, no creo que éste fuera el primer emperador pues Estados Unidos estaba todavía en el proceso de formarse como país. El Imperio y otras  potencias estaban entonces donde están nuestras colonias, en Europa.

 

Más bien me uno a todos aquellos historiadores, la inmensa mayoría, que creen que lo que don Jaime Monroe quiso mostrar fue su rechazo a que las naciones europeas gobernaran a su antonjo a los Estados Unidos y las otras naciones del continente americano.

 

Así pues, yo estoy con los historiadores que mantienen que el Imperio nació con el presidente don Harry Truman allá por el año 1945, justo cuando estaba acabando la II Guerra Mundial.

 

Mas como el tiempo de esta crónica se ha acabado, me paro aquí, deseandote como siempre, querida lectora, una feliz semana y prometiéndote que en la próxima crónica te contaré los hechos que dieron luz a este Imperio.

 

Vale

Máximo Necio nació en Madrid por accidente, como casi todo en su vida. Estudió humanidades en la Universidad Complutense. Al terminar los estudios buscó la erudición a través de la aventura, sin que hasta el momento haya aprendido más que un par de verdades de andar por casa. Tan escaso conocimiento le permite, sin embargo, cierto filibusterismo cultural y mucha, mucha indignación, aunque es más la de los intransigentes que la de los justos. En corregirlo anda.