Informando a las Colonias: La comida y V

0
232

Querido lector, tu dedicación a estas crónicas es tan digna de agradecimiento como mi empecinamiento en escribirlas lo es de censura, pues tal merece la locura de mandar mensajes en una botella a este mar que han dado en llamar el mundo sin más respuesta que tu imaginaria sonrisa. Fijate bien, tal es mi soledad hoy, que dudo de que existas. Mas siendo esta mi isla tan pequeña como es, otro remedio no me queda sino continuar, por si estás ahí.

 

Hace una par de semanas os expliqué que desde antaño existe la costumbre de añadir azúcar a todos los alimentos. Si eso es así con la carne y la fruta, imaginad qué no ha de ser con la repostería; los merengues de España son salados comparados con los del Imperio. El bollo estrella es un bizcocho de chocolate y nueces llamado “brownie”, una receta fácilmente superable. Quizá por esa razón, por más que se ha intentado, aún no ha calado en nuestra colonia.

 

 

Las patatas merecen también atención. En el mercado se pueden comprar de verdad, como la sal de la que os hablé en otra crónica. Las más famosas son las de Idaho. Mas por motivos económicos, es normal que en todos los restaurantes del país sirvan unas fritas que en realidad son un sucedáneo procedente de una pasta congelada que se obtiene tras pelar las de verdad y hacerlas puré. He conocido gente que afirma que le gustan y que hasta las comen acompañando las hamburguesas en serie. Palabra.

 

Casi varias crónicas merecería un capítulo que resumiré en ésta por no hartaos ya más, querido lector. Hablo de la bebida del Imperio. Como todo pueblo que se precie, el estadounidense tiene alguna de invención propia y otras prestadas a las que ha dado su propio toque. Entre las primeras hay una que aquí confunden con el néctar de los Dioses. Es un líquido oscuro, gaseoso y dulce, muy dulce (otra vez el excedente de azúcar subvencionada). Su fórmula dicen que es secreta y, aunque parezca extraño, el Imperio no ha tenido problemas para exportarlo al mundo entero. Digo aunque parezca extraño, porque se obtiene a partir de una hoja, la de coca, cuyo cultivo se persigue en muchos países; pero sobre todo, porque podéis fácilmente imaginar qué ocurriría si nuestra colonia fabricase un alimento y al llegar a venderlo al Imperio dijera: ¨No vamos a revelar cómo lo hemos hecho¨. Las carcajadas de los centuriones se oirían en la Galia. ¡Mirad que aquí apenas se puede vender el embutido español por una gripe porcina que hubo el siglo pasado!

 

Mas no todo es triste en la bodega del Imperio. Tengo buenas noticias, quizás las mejores. La verdadera bebida del Imperio es la cerveza. Don Miguel Jackson, famoso cantante, bailarín y prócer del Imperio que murió el año pasado, dejó dicho que el mejor lugar del mundo para beberla es Estados Unidos. Tente, querido lector. No seré yo quien caiga en este juego de cronista moderno de a ver quien anda el primero en la lista, manía que sólo conduce a discusiones no por acaloradas menos vanas. A nosotros, que preferimos disfrutar a medir, nos basta con saber que Estados Unidos es uno de los mejores. (En cuanto a esa taimada sonrisa que se os ha quedado cuando habéis leído la palabra prócer para describir a don Miguel Jackson, sabed que no soy yo quien lo ha nombrado tal, sino el propio pueblo del Imperio.)

 

Es cierto, la cerveza aquí goza de tanta estima, fábricas, marcas y denominaciones de origen como el vino en nuestra colonia. Basta decir que incluso se fabrica en las casas y alguno tuvo tanto éxito que dejó su profesión de cronista para convertirse en cervecero, como le ocurrió a don Steve Hindy, dueño de la fábrica Brooklyn Lager.  Ved lo mal que anda el arte de don Herodoto.

 

Para daros una idea de cuán importante es la cerveza, basta un dato histórico. Antes de la llamada Ley seca (una por la que el Imperio, tan defensor de la libertad, prohibió beber alcohol a sus ciudadanos entre 1920 y 1933) había 1.300 fábricas de cervezas en el país. En la actualidad existen varios centenares.

 

Si venís aquí os recomiendo ir probando algunas de estas infusiones de malta, cuyos originales nombres os permitirán ir conociendo además el mapa del Imperio. Por nombrar mis preferidas: Sierra Nevada, Lagunita y 21 Enmienda, las tres californianas; Dear Rogue Guy, de Oregón; Goose Island, de Chicago; Brooklyn Lager, de Nueva York; Samuel Adams, de Bostón; y Dogfish Head, de Maryland. Mas id a beberlas a las tabernas, os ayudará a conocer a las gentes de este pueblo. También porque está prohibido hacerlo en las calles del Imperio.

 

Llega esta crónica a su fin y con ella doy prácticamente por acabado este apartado, al menos de momento, así podréis descansar durante algún tiempo. Os prometo, no obstante, que estaré atento a cualquier curiosidad o novedad para contárosla como mereceis.

 

Vale

Máximo Necio nació en Madrid por accidente, como casi todo en su vida. Estudió humanidades en la Universidad Complutense. Al terminar los estudios buscó la erudición a través de la aventura, sin que hasta el momento haya aprendido más que un par de verdades de andar por casa. Tan escaso conocimiento le permite, sin embargo, cierto filibusterismo cultural y mucha, mucha indignación, aunque es más la de los intransigentes que la de los justos. En corregirlo anda.