Informando a las colonias: Mitos y leyendas V

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Queridos lectores, se acabaron los fastos religiosos y el boato pagano y la realidad sigue su inexorable viaje hacia ninguna parte, que así vive el ser humano, confundido en su condición de ser o no ser. Permitidme, pues, que yo también continúe alumbrando con mi antorcha este camino en la oscuridad para, si no entrever nuestro destino, al menos, no perdernos dando vueltas siempre a los mismos lugares, los de la estupidez y el sufrimiento. Difícil empresa, lo sé, para tan modesto explorador; pero no renunciará este David a derrotar a ese Goliath; digo, el de mi propia ignorancia, que no soy yo tan arrogante como para pretender acabar con la vuestra.

 

Prosigo, por tanto, con los dioses del Imperio y, como os doy por puestos en antecedentes, continúo sin más preámbulos.

 

Marte, Dios de la Guerra en Roma, tiene su hermano americano en Petróleo. En su nombre se ha librado, varias veces, la madre de todas las batallas aunque, debido a su mala fama, suele disfrazarse de bellas ninfas, como Democracia, para lograr su objetivo: la invasión, el saqueo y el expolio. Viaja flanqueado por Exxon, Chevron Texaco y ConocoPhillips, dioses menores y pendencieros, que enturbian todo a su alrededor y negocian con truhanes y dictadores. Dependiendo de cómo les vaya, hacen piña con otros dioses europeos similares, como Shell, BP, Total y Repsol, o se enzarzan en disputas entre ellos. Tampoco son mejores sus hermanastros estatales Petrobras, Pemex, PDVSA, Iranian National o Gazprom. Hace dos o tres años, el culto a Petróleo aumentó por todo el mundo pero, siendo como es su materia, volátil, sus adoradores se han reducido ahora.

 

Dionisio, el hedonista Dios del vino y el placer en la antigua Grecia, recibe el nombre de Consumo en el Imperio y su mayor goce es la acumulación de bienes, sobre todo si son superfluos. Es el hijo predilecto de Dólar y su adoración se hace en pequeños templos, como los supermercados Wal-Mart, y en grandes catedrales, como las tiendas de lujo de la Quinta Avenida.

 

El griego Hermes o el romano Mercurio, el mensajero de los antiguos dioses, es fémina en el Imperio estadounidense. La diosa CNN se pasea con su voz por todos los confines de la Tierra, distribuyendo la única verdad revelada: el sueño americano. Es juguetona cuando está contenta y pesada cuando se aburre, pero siempre, siempre respeta el Olimpo y, por ese motivo, Dólar y el resto de dioses la aprecian.

 

Eros, el Cupido de los romanos, es aquí el Dios de los Derechos Humanos, que regala sus flechas de amor ciego a algunos pueblos elegidos, como el judío, el kuwaití o el albanokosovar; pero su carcaj muchas veces se ha vaciado y ha dejado sin amor a otros como los  palestinos, los vietnamitas, los latinoamericanos y los ruandeses.

 

Os aseguro que busco a Atenea, diosa griega de la sabiduría, entre sus pares americanos y, aunque obviamente lo hago con deseo, no la encuentro por ninguna parte. Algunos la confunden con la diosa Publicidad; es normal, digo que la confundan, pues el mayor poder de esta otra diosa es el engaño; otros la equivocan con Frivolidad, pero está claro que ella no es. Seguiré buscando; os lo prometo y cuando la encuentre os lo contaré.

 

También rastreo a Afrodita, diosa del amor y la belleza, pero tampoco la hallo, creo que anda intimidada por la tijera de la censura victoriana.

 

El poliédrico Apolo, que tenía el don de la profecía y la sanación y estaba reconocido como el dios de la luz y la verdad, es también diosa en el Imperio y se llama Internet. Para algunos representa la sabiduría, para otros la curación de todos los males del planeta, pero hay quienes ven en tanto atractivo la fuerza de su engaño.

 

Además de los dioses, están los héroes que, como Hércules, son hijos nacidos de un dios y un humano. Varios son los semidioses, así que citaré sólo tres de los más famosos: John D. Rockefeller, nacido del dios Petróleo y una mujer hacendosa; J.P. Morgan, surgido de la unión de Dólar con la mujer de un pirata; y Bill Gates, hijo de la diosa Informática y un hombre con tendencia al monopolio.

 

Como podéis imaginar, amados lectores, los amores, desvaríos y rencillas entre todos estos dioses y algunos que me he dejado en el tintero dan lugar a muchas leyendas, que os seguiré contando más adelante. Pero, de momento, por no aburriros más con tanta mitología, os dejaré descansar y continuaré mis próximas crónicas con alguna de las promesas que tengo pendiente.

 

Vale

Máximo Necio nació en Madrid por accidente, como casi todo en su vida. Estudió humanidades en la Universidad Complutense. Al terminar los estudios buscó la erudición a través de la aventura, sin que hasta el momento haya aprendido más que un par de verdades de andar por casa. Tan escaso conocimiento le permite, sin embargo, cierto filibusterismo cultural y mucha, mucha indignación, aunque es más la de los intransigentes que la de los justos. En corregirlo anda.

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