Informando a las colonias. Mitos y leyendas XX. Los pobres

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Querida lectora, leo con atención que los Gobiernos coloniales, aconsejados por los sumos sacerdotes del capitalismo, aprueban rebajas en las indemnizaciones por despido con las que pretenden reducir el desempleo. Teniendo en cuenta que en el Imperio, donde el despido es gratuito, la desocupación es del 18%, poco parece que se vaya a rebajar con las tales reformas laborales.

 

Sé lo que estás pensando: «Ya está este Necio manipulando. En el Imperio, gracias a que el despido es gratuito, el paro es muy bajo, de apenas un 9,5%». Pues no creas ese porcentaje. Sólo es así si hacemos la trampa de dejar fuera del recuento a los trabajadores que, hartos de no hallar empleo, dejan de buscarlo activamente. Mas, si los tenemos en cuenta, pues trabajadores son al fin y al cabo, entonces vemos que el Departamento Imperial del Trabajo reconoce un paro del 18%.

 

Supongo que en estas pejiguerías y en este quíteme usted esas pajas es donde me alejo de los sabios cronistas modernos, quienes sólo hablan en sus periódicos y televisiones de ese 9,5% por ti tan conocido. Quizá, pluriempleados como están, no tienen tiempo para observar el segundo porcentaje.

 

Lo que no entiendo es la razón económica que impulsa esa reforma. Quiero decir que no sé por qué una empresa con diez empleados va a contratar un trabajador más por el hecho de que el despido no cueste nada. Si lo que sale más barato es el despido, en buena lógica, el empresario se dedicará a poner a gente en la calle buscando el beneficio de recontratar a los mismos por menos salario. Es como si para subir al pico de una montaña, alguien me dijera que tengo que ir hasta el mar, vaciar el agua fresca de mi cantimplora y llenarla con agua salada.

 

Se me ocurre que el siguiente paso para acabar con la desocupación es que los trabajadores paguen a los empresarios para que les den empleo. Sería un negocio redondo pues se quedarían con las ganancias, la mano de obra y el salario de los trabajadores. Y de esa forma, además, se cumpliría la única norma sagrada del Capitalismo: el empresario tiene que ganar dinero.  

 

No creas que es tan descabellado, eso es precisamente lo que están haciendo muchas empresas de periodismo y los Gobiernos que subvencionan tantas y tantas compañías en un nuevo sistema capitalista que el senador imperial Jeffrey D. Klein define como la “privatización de los beneficios y la socialización de las pérdidas”. De ahí, que frente a las rebajas de las indeminaciones por despido aumenten las compensaciones en los contratos blindados de los ejecutivos. Eso es lo que habitualmente se conoce como “tener la caradura”.

 

Como tú y yo sabemos, la culpa del paro la tienen los Gobiernos socialdemócratas y las normas paternalistas que inventaron. Que más quisieran los empresarios, pobrecitos, que dar trabajo a todo el mundo. Ahí están los ejemplos de China y de India, donde hasta los niños tienen faena.

 

De acuerdo, querida lectora, dejo el sarcasmo que llevo muchas crónicas abusando de él, aunque has de reconocer que estos asuntos de la pobreza y el trabajo, por ser tan frívolos y vulgares, se prestan al escarnio.

 

Y eso que lo del desempleo no es para reírse pues ya sabemos que, como asegura la doctrina imperial, el trabajo aquí no es la vía para comer sino para alcanzar la riqueza. La semana pasada ya vimos que, a veces, esa vía suele ser una vía muerta. Pero no hay de qué preocuparse: si un trabajador que limpia pescado durante deciseis horas diarias no se hace rico, el Imperio le ofrece la oportunidad de que lo sea su hijo. Para ello no tiene nada más que enviarle a una de esas Universidades que cuestan treinta o curenta mil dólares anuales. Tras cuatro años de pago, le darán el título que abre las puertas a un trabajo estupendo por el que uno llega a magnate.

 

Que ¿cómo va a pagar 120.000 dólares para la carrera de su hijo si nuestro trabajador tiene un sueldo de 26.930 dólares anuales de los que sólo dispone en realidad de 13.465?

 

Bueno, es sencillo, recordaréis que en los dos primeros años de trabajo nuestro empleado había perdido sus ahorros en la bolsa. Como se dio cuenta de que así no se iba a hacer rico, al tercer año decidió, siguiendo los consejos de los sumo sacerdotes del Capitalismo, meter el dinero en un fondo de inversión de la Universidad a la que pensaba enviar a su hijo.

 

Normalmente, esos fondos crecen tanto que al llegar a la Universidad ya no hay ni que pagar la matrícula. Nuestro trabajador puso sus ahorros en una Universidad de Nevada que, sin que él lo supiera, los invirtió en bolsa con tal mala suerte que, cuando su hijo fue a matricularse, le dijeron que el fondo había quebrado y no podía estudiar.

 

Quizá debió haber intentado otra fórmula socorrida en el Imperio. Las becas de deportes. Con tal de que uno sea capaz de correr los cien metros en diez segundos o mida dos metros y juegue al baloncesto tiene asegurada una plaza para estudiar. El problema del hijo de este trabajador era que medía uno cincuenta, ya se sabe, los mexicanos suelen ser chaparritos.

 

Con tan pésimos planes de estudio, adivinarás, querida lectora, porque el Imperio recurre tan a menudo a pagar grandes fortunas a los cerebros formados en las Universidades coloniales. Lo curioso es que esos cerebros llegados de las colonias luego se dedican a cantar las excelencias del sistema educativo imperial.

 

Lo sé, querida lectora, estás preocupada por ese trabajador y su hijo a los que el Imperio tanto prometía hacer ricos y nunca lo consiguió. Tampoco ha de preocuparte, al final, lo que no pudo el “sueño americano” lo pudo el “sueño español”. Nuestro trabajador compró una primtiva, le tocaron 175 millones de dólares y, hoy él y su hijo son grandes defensores del Capitalismo y van diciendo por ahí que cualquiera que quiera trabajar en el Imperio puede hacerse rico.

 

Acabo ya con esta serie sobre los pobres y para la semana que viene te prometo ocuparme de su contraparte, los ricos. Entretanto pasa buena semana.

 

Vale

Máximo Necio nació en Madrid por accidente, como casi todo en su vida. Estudió humanidades en la Universidad Complutense. Al terminar los estudios buscó la erudición a través de la aventura, sin que hasta el momento haya aprendido más que un par de verdades de andar por casa. Tan escaso conocimiento le permite, sin embargo, cierto filibusterismo cultural y mucha, mucha indignación, aunque es más la de los intransigentes que la de los justos. En corregirlo anda.