Informando a las colonias. Mitos y leyendas XXIII. El clima

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Querida lectora, como ya te dije en una crónica anterior, vivimos tiempos revueltos en las colonias, cuando no es en Grecia, es Francia, cuando en Gran Bretaña o en España, ahora en Túnez, después en Egipto. Si el Imperio fuera el reflejo de sus colonias, uno diría que se está desmoronando.

 

El orden internacional establecido por el Imperio está, desde luego, en proceso de cambio pero nadie sabe quién lo está cambiando. Sólo sabemos que ese orden se mueve pero, como ocurre con las mareas, aún desconocemos el porqué de ese movimiento. ¿Son los sumos sacerdotes del capitalismo que han lanzado una OPA hostil a los trabajadores de todo el mundo y estos se rebelan? ¿Es el emperador que maneja los hilos detrás del escenario para establecer un orden internacional nuevo más ajustado a los tiempos modernos? ¿Son los pueblos que empiezan a estar hartos de tanto sátrapa y de tanto discurso solidario procedente de un sistema tan insolidario? ¿Son las televisiones, internet y los grandes cronistas modernos que hacen de esas revueltas el entretenimiento de los nuevos romanos?

 

Difícil contestar a esas preguntas. Confieso que yo, un sabelotodo, estoy desconcertado y no puedo explicarte la compleja realidad, ni tan siquiera a la manera que lo hacen los cronistas del momento, quiero decir, no acomodándola a los hechos sino a lo que conviene a su propio discurso.

 

No. No  tengo respuestas. No soy el único. Tampoco las tiene la CIA.

 

Que ¿que es la CIA? Ssssshhhhhh, por favor, baja la voz que te pueden oír. Como te voy a explicar ahora hay que tener mucho cuidado cuando se habla de esa compañía.

 

La CIA es una organización de espionaje que durante años fue el poder del Imperio en la sombra. Organizó golpes de Estado desde Irán a Chile, preparó atentados en Vietnam para atribuírselos al Viet Cong, hizo informes diciendo que en Irak había armas de destrucción masiva, pagó periodistas en todo el mundo para que difundieran los mensajes del Imperio… En fin, hizo cosas muy feas, que todo el mundo sabe pero que nadie suele decir para no enfadar al Imperio ni, claro, a la CIA.

 

Comprendes ahora por qué te estoy hablando en un susurro y por qué he titulado la crónica diciendo que iba a hablar del tiempo. Pues eso, para disimular, para que no lo sepan, para que no se enteren.

 

Aunque a decir verdad, la CIA ahora ha perdido mucha influencia. Le pasa lo que a todos, están usando becarios y a sus agentes, igual que a los periodistas, los han precarizado sometiéndolos a terribles condiciones laborales. Es lo que se consigue con la competencia. En los últimos años han florecido en Estados Unidos decenas de instituciones dedicadas a tareas similares. Unas espían fuera, otras cotillean dentro, pero cualquiera ya es espía.

 

Ochenta y cinco mil millones gastó el Imperio en espionaje el año pasado. Para no enterarse de nada, porque lo de Túnez y Egipto ni lo olieron. ¡Y que luego hablen de la productividad de los españoles!

 

No sólo no se enteraron de nada sino que, además, les metieron un par de goles históricos. Uno de esos goles fue cuando tuvieron a varios agentes negociando la paz en Afganistán con un tipo que se hacía pasar por el número dos del movimiento taliban pero no lo era. A ese sí que deberían haberle contrado como espía. Pero claro, no pudieron ficharle porque para que firmara la paz le habían dado tanto dinero por adelantado que, ahora, está en El Caribe. La CIA tampoco supó detectar la filtración de, nada menos que, doscientos cincuenta mil cables secretos de las embajadas estadounidenses, cables que ahora están publicados en todo el mundo. Y peor aún, tampoco descubrieron a otro tipo que resultó ser un agente doble y colocó una bomba que mató en Jordania a varios de sus agentes encubiertos.

 

La verdad es que desde que los hermanos don Joel David y don Ethan Jesse Cohen hicieron su película Burn after reading (Quemar, después de leer), la CIA ya no es lo que era.

 

Eso sí, en cuanto puede y se la deja, lo es. Ahí está, por ejemplo, cuando la CIA se camufló de compañía aérea para trasladar sospechosos de terrorismo a lugares donde pudieran ser torturados tranquilamente. Unos vuelos que tuvieron el aplauso de quienes se dicen defensores de los derechos humanos, la paz y la libertad. Que, luego, los sospechos no eran culpables. ¡Ah! Se siente, que lo hubieran sido. Y si lo eran, ¿quién, entonces, no justifica la tortura si, por supuesto, la hacían por nuestro bien?

 

Mira, querida lectora, entre tú y yo, creo que es mejor cuando la CIA no se entera de nada. Te das cuenta de qué bien se han apañado en Túnez y en Egipto. Ellos, solos, sin la ayuda de nadie y, sobre todo, sin zancadillas de nadie, han echado a sus dictadores.

 

Las otras agencias que se dedican al espionaje en el Imperio tienen un carácter más casero. Una de ellas es el Deparmento of Homeland Security (Departamento de Seguridad Interior) que, como te decía antes, está dedicado más al cotilleo que al espionaje pues anda mirando cuáles son los libros que los lectores suelen pedir en las bibliotecas públicas. ¡Eso es un país libre!

 

Y aún se dice que hay otra organización, la National Security Agency (NSA) que no se sabe si existe o no porque una de sus misiones es confundir y mentir acerca de la naturaleza de sus actividades. Dicen que muchos de sus agentes se han vuelto paranóicos. No me extraña, con ese cometido. Aunque ni siquiera sabemos si esto será cierto.

 

Así que como te digo, el clima del Imperio tiene sus días buenos y sus días malos, unos hace sol, otros nieva y otros sopla el viento. Hay ciudades con un clima extremo y algunas, pocas, con un clima suave. No obstante, por ser este del clima un asunto tan complejo, no creas que le voy a dedicar simplemente una crónica. Vendrá alguna más, pero hasta entonces te deseo feliz semana.

 

Vale

 

PD: Vaya mi felicitación a los pueblos de Túnez y Egipto que han conseguido deshacerse de sus dictadores y vaya mi pésame para los griegos, los franceses, los británicos y los españoles, que no han sabido defender sus derechos laborales frente a sus actuales amos, las sociedades anónimas.

Máximo Necio nació en Madrid por accidente, como casi todo en su vida. Estudió humanidades en la Universidad Complutense. Al terminar los estudios buscó la erudición a través de la aventura, sin que hasta el momento haya aprendido más que un par de verdades de andar por casa. Tan escaso conocimiento le permite, sin embargo, cierto filibusterismo cultural y mucha, mucha indignación, aunque es más la de los intransigentes que la de los justos. En corregirlo anda.