Informando a las colonias: Usos y Costumbres II

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Querido lector, terminé la semana pasada contándoos la mala costumbre del Imperio de aplicar la pena de muerte a muchos condenados y empiezo ésta con otra que se codea con aquella, la venta libre de armas.

 

Es normal aquí y hasta está bien visto que quien quiera pueda entrar en una tienda y compre desde un trabuco a un misil tierra aire. Palabra. Incluso hay quien orgulloso de sí mismo exíhibe la pistola en el cinto como otros cuelgan su título universitario de la pared del despacho. Ya lo decía allá por el 1925 don Enrique Santos Discépolo en su tango Cambalache: “¡Lo mismo un burro que un gran profesor! No hay aplazaos ni escalafón, los inmorales nos han igualao”. Él lo decía del siglo XX y yo me pregunto muchas veces si no nos hemos superado ya en el XXI y somos nosotros los que nos hemos igualao a los inmorales.

 

Esta costumbre de poder comprar armas libremente se remonta a la época del Lejano Oeste cuando la única ley era la del más fuerte y el más rápido. Mas tiempo después, como parecía costumbre de brutos, se la pintó de verde derecho y se plasmó en la Constitución. De esa forma, se ha ido perpetuando de generación en generación, gracias sobre todo al celo que han puesto muchos hombres dispuestos a desenfundar su pistola por mantenerla. Muchos de esos hombres son los que tienen acciones en las empresas dedicadas a la fabricación de las armas, pero siendo éstas la piedra angular del Imperio, digo las empresas, protegiendo aquellas se protegen ambas y miel sobre hojuelas.

 

Los defensores de esta costumbre sostienen que un hombre libre ha de tener el derecho a defenderse por sí mismo, sobre todo de un posible Estado totalitario, y así se pasan la vida esperando, como otros que esperan el advenimiento del mesías, el día en que puedan enzarzarse en una guerra contra el vecino o contra el Estado.

 

De vez en cuando algún avanzado cree que ha llegado ese día y entra con su arma en una hamburguesería, una escuela o una oficina de emigración y monta una carnicería. Esos días la costumbre vuelve a parecer un poco de brutos, pero luego se pasa, las acciones de las empresas vuelven a subir y todo vuelve a la anormalidad.

 

No he podido saber hasta el momento si por esa costumbre rigen otros usos, como los de prohibir la imagen de un cuerpo desnudo o beber alcohol en público, no fuera a ser que en excitándose los unos o emborrachándose los otros sacaran todos su arma y se liara la de Dios es Cristo. Mas, por lo que he podido indagar esas prohibiciones, parecen tener relación con la preocupación de los puritanos por la salud física y mental de sus compatriotas. Si es así, lo que no he podido entender es por qué los poseedores de armas no se han liado ya a tiros con un Estado totalitario que les prohíbe beber libremente o enseñar un seno por televisión ni por qué los puritanos no han prohibido la venta de armas.

 

Otra prohibición es la de pronunciar palabras malsonantes en las televisiones, radios y periódicos. Cuando tal palabra se produce en el transcurso de una retransmisión de radio o televisión es inmediatamente censurada y sustituida por un pito. En esta costumbre rige más la mojigatería que la jurisprudencia, aunque de todo hay. Pero como los defensores de la libertad contra el Estado totalitario aún no han cogido sus armas para acabar con esa censura -agradezcámoslo- no es difícil ver programas en los que los entrevistados parecen más automóviles en plena hora punta que personas con un pobre vocabulario.

 

Como podéis apreciar, querido lector, la libertad es un bien relativo, lo que para unos es, para otros no tanto. Yo, por ejemplo, soy de los que piensa que la mía termina donde empieza la del otro, lo que suele dar pie al otro a pensar que la suya nunca acaba. A eso le llamo ser esclavo de mis ideas.

 

Pero por ese motivo, como no quiero imponertelas, bastante tengo con soportarlas yo, sal ahí afuera, que la primavera ha llegado, y disfruta de los mejores placeres de la vida, un paseo por el campo, una charla con un buen amigo, la lectura de un buen libro, la irrepetibilidad de un viaje… Quizá lo que no pueda la razón obre el deleite y el mundo sea más libre.

Vale

Máximo Necio nació en Madrid por accidente, como casi todo en su vida. Estudió humanidades en la Universidad Complutense. Al terminar los estudios buscó la erudición a través de la aventura, sin que hasta el momento haya aprendido más que un par de verdades de andar por casa. Tan escaso conocimiento le permite, sin embargo, cierto filibusterismo cultural y mucha, mucha indignación, aunque es más la de los intransigentes que la de los justos. En corregirlo anda.