Informando a las colonias. Usos y costumbres XIV. Las armas

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Querida lectora, te imagino consternada por la última barbaridad en el Imperio, la matanza perpetrada en Tucson. Por más frecuentes que tales carnicerías sean en estas tierras del Lejano Oeste, no nos acostumbramos a ellas.

 

Curioso esto de la costumbre pues cuando la muerte es cotidiana, como en México, aunque no deje de consternar igual, asombra menos. Quizá porque en las colonias sepamos lo compleja que es la realidad al sur de río Grande y lo fácil que sería, en cambio, acabar con las matanzas en el Imperio.

 

Lo sorprendente es que he llegado a la conclusión de que tales tragedias deben ser favoridas por la libre venta de piruletas. Sí, sí, querida lectora, has leído bien y, si estoy equivocado y no son las piruletas, entonces son los chupetes.

 

«Disparatas, Necio. Esas matanzas están favorecidas por las armas de fuego», estarás pensando con tu lógica colonial. No puedo estar más de acuerdo contigo, querida lectora. Sin embargo, para ponerte en antecedentes te contaré algo que quizá no sepas.

 

En el Imperio uno puede ir al supermercado y pedir tranquilamente: «Deme una pistola automática, cinco rifles de asalto, dos ametralladoras y un misil tierra aire». Aunque pienses que el tendero se asustará, la respuesta que obtendrá será ésta: «¿Se las envuelvo o se las lleva puestas?»

 

Sí, como lo oyes, querida lectora, aquí cualquiera puede comprar un arma. Dicen que es un derecho reconocido en la Constitución, el que tiene uno a defenderse a sí mismo, tanto del prójimo como del Estado.

 

Algunos van más allá de la Constitución cuando se trata de buscar la raíz de ese derecho, como don Erick Pratt, portavoz de la asociación de propietarios de armas de Estados Unidos, para quien conviene recordar a los políticos que ese derecho «no lo dieron ellos, sino que fue Dios.»

 

Mira tú por dónde, si seguimos por ese razonamiento teológico, llegamos a la conclusión de que en nuestras colonias europeas habita el diablo pues éste, que sabe más por viejo que por diablo, hace ya tiempo, mucho tiempo, que prohibió a los ciudanos poseer las armas así como así.

 

El resultado es que bajo la ley de Dios, en el Imperio cerca de diez mil personas muren al año por el fuego de sus vecinos. Si aplicásemos la proporción de ese código sagrado en nuestra colonia, habría más de mil trescientas muertes al año em España pero, gracias a nuestra diabólica legislación, tan sólo hay sesenta.

 

«Entonces, Necio, ¿por qué dices que las matanzas en el Imperio se ven favorecidas por la venta libre de piruletas?», andarás preguntándote. Pues porque aquí se sostiene que, precisamente, no lo son por las armas.

 

Mira, por ejemplo, lo que dice la Asociación Nacional del Rifle, un poderosísimo grupo de cabilderos opuesto a cualquier restricción en la compra de las armas: «No son las pistolas las que matan. Son las personas.» Bajo ese argumento, cualquier día de estos esa organización propondrá que las tiendas también vendan misiles nucleares. Entiendes ahora ¿por qué he llegado a la conclusión de que si no son las armas las que matan, deben de ser las piruletas o los chupetes?

 

Sí, querida lectora, el individuo es un ser que nace sabiendo lo que es el bien y el mal y, por tanto, es responsable único de sus actos. Ni tan siquiera tienen influencia en él los discursos beligerantes de ciertos políticos extremistas.

 

Digo esto último porque esta semana se ha debatido si el tono y las palabras de un movimiento político, el del Partido del Te (que sostiene que la gente debe tener armas para defenderse del Gobierno y el Estado) influyen en quienes intentan matar a un representante del Estado como ocurrió en la matanza de Tucson, en la que un pistolero  asesinó a seis personas, entre ellas un juez federal, e hirió grave a una congresista demócrata con la que no andaba muy de acuerdo en sus líneas políticas.

 

Para ese movimiento, y para algunos cronistas de nuestra colonia, no existe relación entre un hecho y el otro y no hay ninguna influencia. De nuevo, es el individuo el único responsable de sus acciones, no la sociedad ni tampoco las leyes.

 

Lo terrible es que aceptando todos esos argumentos de la Asociación Nacional del Rifle, del Partido del Té y de los cronistas coloniales, se llega a la conclusión de que el autor de esa matanza, al final, no estaba haciendo más que el uso del derecho que la Constitución y Dios le han conferido.

 

Aconsejándote, querida lectora, que no salgas corriendo a comprarte un arma sino una piruleta, me despido de ti y te deseo buena semana.

 

Vale

Máximo Necio nació en Madrid por accidente, como casi todo en su vida. Estudió humanidades en la Universidad Complutense. Al terminar los estudios buscó la erudición a través de la aventura, sin que hasta el momento haya aprendido más que un par de verdades de andar por casa. Tan escaso conocimiento le permite, sin embargo, cierto filibusterismo cultural y mucha, mucha indignación, aunque es más la de los intransigentes que la de los justos. En corregirlo anda.