La deshumanización de las artes liberales

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Sonó el teléfono cuando estaba a punto de ponerme a escribir mi post semanal y, en principio, no lo quise coger porque no quería que se me esfumara la inspiración, pero saltó el contestador y reconocí de inmediato la voz de una querida amiga y colega, la cual me instaba a asistir a una reunión de trabajo en la cual se iba a discutir sobre no sé qué planificación curricular dentro de la Universidad de la que yo formo parte. El asunto no me interesaba lo más mínimo, entre otras cosas porque uno ya sabe por experiencia que los profesores de tarima apenas tenemos voz y jamás voto en las decisiones que toman políticos y burócratas, pero por si acaso me sentí en la obligación de decírselo de viva voz a mi amiga, a fin de tranquilizarla. Pero mi amiga estaba muy alterada y, lejos de calmarse, me dijo que debíamos movilizarnos en contra del nuevo plan porque si aquello prosperaba podían desmantelar todos los departamentos de humanidades y hasta nuestro departamento de lenguas modernas. Reproduzco a partir de aquí la conversación que entablamos, con algunos retoques mínimos.

 

– ¿Así que quieren acabar con las lenguas modernas? Pues no lo veo mal. Propongamos entonces que se vuelva al latín y al griego…

 

-No te hagas el gracioso, José Luis. Llegan los bárbaros y tú te lo tomas a broma. En el nuevo currículum hay una división neta entre el “núcleo duro” y el “núcleo blando” que resulta verdaderamente espeluznante…

 

-Explícate.

 

Mi amiga hizo un esfuerzo.

 

-El núcleo duro del currículum incluye el inglés, las matemáticas y la física, mientras que el núcleo blando, que ellos llaman “núcleo flexible”, consiste en todo lo demás, desde la economía y la filosofía hasta el francés, el esperanto o el yoga.

 

-¿Y no ha sido así desde hace ya años?, le espeté.

 

-Sí, pero ahora todo lo que se encuadra dentro del núcleo flexible será optativo. Un alumno elegirá por su cuenta. No tendrá obligación de estudiar filosofía, historia o un idioma, incluso en el caso de que quiera ser maestro o profesor de instituto. Necesitará muy pocas clases optativas. Tres o cuatro a lo sumo. Puede darse el caso de que un alumno se gradúe con tomar una clase de ballet, otra de tenis y un curso introductorio a la Guerra Civil americana. Ya no necesitará saber quién fue Aristóteles ni deberá esforzarse en aprender los rudimentos del francés o el español. Es el triunfo de la barbarie.

 

Yo intenté quitarle hierro a la cosa.

 

-No hay que dramatizar. A mí me parece hasta más realista. La educación siempre ha sido para minorías. ¿Para que exigir el aprendizaje de una lengua a quien jamás la utilizará en el futuro?

 

El tono de mi amiga subió varios decibelios.

 

-¡Parece mentira que me digas algo así! ¿Qué se hizo de tu formación humanista? La enseñanza de una segunda lengua nos ayuda a comprender la nuestra. ¿No fue Goethe quien dijo que quien no sabe de lenguas extranjeras no sabe de la suya propia? Meter las lenguas en el saco de la cultura general es el colmo de la ignorancia…

 

-Puede ser, pero estamos en otra época. El humanismo tocó a su fin hace ya muchos años. Vivimos de los reflejos del pasado, como la rana que mueve el anca cuando está ya bien muerta. La universidad está arruinada, los libros ya no cuentan…

 

Mi amiga me interrumpió.

 

-¿Quieres que la quememos?

 

-No, pero hay que diversificar. Siempre me ha parecido odioso enseñar a quien no quiere…

 

-No puedo estar más en desacuerdo. Asistimos a la rebelión de los bárbaros y tú parece que no te enteras. Le dan preeminencia a las matemáticas y la física. ¿Por qué esa discriminación? ¿Acaso no se han enterado de que ahora cualquier programa te resuelve la ecuación más intrincada en un abrir y cerrar de ojos?

 

Yo concedí que ahí podía llevar razón, aunque le advertí que la reverencia hacia los números siempre ha existido, además de ser la aritmética una estupendo ejercicio para desarrollar la capacidad analítica.

 

-Cierto, pero lo mismo se puede aplicar, y con más razón, al aprendizaje de una lengua extranjera. Su adquisición nos permite comprender mejor los mecanismos de la nuestra. Si vas a ver, toda civilización se vio reflejada en otra lengua. Los romanos se miraban en el griego; los europeos, durante más de mil años, en el latín. Luego fue el francés y ahora es el inglés. Los americanos son los primeros que se creen que no necesitan ningún modelo con que contrastar. Gran error…

 

Mi amiga calló y, tras un breve silencio, hablé yo.

 

-Erróneo o no, el inglés va camino de convertirse en la lengua universal. Las máquinas de traducción son cada vez más capaces. Yo entiendo que no quieran gastarse el dinero cuando un telefonillo te puede traducir casi todo en cualquier idioma. La masificación en las aulas tiene los días contados.

 

-¿Y qué nos espera a los profesores? Esta autopista que quieren construir para que los alumnos puedan graduarse en un pispas nos lleva al desconocimiento y puede llevarse por delante todos los departamentos de humanidades de la universidad de NY.

 

Mi amiga, tras esto, dio un profundo suspiro. Yo no supe cómo consolarla y sólo se me ocurrió decirle que pronto todos, los del núcleo duro y los del blando, seríamos sustituidos por maquinas inteligentes, aunque a nosotros, a diferencia de los matemáticos o los físicos, nos quedaría siempre la posibilidad de leer en el original La Divina Comedia, el Quijote y aquel maravilloso verso de Theodore de Banville que dice “Nous n’irons plus au bois: les lauriers sont coupés”.

 

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.