La doble integridad humana y literaria del poeta portugués Miguel Torga

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Miguel Torga

Difícil es encontrar en el panorama literario portugués del siglo XX una personalidad tan natural y a la vez tan “espantosa” (espantoso, en la lengua portuguesa, significa maravilloso, asombroso, admirable) como la de Miguel Torga (São Martinho de Anta, Trás-os-Montes, 1907-Coimbra, 1995). Esa naturalidad, en la que se abrigan sus escritos literarios y sus acciones vitales, es lo que grandemente le caracteriza. El uso de Miguel Torga, como seudónimo de Adolfo Correia da Rocha, tiene que ver con ello. Ese genuino nombre “de guerra”, adoptado en 1934 al publicar su libro en prosa A terceira voz, vendría dado como sentido homenaje a tres referencias muy significativas para él: Miguel, por los admirados y disconformes autores españoles Miguel de Cervantes y Miguel de Unamuno (algún que otro divulgador, entre ellos su traductora, Eloísa Álvarez, también apunta a Miguel de Molinos), y Torga, por un rudo y bello brote montañoso que se muestra en su tierra, capaz de gestar, enraizado entre piedras, unas discretas florecillas de color vinoso, y que responde a la denominación norteña del llamado urce, brezo de la familia de las ericáceas; este delicado y resistente vegetal fue elegido por nuestro escritor en razón de su sencillez y su belleza. Apellido de su seudónimo que hace honor a una planta bravía, pues la torga es un brezo que es capaz de enraizar en la piedra ofreciendo unas brillantes y delicadas florecillas. Y la pura escritura de Miguel Torga verdaderamente surge muchas veces de lo más árido y cotidiano.

Él no estaba muy conforme con la creación de una Unión Europea, dispersa, heterogénea (como hoy mismo se puede comprobar), quizá por una razón telúrica, emocional, aunque, como advierte Clara Rocha (hija y único vástago de Torga, y la profesora de origen belga Andrée Crabbé), ese “tan glosado telurismo de Torga, que atraviesa toda su obra y halla su expresión culta en la referencia al mito de Anteo”, no hay que confundirlo con cualquier género de regionalismo, ya que, en opinión de su hija, “en el universo torguiano, el paisaje físico y humano no interesa por el color local o lo pintoresco, sino por su autenticidad y grandeza”. Sí se decantó claramente, sin embargo, por la homogénea extensión ibérica, donde dos estados nacionales contiguos puedan asimilar comunes ideales. Ese Miguel, de Miguel Torga, tributa, como decimos, a dos grandes seres ibéricos: Cervantes y Unamuno. Al referirse a la Guerra Civil Española del 36, vuelve Clara Rocha a afirmar: “El autor la vivió intensamente, y expresa en varios de sus libros el dolor de la destrucción y el luctuoso sentimiento por la inmensa herida abierta en la tierra y en los hombres de Iberia”, dejándole “una profunda cicatriz interior”. Por referirse a ese conflicto, dejando ver la crudeza del bando nacional en el pequeño y poco difundido volumen ‘El cuarto día’, dentro de las entregas que él mismo iba editando de su novela autobiográfica La creación del mundo, Miguel Torga conoce las cárceles del opresivo régimen (apresado en Leiria y conducido a la dura prisión de Aljube, en Lisboa). La detención se llevó a cabo gracias a un chivatazo que Nicolás Franco, hermano de Francisco, puso en la oreja del propio Salazar.

Miguel Torga nació el 12 de agosto de 1907 en el seno de una humilde familia campesina, en la aldea de São Martinho de Anta, freguesia perteneciente al concelho de Sabrosa, en el distrito de Vila Real, y ubicada en la septentrional región portuguesa de Trás-os-Montes, en el nordeste portugués. A los diez años la familia le envía a una casa burguesa de Oporto, donde vivían unos parientes, para ejercer de pequeño criado regando el jardín, bruñir metales, atender a los timbres. No duró más de un año en ese empleo, en el que ganaba 15 tostones, no más de unos pocos reales; abandono debido a su constante resistencia a ser sumiso en ese rol de infructuosa servidumbre. Sus pobres padres, Francisco Correia Rocha y Maria da Conceição Barros, intentan dar una salida al futuro de su hijo y el pequeño Adolfo ingresa en 1918 en el seminario de Lamego, aunque pronto le ha de advertir a su progenitor que “não seria padre”, es decir, que no iba a ser cura.

Al poco, en 1920, un rico tío suyo se lo lleva a Brasil a trabajar en una hacienda que poseía en Santa Cruz, en el estado de Minas Gerais. De sol a sol, siendo el “último en acostarme y el primero en levantarme”, como declara, sin descanso en domingos ni en festivos, realiza muy diversos quehaceres, desde cuidar del ganado a barrer los patios, atender al público que acudía a comprar, ir a buscar el correo al pueblo o asegurarse de que a la noche estuviesen bien cerrados los portones. Aunque al final de su estancia, en 1924, su tío lo matriculara en el instituto de Leopoldina, en Minas Gerais, la convicción del pequeño Adolfo de querer ser doctor, hizo que el tío le pagase los estudios en Coimbra para ser médico, estando muy agradecido por los esforzados servicios prestados durante un lustro por el sobrino. Por su parte, nuestro poeta reconoció: “siempre he amado a Brasil, fue mi segunda cuna, lo siento en la memoria, lo llevo en el pensamiento”. Agradecimiento expresado en el discurso que Torga pronunció al recibir en Premio Camoens, reproducido en el XV volumen del Diário, en la entrada del 10 de junio de 1989 (aniversario de la muerte del genio más representativo de Portugal), fechada en Ponta Delgada, en la isla de San Miguel de las Azores, donde se efectuó la entrega del máximo galardón (como nuestro Premio Cervantes) de las letras portuguesas. De Brasil regresa en 1925. En sólo tres años completa los tres ciclos del bachillerato y en 1928 queda apto para ingresar en la Universidad.

Su primer destino como médico precisamente fue en su aldea. El 3 de marzo de 1934 escribe en el primer volumen de su Diário: “Aquí estoy enterrado en montes hasta las orejas, recetando jarabes y leyendo el Comércio desde la cabecera hasta el último anuncio”. Es a partir de 1941, habiendo trabajado en otros lugares, como Vila Nova o Leiria, cuando establece su residencia en Coimbra, en el nº 32 de la Estrada da Beira, abriendo consultorio de otorrinolaringología en el nº 45 del Largo da Portagem; consultorio que no cierra hasta 1992, estando ya muy enfermo, y donando el instrumental quirúrgico al Hospital de la Misericorcia de Arganil, donde operó durante años, y el mobiliario a la Junta de Freguesia de su pueblo.

Su obra es extensa, brotando siempre de la más franca realidad. Su creación es, en todo momento, genuina. Su producción, de una interpretación polisémica e inabarcable, perpetuamente parte del aquí; no en vano él remarcó que “lo universal es lo local sin paredes”. La creación del mundo, la novela Vindima (Vendimia, aún no vertida al español), muchos de sus cuentos y su poesía, su amplio Diário y hasta sus discursos de cariz político, se sustentan en el amor a la soberbia comarca, presidida por el Duero, donde se asienta su pequeño pueblo, y en su profesión de médico, un otorrino accesible no encuadrado en la burocracia de los grandes hospitales sino ocupando su sencillo consultorio en el centro de Coimbra. De lo primero da fe, no sólo la fábula de Vindima, situada en esas laderas repletas de fértiles vides, o el Agarez que frecuenta La creación del mundo como un homólogo de São Martinho de Anta, sino el aspecto que evidenciaba la propia figura de Torga desvelando sus orígenes rurales.

La obra de Miguel Torga se reparte entre el género narrativo (cuentos y novelas, además de su libro lírico-descriptivo Portugal), el teatral, el autobiográfico (memorias y diarios) y, naturalmente, el poético. Después de la publicación del libro Poemas Ibéricos, de 1965, la poesía de Miguel Torga queda ya únicamente esparcida en su extenso Diário, que abarca la casi totalidad de su existencia. Si de Torga sólo se hubiese conservado este diario redactado a lo largo de más de sesenta años, sin mucho riesgo podríamos reconstruir su esplendente trayectoria literaria, pues esta larguísima obra atesora todas las claves de su tan precisa prosa y su tan ancha poética. El gran carácter del Diário es el poderoso testimonio que exhala: “Un médico ni siquiera puede llorar. Sólo puede tocar el bracito delgado y frío, comprimir la arteria inerte y quedar unos segundos apretando los dientes. Después salir sin decir nada. // ¿Quién encontrará una palabra para estos momentos? Una palabra que un médico diga a esta madre, que entregó a la vida un hijo vivo y recibió de la vida un hijo muerto”. Testimonio exhalado con fuerza tanto en sus incontables entradas prosísticas, tal la que hemos transcrito, como en la considerable cantidad de piezas poéticas que incluye: “Señor, me acuesto en la cama/ cubierto de sufrimiento”. Unos 700 poemas comprende todo el Diário. La crítica señala unas temáticas dominantes en la obra de Torga, aplicables todas ellas a los trechos en prosa y verso del Diário, y que consisten en resaltar la problemática religiosa, el amor por la tierra, la desesperación humana (centrada en su condición de médico, subrayando esa impotencia de no poder salvar siempre a sus pacientes) y el conflicto de la creación en el alma del escritor.

Gonzalo Torrente Ballester, en una entrevista concedida a Miguel Viqueira en 1986 para la lisboeta revista de cultura en español y portugués Boca bilingüe, declara: “Una literatura que produce, en el mismo siglo, dos figuras del calibre de Pessoa y Torga, puede considerarse una literatura de excelente salud. Mas lo que sucede es que [estos dos autores] no son comparables entre sí totalmente. Torga es un hombre clarividente ante la realidad, un hombre en el que la realidad en que vive repercute y es recibida a la vez que aclarada. No su realidad, sino la realidad en la que vive. La prueba está en La creación del mundo, donde lo importante es el hombre Torga y el mundo en que él está viviendo. Es un descubridor de mundos, que además sabe darles forma. Y el Diário es uno de los conjuntos literarios más impresionantes de Europa, sobre todo como testimonio humano, más allá de las cualidades literarias que contiene; los diarios son siempre testimonios humanos, y el de Torga es un testimonio que yo me atrevería a clasificar de escalofriante, porque ve más allá de aquello que los demás ven, mientras que nos comunica lo que ve”.

En una descripción jocosa de sí mismo llega a apuntar su “perfil de contrabandista español”, que es “delgado como un estoque”, que “va mucho al cine, y se ríe apasionadamente con los dibujos animados” o que “sólo ayudó una vez a su mujer a aclarar la vajilla, y hace diez años que le mata un comecome en el oído con este defecto”. En sus primeros años de médico escribe: “Un médico no es para el enfermo lo mismo con bata que sin ella. Y no es por la sensación de limpieza que el color blanco sugiere. No. Es el simple prestigio del hábito que, a la postre, hace al monje”. Pero a veces su condición de facultativo le produce hastío, especialmente durante ese tiempo destinado a aldeas como médico rural antes de abrir su consultorio; expresando que no puede pasar la vida jugando a la brisca con el párroco. Torga era una persona que, como escribe Manuel Alegre, “claramente detestaba las frivolidades mundanas”. No le gustaban las poses, decía siempre lo que pensaba, no era hipócrita, no le agradaba dedicar sus libros. Era declaradamente de izquierdas, aunque no de partido, y manifiestamente descreído, aunque no deje de considerar que Dios fue: “La pesadilla de mis días. Tuve siempre el coraje de negarlo, pero nunca la fuerza de olvidarlo”.

Miguel Torga. Fotobiografia, reeditada en 2018, elaborada por su hija Clara Rocha y editada por Publicações Dom Quixote, tuvo una primera edición en 2000, con una tirada de diez mil ejemplares que no tardó en agotarse. Siempre fue libro muy buscado, por contener mucha y esclarecedora documentación (fotos, correspondencia, documentos del “dossier Miguel Torga” en la PIDE…), la cronología pormenorizada que le da cuerpo, marcando su carácter biográfico, y testimonios de varias personalidades ofrendados a nuestro autor: Manuel Alegre, quien realiza el prefacio, António de Almeida Santos, António Arnaut, Claire Cayron, Jorge Amado, Mário Soares y Sophia de Mello Breyner Andresen. Miguel Torga continúa siendo, como dicen los libreros, un long seller: sus libros, y los libros sobre su vida y sobre su obra, no se venden deprisa, pero siempre se venden a lo largo del tiempo. Esta reedición actualiza la bibliografía del autor trasmontano, consignando la última traducción de la obra poética de Torga en castellano: los poemas que contiene el primer cuaderno del extenso Diário de Torga (de un total de 16 que abarcan la escritura de más de 60 años) y el poemario Odas; traducción de estas dos colecciones publicadas por la Editora Regional de Extremadura y realizadas por el que humildemente suscribe esta reseña, quien ya había hecho una versión del asombroso cuento ‘Vicente’, díscolo cuervo del Arca de Noé, extraído del volumen Bichos, para la revista de Getafe Cuadernos del matemático en 2015. Jaime Siles, comentando en ABC Cultural (26 de enero de 2019) estas últimas versiones castellanas, y calificando a Torga como poeta muy austero, profundo e íntimo, interpreta que “su sistema de rimas recuerda a veces al de Antonio Machado, y su humanismo existencialista se vierte en versos tan comunicativos como solidarios”.

Es oportunísimo acierto, en suma, la reedición de esta Fotobiografia de Miguel Torga, pues sus imágenes acrecientan el valioso testimonio de la nobleza del hombre diáfano que fue y la altura de su calidad como escritor, trayendo, como anota Manuel Alegre, “a la lengua portuguesa la dureza de la piedra y una escritura de palabras sustantivas, necesarias, únicas”. Máxime teniendo en cuenta la textura biográfica de la creación de Torga. Pues Miguel Torga fue, dice de él António de Almeida Santos, “de Torga, el mejor retratista y el más completo biógrafo”.

 

 

 

 

Este texto está basado en parte en la ‘Introducción’ a mis traducciones de Los primeros poemas del ‘Diário’ y Odas, de Miguel Torga, publicado por la Editora Regional de Extremadura en su colección Letras Portuguesas, Badajoz, 2018, y en mi artículo ‘La autenticidad de Miguel Torga’, reseña del libro Miguel Torga. Fotobiografia, de Clara Rocha, publicada por la revista Suroeste, nº 9, Badajoz, otoño de 2019.

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