La fisonomía de un blog

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Me he pasado toda la mañana hojeando indolentemente algunos de los muchos libros digitales que tengo archivados en la aplicación de Google Books de mi iPad, desde una edición dieciochesca de Las Confesiones de Rousseau, hasta las reflexiones de Schopenhauer sobre autoría y estilo publicadas en un libro inglés de finales del siglo XIX, lo cual me ha llevado a otras lecturas relacionadas y, por ahí, a divagar -no sé por qué- sobre mi blog.

 

Según Schopenhauer, hay dos clases de escritores: aquellos que escriben porque tienen algo que decir y los que solamente escriben por dinero. Pero a mí me parece que el filósofo alemán, si viviera hoy, no tendría más remedio que añadir una tercera clase de escritores, que son los que escriben porque -como me pasa a mí- tienen un blog, al cual deben alimentar cada semana con nuevas entradas como si fuera un tamagotchi.

 

La moda del tamagotchi creo que ya pasó, pero durante unos años esta mascota virtual, en forma de huevo y con tics de reloj despertador, tuvo esclavizada a buena parte de la población infantil. Todavía recuerdo a mi pobre sobrino hace unos veranos agobiado porque no le había dado de comer a la mascota o se le había olvidado sacarla a orinar. Pues lo más siniestro del invento es que si el dueño se descuida en satisfacer sus necesidades o no le hace el suficiente caso, el cacharro muere de inanición o de stress, como se muere un hámster o un jilguero.

 

El tamagotchi de mi sobrino supongo que la espicharía al llegar los fríos invernales, porque al verano siguiente ya no se hablaba más de él, pero este blog mío, al que tengo que sacar a pasear todas las semanas como si fuera un perrito, ha sobrevivido ya dos inviernos, y se encuentra más fuerte y saludable que nunca, a tenor de los ladridos que me pega cuando ve que llega la tarde del viernes y todavía no he hecho intención de sacarlo de paseo.

 

Aclaro que el blog, como género, no es un sucedáneo, como lo es el tamagotchi en relación con las mascotas, sino que está enraizado en la más pura tradición literaria, a caballo entre el diario y la columna periodística, aunque con algunas peculiaridades nuevas. Por de pronto, el diario personal suele ser mucho más íntimo que el blog, que de íntimo tiene más bien poco, mientras que la columna o el artículo de periódico exige varias cosas, entre ellas una firma reconocida, además de un rigor en la forma que el blog no necesita, ni quizá quiere.

 

De hecho, lo que el blog más quiere (y lo que más le favorece) es la escritura descosida, fragmentaria, improvisada, zigzagueante. El blog tiene mucho de apunte y hasta de primer borrador. A veces es simplemente un exabrupto. Otras, un buen modo de desparramar las opiniones, los juicios de valor y los prejuicios.

 

El blog es un escaparate o, mejor aún, un muestrario más o menos informe que va retratando poco a poco, a medida que van sucediéndose las entradas, la fisonomía mental del bloguero, sea con el estilo y con la lengua que sea, porque nadie escapa de su singularidad, por más que esté tachonada de clichés.

 

El blog tiene algo de tamagotchi y otro poco de jogging diario. Cada entrada que cuelgo, como la que estoy colgando ahora, me produce el mismo gozo que el que se sube a la báscula, tras una hora de corretear por el parque, y se encuentra con que ha adelgazado cinco gramos más.

 

El blog tiene, finalmente, algo de confesión, aunque sea sesgada, como lo tiene de complicidad con el lector amigo, el cual puede estar a solo dos manzanas de donde vivimos o en una casita a las afueras de Wellington, en la capital de Nueva Zelanda. El blog es muchas veces esa hoja que nunca antes nos habríamos atrevido a publicar urbi et orbi y que lo hacemos ahora con la misma impudicia con que se exhiben las jovencitas en las playas veraniegas, tan guapas ellas, tan anónimas, tan descaradas en su topless.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.