La fuerza de la imaginación

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Me acabo de despertar en mi estudio de Brooklyn, y con la cabeza todavía apoyada en el almohadón, dejo reposar la mirada en el muro de ladrillo del edificio de enfrente, a unos cincuenta metros de donde estoy acostado. No son todavía ni las siete. La mañana está anubarrada. Oigo en la lejanía el tren, cuyo traqueteo se va diluyendo poco a poco entre un silencio algodonoso. Me quedo mirando el muro durante algún tiempo y luego bajo y subo la vista por el zigzag herrumbroso de la escalera de incendios. Una gaviota se ha posado en una de las barandillas. Su opaca silueta se recorta con un hieratismo de jeroglífico. Me estiro algo en la cama hasta sacar los pies de la colcha. Una repentina corriente de aire entra por el hueco abierto de la ventana y agita por un momento alguno de los listones de la persiana a medio enrollar. No hace ni frío ni calor. La gaviota, tras dar unos cuantos saltitos por el pasamanos de la barandilla, remonta el vuelo…

 

Podría continuar anotando el fluir de mis percepciones, aunque ya, en esta simple anotación, excluyo irremediablemente bastante de lo que veo y mucho de lo que siento. El lenguaje, por más precisión que se quiera, simplifica en exceso la realidad y, en casi todos los casos, inventa o imagina. Es cierto que hace un momento había una gaviota posada en la escalera de incendios del edificio de enfrente, pero ¿caminaba a saltitos o me lo he imaginado? Y al nombrar el muro del edificio, me limito a decir que es de ladrillo, sin ponerme a describir su textura o su color rojizo, seguramente porque cualquier lector lo puede visualizar sin necesidad de más información. En cuanto al “silencio algodonoso” tras el cual se pierde -o se diluye- el traqueteo del tren, es una sinestesia no del todo infeliz, aunque está muy claro que si cierro los ojos, o aun sin cerrarlos, oigo otras muchas cosas, además de ese traqueteo, como el tictac del reloj despertador, el correr de un grifo en el piso de al lado o la bocina de los coches en la calle. La escritura, toda escritura, es un boceto falseado de la realidad.

 

He dicho “falseado”, pero quizá hubiera sido más exacto decir “imaginado” o “figurado”. Hace unos meses, al ir a aparcar, alguien colisionó conmigo y me hizo un buen siete en el coche. Las incidencias del accidente eran muy claras, al menos para mí. En una calle de una sola dirección flanqueada por coches aparcados a uno y otro lado, yo me había detenido en paralelo delante de un hueco dejado por un coche que se acababa de marchar y, tras poner las luces intermitentes y mirar por el espejo retrovisor, había iniciado la maniobra, cuando de pronto el coche que tenía esperando detrás, por distracción de su conductor o por creer que podía pasar sin esperar el final de la maniobra, se puso en marcha e impactó en el guardabarros de mi coche, llevándoselo por delante. Esta versión del accidente, sin embargo, no era ni mucho menos la del conductor que me había embestido. Así, en su deposición ante la policía, aseguraba que yo había pegado un acelerón al ver el hueco y, tras frenar en seco, había dado marcha atrás con brusquedad, sin darle a él tiempo a reaccionar del todo, aunque, por fortuna, gracias a sus muchos años de conducción, había logrado evitar un impacto mayor. 

 

No cansaré al lector con otros detalles nimios. Sólo diré que una semana después los abogados de los respectivos seguros, tras analizar los informes, llegaron al acuerdo salomónico de que yo tenía la razón en un noventa por ciento y mi antagonista nada más que en un diez y que, por lo tanto, mi seguro sólo debía hacerse responsable del diez por ciento de los gastos de la reparación. No es que el acuerdo alcanzado fuera perjudicial para mí, pero ese diez por ciento de “verdad” otorgado a mi antagonista me hizo pensar en la fuerza de la imaginación.

 

La imaginación es, de todas las facultades de la mente, la más peligrosa e intratable. La memoria retiene percepciones, el entendimiento las sopesa y analiza y la voluntad, si es que quiere, nos lleva por tal o cual camino, pero ¿qué hacemos con la imaginación? La imaginación transforma toda percepción en una imagen inexistente. Existe la montaña y existe el oro, pero no una “montaña de oro”; existieron los dinosaurios y existen algunos de sus gigantescos esqueletos, pero no los dinosaurios que vemos en el cine o los que ilustran cualquiera de los muchísimos libros sobre el asunto. La imaginación crea monstruos y crea también belleza.

 

Los románticos otorgaron a la imaginación todo el poder creativo y sus atolondrados tataranietos, en el Mayo francés, gritaron aquel famoso eslogan de “imaginación al poder”, pero ya se sabe que Platón desterró de su República a los poetas y San Agustín avisó de todos sus muchos peligros, aherrojando durante siglos toda la caterva de dioses mitológicos en la camisa de fuerza de la alegoría moralizante. Y, con todo, ¿no son quizá uno y otro, Platón y Agustín, dos de los escritores más imaginativos que haya dado la humanidad? Ciertamente apenas hay en Las confesiones un solo párrafo real o incluso verídico y basta leer el Fedón para darse cuenta hasta qué punto estaba desarrollada la facultad imaginativa del gran filósofo griego.

 

Imaginar es inherente al lenguaje y a la propia vida. El flujo de percepciones experimentado esta mañana nada más despertarme en mi estudio sólo se puede reproducir mediante el empleo figurado del lenguaje, lo quiera o no lo quiera. No hay escapatoria. De nada valen las cámaras de fotos, los videos, las grabadoras. El ojo que filma solo filma algo de lo que ve y casi nada de lo que siente. Sin palabras hay solo silencio, pero las palabras que oímos o leemos configuran siempre una realidad fantasmagórica, como es fantasmagórica para mí, al recordarla, esa imagen de esta mañana, con su muro de ladrillo, su gaviota en la barandilla y, a lo lejos, el traqueteo del tren.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.