La indignación de los indignados

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Los noticieros vienen cargados de indignación últimamente. Hay indignados con turbante que se dedican a quemar embajadas y los hay con barretina que se manifiestan pacíficamente por las Ramblas; hay indignados que claman contra el sistema capitalista y los hay que se indignan cada domingo por alguna trastada arbitral. La indignación va en aumento. Unos se sienten indignadísimos hacia el gran Satán de Occidente y otros lo están por años y años de colonialismo. En España los funcionarios se indignan por los recortes y los jóvenes porque no tienen futuro; las mujeres están indignadas por los crímenes de género y los viejos, por la posible reducción de sus pensiones. Apenas se encuentra hoy en día alguien, en algún punto del planeta, que no tenga algún motivo para la indignación.

 

La indignación puede ser una emoción noble y quién sabe si hasta saludable. Aristóteles pensaba que era virtud y la situaba entre los extremos viciosos de la envidia y la malevolencia. Otros después han interpretado la indignación como una especie de alarma que debe saltar cada vez que se perpetra una injusticia, mayormente en el reparto de riquezas. Un alma noble no se indigna porque otro tenga o pueda más (que eso sería envidia), sino cuando la riqueza se adquiere de manera ilícita y el poder se utiliza injustamente. Desde luego quien presencia un robo o un abuso y no se llena de indignación, tiene una seria carencia moral.

 

Ahora bien, debe añadirse de inmediato que no siempre el abuso es tan evidente ni los robos, desfalcos y demás expolios están a la vista del público. El indignado muchas veces dispara al blanco equivocado o, peor aun, se dispara a sí mismo. La indignación, incluso la más justificada, suele ser corta de vista, si no ciega, a la hora de identificar culpables.

 

Hay otra cosa que debe tenerse muy en cuenta. El indignado, como bien viera Nietzsche, miente mucho. En todo arranque de indignación suele haber una buena dosis de fariseísmo. Quien se escandaliza y se rasga las vestiduras una y otra vez es, suele ser, un farsante y un hipócrita. So capa de nacionalista, religioso o justiciero social, el indignado se vale para justificar cualquier acto violento y la violación de toda ley y mandamiento.

 

No es que con ello quiera yo ahora restarle méritos al movimiento juvenil de indignados que surgió el año pasado en España, ni que desprecie tampoco las reivindicaciones independentistas de los catalanes -o incluso que no sea sensible a las sensibilidades del Islam-, pero sí me parece que la indignación apenas resuelve nada y que en muchos casos lo que evidencia es arrogancia moral y ancestrales prejuicios contra enemigos inexistentes.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.