La maldición de la infancia

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Hay quien nace conservador, tradicional y hasta con gustos clásicos y el que desde muy pequeñito se dedica a romper juguetes en lugar de jugar con ellos. Hay niños buenos y otros que son de la piel del diablo, niños que hacen siempre los deberes y niños cuyo único deber es volver loco al maestro. Todos recordamos en el colegio al empollón y al desastrado, al pelota y al listillo, al chivato y al retraído, al matón y al caradura. Estos papeles se repiten siempre y suelen ser interpretados con la misma fruición y fatalismo con que los personajes-actores en El teatro del mundo de Calderón interpretan su papel de rey, de caballero, de labrador o de mendigo.

 

El colegio, como el teatro del mundo, no acaba nunca. Uno, ya de mayor, entra a trabajar en un banco, en una redacción de periódico o en unos grandes almacenes y se encuentra otra vez de vuelta en el aula de su niñez. En una oficina ciertamente hay menos díscolos y muchos más pelotas, pero el ambiente en seguida es de lo más familiar. Puede pasar que el director sea el matón que uno había dejado en el patio del colegio, con algunas variantes. Sigue siendo bastante burro, pero en lugar de pegarte collejas por la espalda, como hacía entonces, ahora te llama al orden por cualquier nimiedad y, si tiene ocasión, te saca los colores o te humilla. El subdirector es tan servil como lo era Juanito Cantón -aquel indigno empollón que además de empollón era el chivato de la clase-, pero con los años se ha convertido en un distinguido burócrata que lleva a cabo las órdenes del jefe con el mismo celo y eficiencia que Adolf Eichmann. Los demás compañeros se acomodan como pueden a sus respectivos papeles, según les dicta su temperamento e inclinación. El obsequioso pelota jamás puede faltar. Ni el listillo. Ni el apocado, que suele cargar con todo el trabajo sin recibir jamás un ascenso, y ni siquiera unas palabras de aliento o una paga extra al final del mes.

 

Pocos son, en verdad, lo que consiguen redimirse del papel que interpretaron en su infancia. Quien decidió ser pelota con cuatro años, morirá seguramente pelota, y quien fue vago y caradura durante el bachillerato, con gran dificultad será responsable y diligente al entrar en la universidad o cuando se coloca en un banco.

 

Claro que con los años uno aprende a disimular sus inclinaciones naturales y su pasado de colegial. A veces he llegado a pensar que la educación no es otra cosa que borrar lo que fuimos de niños -o lo que nos hicieron ser muy a nuestro pesar- y tratar de pasar por lo que quisimos ser, sin conseguirlo. A veces toda la vida de un ser humano no es sino una lucha constante –e inútil- por emular a aquel alumno que era el más popular de la clase o a aquella chica que tenía loquitos a todos los muchachos.

 

A veces nuestra vida no es sino huir de nuestro pasado infantil ignominioso, como el Lord Jim de Conrad.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.