La mente analógica de Douglas Hofstadter

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En uno de mis últimos paseos solitarios por el paseo marítimo (boardwalk) de Coney Island me topé de sopetón con Douglas Hofstadter o, al menos, eso me pareció. Si alguien no sabe quién es ese señor, puede informarse en Wikipedia, que trae muy buena biografía, aunque digamos que es, entre algunas cosas más, uno de los principales gurús en toda la cuestión de la inteligencia artificial y los conceptos de cognición.

 

Hofstadter (o su alias) estaba clavado en medio del andamiaje de tablas que forma el boardwalk y contemplaba embelesado, a unos treinta o cuarenta metros de distancia, el Parachute Jump, que es esa herrumbrosa torre que aparece en casi todas las tarjetas postales de Coney Island. Estaba, ya digo, muy erguido y mirando hacia arriba, con tal concentración y embelesamiento que no hacía el menor caso de los ciclistas y viandantes que pasaban raudos por su lado. Yo me fui a sentar en un banco y me quedé observándole, mientras me preguntaba qué pensamientos se le pasarían por su cabeza.

 

En una conferencia que le oí hace años afirmaba que todo proceso mental es un complejo entramado de analogías entre las numerosísimas impresiones y conceptos que hemos ido acumulando con los años. ¿Estaría equiparando esta torre con la Torre Eiffel? Pero esa analogía era, de por sí, demasiado burda quizá. Seguramente sus asociaciones serían mucho más complejas o más caprichosas. Recuerdo que en esa conferencia a la que asistí se extrañaba de cómo su mente había relacionado, en un intervalo de más de treinta años, la desilusión sentida cuando muy de niño su padre le había dicho que los numeritos encima de la x, en x1, x2, x3…, eran simplemente variables, con la desilusión de su propia hija al comprobar que la función de un segundo botón de la aspiradora con la que jugaba servía simplemente para abrir el compartimento de la bolsa que almacenaba la suciedad. La mente, según creo recordar que decía, era una ilimitada acumulación de fragmentos hilvanados analógicamente mediante una lógica misteriosa o incluso mágica.

 

Uno siempre ha creído que el pensamiento mágico y las analogías sin una lógica aparente son propiedad de mentes primitivas como la mía, pero al parecer es así como funciona toda mente humana, sea la de un indígena del Amazonas o la de un brillante matemático.

 

Hofstadter ha dedicado años a los “malapropismos” que cometemos al hablar y a las asociaciones que, en principio, resultan irracionales o erróneas. Aunque la mente, según él, nunca yerra. Únicamente elige entre multitud de opciones. Cualquier categorización que hacemos a través de la lengua, por sencilla que sea, es una batalla de analogías que se libra de manera subterránea en la mente. Si la batalla se gana fácilmente, esto no resulta evidente, pero si es encarnizada, las pruebas de la batalla se ven por todas partes.

 

Hofstadter debió cansarse de su contemplación en algún momento, porque en unos pocos segundos en que me vi distraído por las torneadas piernas de una patinadora y luego por la acalorada discusión de dos viejos rusos, ya no estaba allí, ni había rastro de él por todo el paseo. Me levanté y miré a uno y a otro lado. Nada. Se lo había tragado la tierra. Me volví a sentar resignado. Pero, ¿era de verdad Douglas Hofstadter? Ni siquiera podía estar seguro de su identidad. ¿Sería acaso un personaje análogo? ¿Representaría en mi mente lo mismo que, con respecto a la Torre Eiffel, representa este abandonado amasijo de hierros que aparece en todas las tarjetas postales de Coney Island?

 

PS. Sin saber por qué, por esos caprichos de la mente, cuatro enunciados se me vienen súbitamente a la memoria según termino esta entrega. El primero lo citaba mucho Heidegger: “Denken ist Danken”. La traducción española estropea el retruécano y, por eso, lo dejo así. El segundo enunciado es un axioma harto conocido: “Cogito ergo Sum”. El tercero está en una película de Rohmer, La mujer del aviador, y dice en francés “on ne saurait penser a rien”. El último, en recio castellano, contradice a los tres primeros y me hace siempre reír a carcajadas, por lo disparatado: “Lejos de nosotros la funesta manía de pensar”.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.