La novela del claustro universitario

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Ganar de vez en cuando un premio Nobel de literatura no está nada mal, pero la pujanza cultural de una lengua no se mide por eso, sino por la riqueza y variedad de los libros que se escriben y publican al año: de recetarios de cocina a biografías, de libros de viajes a sesudas monografías, de memorias confesionales a novelas de género. En esto los americanos y británicos no tienen rival. En comparación, tanto en España como en Latinoamérica hemos ido siempre a remolque, subsanando las muchas carencias con traducciones por doquier e imitaciones más o menos burdas -más o menos logradas- de modelos creados y perfeccionados afuera.

 

Me viene esta reflexión a raíz de leer una monografía en inglés sobre las llamadas “academic novels” o “campus novels”, de difícil equivalencia en español, aunque podríamos etiquetarlas, de manera general y para entendernos, como “novelas profesorales o universitarias”.

 

La novela profesoral tiene una rica tradición en la literatura anglosajona. Hay una gran diversidad de historias y argumentos en este tipo de libros, pero como pasa con todo género, algunas características se repiten hasta llegar a convertirse en clichés. Así, casi todos los personajes principales, incluido el protagonista, son inevitablemente profesores. Su entorno se circunscribe al campus universitario. El conflicto surge en casi todos los casos por la vanidad, pequeñez y estulticia de sus personajes, quienes se creen mucho más de lo que son. El conflicto mismo suele ser de poca monta, aunque aparece magnificado por parte de quienes lo sufren. La voz que narra los hechos tiende a ser condescendiente: a veces siente compasión por sus títeres y a veces los zarandea, aunque sin llegar a mayores. La sátira nunca resulta demasiado cruel. El final es moderadamente feliz. El presuntuoso y pretencioso profesor apenas aprende nada, pero tampoco sale triunfante.

 

Generalizo y lo hago seguramente a partir de las novelas más representativas del género, tipo de Lucky Jim de Kingsley Amis o la trilogía de David Lodge, pero salvo muy contados casos (el Human Stain de Philip Roth sería uno) lo normal es que las novelas profesorales tengan un sesgo marcadamente cómico. Desde luego la figura angustiada, en lucha con sus demonios o con un medio hostil, no cuadra dentro de un campus universitario. Las pequeñas envidias y larvados rencores, las lujurias secretas y ridículas ambiciones que anidan en los claustros no pueden más que hacer reír a quien las contempla desde fuera. Cualquier atisbo de tragedia parece estar vedado en este género, casi tanto como lo está en un sainete o en un espectáculo de varietés. Pues la tragedia exige grandeza en sus héroes y un destino inexorable, todo lo cual es ajeno por completo en el ambiente casi conventual de un departamento universitario.

 

Todo género novelístico, por idealizado que esté, hace referencia a una realidad. No esperemos encontrar cowboys en Texas como los que se ven en un Western o en las novelas de Cormac McCarthy, pero el referente está ahí, en el sur de los Estados Unidos, sin el cual no habría existido ni John Wayne ni Solo ante el peligro ni el “make my day” de Clint Eastwood. Su trasplante a otro hábitat cultural suele ser difícil, por más que todo arte no sea más que un continuo proceso de hibridación. La Eneida se aprovecha de la Odisea, la Celestina de la comedia latina, el Quijote de los libros de caballerías.

 

No parece que las “novelas profesorales” tengan por ahora muchos ejemplos en la literatura española. Pienso en la primera parte del 2666 de Bolaño, aunque el experimento más interesante sea, quizá, Todas las almas de Javier Marías y más aún su continuación, la muy postmoderna, Negra espalda del tiempo, con algunas páginas hilarantes al principio. Por desgracia, Marías no parece muy interesado en profundizar más en el mundo académico, al que trata con un mal disimulado desprecio. Es una lástima. Porque el género, tanto en España como en los EEUU, está todavía a la espera de su Cervantes o de su Fielding.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.