La Privada Moderna

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Este texto pertenece a la novela por entregas La Privada Moderna

Capítulo 12. Constancia Manglano – 2ª parte – La boda de Lidia

Catia era muy alegre y formaba parte de todas las aventuras que hacía la pandilla en la Privada Moderna. Cuan­do Lidia se casó se la llevó con ella a Zaragoza y le dio estudios e hizo de ella, al parecer, una señorita. Hasta estudió pintura y arte.

La boda de Lidia fue muy comentada. Había ve­nido a veranear a la ciudad una familia muy rica de Zaragoza que había hecho el dinero con el estraperlo de harina durante la guerra. El que había de ser su marido la vio en la playa y quedó prendado de ella. No dormía ni vivía pensando en aquella increíble be­lleza de largas piernas, de brazos modelados a torno, de caderas cimbreantes, de hombros redondos, de rostro ovalado, de virgen y con misterio a la vez. Tenía los ojos más hermosos que se puedan imagi­nar, con largas pestañas, cejas suaves, dentadura ri­sueña.

El hijo único de aquella familia zaragozana no paró hasta casarse con ella. Y eso que el padre, entusiasma­do por el fácil dinero, había previsto casarlo con fami­lia conocida de la ciudad. No sé dónde se celebró la bo­da. Ni si a ella fue Constancia. Me figuro que sí aunque no acierto a imaginarme cómo.

El Durazno, o sea Alberto, por entonces, ya había muerto en el frente. La viuda, o sea Demetria, subía por las paredes. Ahora le habían impreso a la casa un ritmo en contrapunto sincopado entre ella y la viuda del piso de arriba que, aunque no había vuelto a casar, recibía visitas continuas de fontaneros, electricistas y carpinteros. Aquel piso parecía una romería en busca de indulgencia.

Constancia se armaba un poco de lío. Ahora, co­mo se movían los techos, el pasillo hacía una especie de onda y ella ya perdía un poco la orientación. Y los gatos andaban incómodos y molestos. Demetria, al ca­bo, se casó y nunca más se supo de ella.

Las virtudes más características de Constancia eran su generosidad y su amor a los pobres y a los ani­males. Era un san Francisco redivivo. Los pobres en­traban en aquella casa a todas horas. Como las puertas estaban siempre abiertas… pasaban hasta la cocina y se sentaban para no caerse. Constancia les daba una taza de caldo y se pasaba las horas hablando con ellos. Le contaban sus vidas y sus penas. Es decir, tan sólo le contaban sus vidas.

Constancia los consolaba y les hablaba del movi­miento y de que todo pasaba y que tomasen un vasito de vino en la taza vacía del caldo. Que así era más llevadero. “Total, todo pasa”. A los pobres les gustaba ir a la casa de doña Constancia porque les daban el cal­do y un trozo de pan sin tener que escuchar hablar de la vida eterna, de resignación y de, ¡caramba, la suerte que tenían con ser pobres! Allí iban, se sentaban, toma­ban el caldo, hablaban, bebían un vaso, encendían ellos, si acaso, un cigarrillo hecho con colillas y se mar­chaban sin el agobio de las monsergas.

Era un poco molesto, eso sí es cierto, que los ga­tos, a veces, se les subieran por las piernas, o que una gallina aterrizara en el sombrero que, con todo respeto, el mendigo había sujetado con una piedra al suelo pa­ra que no se moviese. Pero, por lo demás, aquella casa era bastante divertida. Con un poco de suerte, igual veías moverse una alacena llena de platos que, como estaban bien sujetos, hacían un ruido como si fuera una música de esas modernas. Pero no había que inquietarse, porque doña Constancia decía que ya volve­rían a su sitio. Y era cierto.

Cuando se juntaban varios pobres, que esto solía suceder los viernes porque era “el día de pobres” en la Privada, pues era muy divertido. Sí. Se sentaba cada uno en su silla y procuraba agarrarse bien. Al cabo de un rato, todos estaban por el pasillo tratando de es­quivar a los gatos que ahora se deslizaban por las paredes, debido al contrapunto o a lo que fuera de la viuda del primero y su sindicato vertical de artesanos y otros menesteres. También es cierto que un día comenzaron a ver visiones. Estaban en la cocina to­mando el caldo y, en esto, que ven por la puerta de cristales que daba al patio, a una gallina que subía volando.

“Vaya, ahora les toca a ellas”, dijo doña Constan­cia con gran mansedumbre y resignación como todo lo de ella. Pero los pobres, aunque mansos, tenían bastan­te experiencia y agudizado el instinto. Le decían “Do­ña Constancia, santa mujer, que las gallinas, si vuelan, no es con la cabeza para arriba y desgañitándose mien­tras mueven patas y baten alas desesperadas”. “Bueno hijo, respondía la santa atea, cada cual vuela a su ma­nera”.

Los pobres porfiaban, pero ella permanecía tran­quila. Hasta que la Ciega, que llevaba al niño manco para dar más pena, se asomó un día al patio y vio a una gallina que, colgando de un cordel, era metida por la ventana de la viuda. Y acertó a ver también a Narciso el Capullo que le hacía un guiño que igual quería decir “Qué buena estás” que “Como hables, te escoño”. Y por lo que pudiera ser, la ciega guardó silencio.

Con el Capullo nunca se sabía y siempre te podía largar un viaje. El era muy suyo y tenía su aquél. Tan su aquél que la ciega nunca viera otro tan grande. Cuando se lo contaba a la Muda, que tenía un hijo rubio y lleno de pecas y malo como un dolor, ésta le decía “Mujer, cuando lo cuentes, deberías de tener más cuidado y no decir que “lo has visto”, ¿no comprendes, mujer?”

“Pues tú, si te estuvieras callada… Y lo dices sólo por morbo para que yo te diga que lo sentía en vez de verlo y de mirarlo. Pues te jodes que no pienso decir nada. Encima eso, una es una amiga y ya ves”.

“No, mujer, era por tu bien”.

“Ya, ya. Yo que te presenté al Capullo porque tú no quieres hablar por señas, que se te escapan los de­dos y eres obscena, pero a tu marido no lo prestas ni para que le pegue a una una buena tunda”.

“¿Mi marido? ¿Que me pega?”

Y allí se armó ella. Los otros pobres intervinieron en la refriega. Constancia intentaba poner paz. “No os peléis. No seáis como ellos”. Pero el Manco venga a darle con el muñón a la Ciega que se había agarrado al moño de la Muda. Esta mugía y Constancia, “Pobre animal, pobre animal, ¿cómo habrá entrado?” Había un cojo que llevaba muletas y tenía muy mal carácter y no se le ocurrió más que echarle la zancadilla con una de las muletas a la Ciega. Esta se levantó y comenzó a piafar, con tanto denuedo, que gastó una baldosa en la que, desde entonces, Constancia siempre tropezaba porque no se había acostumbrado a ella.

Los niños que llevaban los pobres para dar pena comenzaron a subirse a las alacenas. Constancia pensó que eran las gallinas y comenzó a llamarles “Pitas, pi­tas, churras, bajad”. Los niños, que no podían ser peo­res de malos que eran, cogieron sendas tapaderas de las tarteras que Constancia tenía en las alacenas, para que no hicieran ruido con el movimiento de las pare­des, y se pusieron a entrechocarlas como si estuvieran en una fiesta.

La Ciega seguía acometiendo a la Muda. El Man­co, que era medio mariqueiro, se puso a bailar con el Cojo, que no cesaba de decirle “Sí, pero tú no te pases, tú ten cuidado, tú mira bien lo que haces, tú quietas las manos”. Y el Manco reía porque decía manos en plural.

En fin, el Capullo seguía pescando gallinas desde la casa de la viuda hasta que la pobre Constancia, can­sada de tanto ruido, pero incapaz de echarlos, cogió una botella de vino y se metió en la bañera que la tenía con la ropa puesta en añil. Aquello fue terrible.

Catia nos contaba las cosas a su manera, claro, y decía que los pobres habían entrado mientras su ma­dre estaba en la Iglesia, pobre Catia, qué nerviosa esta­ría que hasta olvidó que su madre era atea.

(Continuará…)

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