La Privada Moderna. La Chon

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Este texto pertenece a la novela por entregas La Privada moderna

Capitulo 15  La Chon

Era muy gruesa, casi redonda. Baja de estatura, cara ancha algo aindiada, pelo recogido en una coca baja o en un moño de circunstancias y siempre seria y cansada. Claro que, cuando nosotros la veíamos, era cuando regresaba del puerto, de su puesto de remitenta de pescado y venía agotada y muerta de sueño.

Calzaba chanclos y medias muy gruesas. Llevaba varias faldas y, al final, sobre una especie de abrigo o grueso chaquetón en invierno, se cubría con una falda redonda de tela azul de mahón. No sé si tenía algo de raza, pero los pómulos los recuerdo pronunciados. Le debían faltar algunos dientes.

Su marido se llamaba Apalategui. Había sido un buen mozo en su tierra natal y debió llegar en algún barco y encontraría a la Chon que pudo haber sido, no guapa, pero sí mujer lucida. El se cubría siempre con una gran chapela y era hombre de pocas palabras. Pelo gris, cara curtida, rasgos pronunciados y la voz ronca.

Tenían dos hijos. Germán, buen mozo y trabaja­dor como ellos en el puerto, y Gumersindo, que salía a la madre, y tenía cara de indio y era grueso y algo ob­tuso. Era blando y atolondrado. Como vivían en un primer piso y no tenían patio, había logrado, no sé có­mo, montar una serie de jaulas superpuestas para ga­llinas en el lavadero de su casa. Las cuidaba él y, de vez en cuando, aparecía con una en brazos como quien va con un perro, con un gato o con una guitarra. Ya no le dábamos importancia. Gumersindo y su gallina forma­ban parte de la panda. La gallina no era siempre la mis­ma. Las cambiaba según las circunstancias. A veces nos fastidiaba porque andaba metiéndole el dedo por atrás para ver si tenían huevo o para «jalearlas».

Cuando se le murió el gallo, o se lo mataron para celebrar algún santo, porque la Chon cuando había que festejar no se paraba en barras, Gumersindo anda­ba loco llevando y trayendo las gallinas por los patios de los vecinos con su permiso o sin él. Así, cuando que­ría una buena carnada, ¡qué ideas!, andaba mirando por encima de los patios de los vecinos y echaba a la gallina de turno con una cuerda atada a una pata. Los demás mirábamos como tontos y ya con una incierta malicia «¡Gumersindo, que no la pisó bien!» «¡Estar callados!» «¡Gumersindo, que ese gallo te la mata!» «¡Pues la ha de pisar!» «Gumersindo, que ese gallo no le encuentra el objetivo» «¡Pues lo unté con aceite de Ríobravo!», decía el muy bruto, confundien­dolo con ruibarbo… Como si éste tuviera algo que ver con la coyunda.

También había ideado un sistema parecido al de Narciso que vivía en el piso de abajo. Hasta que un día éste vio bajar una gallina atada a un cordel y creyó que eran visiones. Se apostó armado con una escoba en cuyo extremo había colocado un gancho y cuando la gallina había sido cubierta y medio alborotada era iza­da por Gumersindo, la enganchó el Capullo y comen­zó a tirar. Gumersindo, no quería gritar para que no se descubriera su artimaña, Narciso tampoco quería albo­rotar porque aquella gallina no pensaba dársela a su familia, sino que estaba destinada a sus inconfesables andanzas. Uno que tira para arriba, el otro que da vuel­tas al mango de la escoba. La gallina que cacarea, el ga­llo que se solivianta. Olegaria y todos los Trullos con sus tías que estaban peinándose se asomaron por el otro patio. Nosotros jaleando desde el campo de atrás. Las dos hermanas gemelas, que se vestían de peineta y mantilla por Semana Santa, se asoman a medio colocar la mantilla porque, durante el año, se la colocaban pa­ra andar por casa y así estar luego habituadas.

La pobre gallina se quedó sin pata. Entonces co­menzó un muy sonado proceso casi de derecho de pre­sa, citando a Grotius y a Francisco de Vitoria, sobre la propiedad de los restos de la gallina caídos en el patio de Narciso Recalde.

Todos los patios de ese lado de los Gazules se lle­naron de gente, así como los pisos a los que se asomaba todo el mundo sin dejar de hacer lo que tenían entre manos. Quién seguía batiendo huevos, otras intenta­ban seguir calcetando, la de más allá seguía pegándole al hijo sin mirar dónde ponía la mano porque no se quería perder ripio de aquel litigio. Algunas mujeres, porque conocían a Narciso y las circunstancias del de­lito, querían ver en qué paraba aquello y qué argu­mentos aducía el Capullo para protestar contra el des­gaste de energía del gallo.

Como era viernes, los pobres se sentaban agrupa­dos al otro lado del campo por si caía algo o la gallina entera. También fueron llegando los diecisiete hijos del Talabartero, todos de la misma edad, y en camiseta de tirantes, que aparecían como por ensalmo cuando esta­ba en entredicho la virilidad de quien fuese o la honra de una hembra, aunque, nunca mejor dicho, fuera tan puta como las gallinas de Gumersindo.

Y es que todo hay que decirlo. Las gallinas de Gu­mersindo eran viciosas. Con el pretexto de que no po­nían, Gumersindo no paraba de andar catando gallos. Los Talabarteros, como es natural, se pusieron de parte de Narciso. Las mujeres se dividían, vaya usted a saber por qué. Alguna porque no quería desairar a Narciso, otras porque se sentían burladas e identificadas con la condición femenina de las gallinas de Gumersindo.

Eufemia y Casilda que llegaron alborotadas y co­gidas del brazo le echaban la culpa al gallo. Nunca lo hubieran hecho. Lo que tal les pudo decir Narciso. Pe­ro Gumersindo no se quedó atrás porque en eso era un poco sarasa y tenía una lengua algo suelta de más. Las puso de vuelta y media llamándoles descastadas y des­pechadas, a ellas que habían ganado un concurso de natación para gallinas.

La fuerza de Gumersindo estaba en que el gallo no funcionaba. Narciso le contestaba bravo. Al poner­se en duda la virilidad del gallo, todos sus colegas de los patios se pusieron a kirikikear como locos. Las ga­llinas no fueron menos. Allí nadie se entendía cuando apareció el señor Aureliano armado con herramientas que nadie sabía para qué iban a servir en aquel entuer­to. Los pobres se reían mostrando sus encías desdenta­das y agrupándose arracimados hasta formar una piña. Bien a gusto serían unas dos o tres docenas. Las tías de los Trullos, con el trajín de cogerse rulos y de participar en el debate, se equivocaron y le metieron horquillas por los ojos y por las orejas a Olegaria que bramaba. Pero como todos pensaban que era su mane­ra de participar en la discusión, nadie la socorrió hasta bien tarde. Los obreros de la fábrica de gomas de Alan, que estaba al otro lado de ese campo, dejaron lo que te­nían entre manos y se asomaron a los muros y venta­nas participando con sus comentarios. Las máquinas, que se encontraron sin control, se volvieron locas y co­menzaron a lanzar kilómetros de cinta de goma que se iba extendiendo por el campo, así como miles y miles de ruedas sin que la gente se diera cuenta. Los dieci­siete hijos del Talabartero, todos de la misma edad, se dedicaron a ensartar ruedas con los brazos y aquello parecía la caseta de las anillas en la feria. Bien a gusto, ensartarían unas diez mil ciento setenta y siete. Casil­da, que ve los brazos de los hijos del Talabartero exten­didos, se conturba y comienza a dar saltos y a hacer, como de costumbre, comentarios procaces. El policía secreto, casado con Emeteria, y padre de aquella retaca que se llamaba Restituta, acudió con el cuello de la ga­bardina subido y con el ala del sombrero caído. Y eso que él vivía en el otro lado, pero su instinto olfateó una algarada ciudadana. Pues no era poco aquellos obre­ros en huelga salvaje. Pidió refuerzos sin enterarse de lo que pasaba. Las tías de los Trullos seguían metién­dole a Olegaria las horquillas por los ojos.

Martina, la dentista que vivía en el número seis bajo izquierda, se encontraba en pleno trabajo de ex­traer una muela del juicio a un pobre campesino que había venido con toda la familia ya que, de paso, pen­saban hacer unas compras en el Calvario, consultar a la señora Orencia, la curadora inspirada y poseída por el espíritu de Don Julián y si no les curaba el mal de hue­sos acercarse al Marelo, que era un componedor de tor­ceduras de los más hábiles y reputados. Esas familias iban juntando males hasta que tenían bastantes para justificar una subida desde sus campos de San Cosme de Gándara hasta El Calvario. Nunca mejor dicho. Martina, que tenía moño y llevaba pendientes de oro largos y vestía de luto desde que falleciera el difunto del dentista al que ella ayudaba, le dio un impulso a la silla y, con el pobre paciente y su familia, aparecieron todos en el patio. Ella no se quería perder nada, aunque no le gustaba participar en la vida del barrio. Comenzó a tirar de muelas con su conocida habilidad para extra­er cualquier protuberancia que se pusiera al alcance de sus pinzas. Cuando acabó con el viejo, sentó uno por uno a los demás miembros de la familia en el sillón y les fue sacando toda la dentadura y hasta alguna vér­tebra. Estos callaban porque pensaban que era «de bal­de» y ya que habían hecho el viaje. Total… Como Marti­na tenía mucho donaire, las muelas y demás que saca­ba los iba tirando hacia atrás y, maldita casualidad, to­das le fueron cayendo en la boca del señor Aureliano que, como siempre, la tenía abierta. Pero, de repente, estornudó o se atragantó, no se sabe, y comenzó a lan­zar proyectiles como una ametralladora. No necesitó más el policía secreto. Sacó la pistola y se puso a dispa­rar al aire. La pobre doña Claudia, maestra depurada por la República, y que vivía sola en el seis primero iz­quierda, cerró más y más las contras, «¡Ya están aquí! ¡Tenía que ser! ¡Ya han llegado!»

La señora Escolástica, la Rara, la madre de Ciscla y abuela de Quique Tribes, se echó las manos a la cabe­za y comenzó a pasear a grandes zancadas por su patio mientras gritaba «¡Esta hija mía, esta hija mía!» Y de ahí no había quien la sacara. Los guardias, que llega­ron a caballo, cuando oyeron a esa mujer la relaciona­ron con una película que habían visto en el cine Tamberlick sobre la Mata Hari. Y no se sabe por qué se la llevaron con ellos y tomaron por asalto la casa.

Fue horrible. Lo recuerdo con pavor porque los ca­ballos de los guardias se asustaron ante aquella cinta de goma sin fin que se les enredaba entre las patas y se empinaron subiéndose por las cuerdas de tender la ropa. Entraban por las ventanas, se metían en las bañeras, se en­redaban con las sábanas y salían envueltos en espectrales nubes de añil intenso que movieron a la concurrencia a entonar el Cara al sol, brazo en alto, tal como estaban, menos el Manco, que por eso lo increpaba la Muda «¡Rojo, más que rojo!» Uno de los caballos pisó un reci­piente que estaba debajo de una bañera y el firmamento se tiñó de rojo en una apoteosis kremlineana. El Manco ahora se reía, aunque no osaba levantar el puño izquier­do, que bien lo tenía, pero ocupado en otros menesteres que, a la Ciega, y eso que era tonta, no le dejaban ver lo que se les venía encima de las cosquillas que le hacía.

Azul y rojo. Y las máquinas de la fábrica de Alan, hartas de oprobio, entonaron la Internacional con fra­gores wagnerianos. Los alemanes de Villa Marcelina rugieron el «Deutschland über alles» y dieron suelta a unos dirigibles que llevaban unos inmensos altavoces a todo volumen.

El cielo se cubrió de paracaidistas portugueses que eran proyectados desde Viana do Castelo y que se enredaban con las sábanas de los caballos, con las cuer­das de los dirigibles, con los cables de la luz y con los brazos de los hijos del Talabartero que, aquejados de calambres, empezaron a soltar miles de ruedas que, junto con los kilómetros de cinta de goma, formaron caprichosas esvásticas, aros olímpicos, yugos, hoces, martillos y flechas.

Sí. Hubo un poco de confusión. Sobre todo, por­que los portugueses desafinaban con su «¡As armas, as armas!», que no tenían bien ensayado. Además, resul­taba un poco ridículo porque las armas las tenían en Angola, Mozambique y en la fábrica de moneda y tim­bre de Lisboa.

Los pobres, dos o tres docenas, no paraban de re­ír. Los obreros de la fábrica de Alan se pusieron a mear para ver quien alargaba más y llegaba más lejos. Aque­llo fue un arcoiris incierto, cálido y dulce a la vez, por­que algunos tenían glucosa. Tuvieron que subir refuer­zos motorizados. Pero, como en la ciudad no había tan­ques ni artillería pesada, cogieron un submarino ale­mán, surto de incógnito en el puerto, y lo montaron en un tranvía. Los oficiales alemanes y la clase de tropa, sorprendidos mientras bebían cerveza, creyeron que habían caído en una trampa para submarinos. Sí, de aquellas con redes y boyas que aparecerían en los tebe­os de hazañas bélicas, dibujados por Boixcar. El co­mandante se aferró al periscopio «¡Arriba el perisco­pio! ¡Abajo el periscopio!» No veía nada de lo que es­taba acostumbrado a ver y gritaba, «¡Nos han engaña­do! ¡Nos han engañado!»

No sé por qué diría eso porque, por aquel enton­ces, los alemanes estaban a punto de conseguir la bom­ba misteriosa y los aliados no tenían armas secretas, como le dijeron a Hess en Nürenberg. Pero esto fue más tarde.

Como todo hay que decirlo, señalaremos que los del Cable inglés, que eran los encargados de comprar toda la producción de goma de la fábrica de Alan, a través del extranjero, claro, se vistieron de etiqueta y fueron a entregar una carta de protesta oral y muda al representante de la autoridad. Como, en aquel tiempo, las cosas estaban algo confusas a este respecto, se pasa­ron la tarde de la Alcaldía al Gobierno civil, de éste a la Delegación de abastos, de la Comisaría de transportes a La gota de leche, y de aquí a la Sección Femenina. Y porque terminó la guerra un año después que si no, aún seguirían protestando.

Fue todo muy sonado. Y así estaban cuando apa­reció la Chon que venía cansada y molida del puerto adonde había bajado, como de costumbre, a las cuatro de la mañana. Ella ya oía algo de estruendo desde la escalinata que subía en siete veces apoyándose en su marido Apalategui y balanceándose con el cesto que traía al brazo lleno de pescado. Cuando llegó a su casa y llamó a Gumersindo todos la oyeron. Hasta las guarniciones de las islas que habían sido alertadas, y todos los tuaregs del Sahara que la confundieron con un simún «¡Gumersin…sin…sin…sin…dooooooo!»

Siguió el silencio. Y después, como un bulldozer, de los que habría de haber años más tarde, se dirigió a la cocina y vio que la casa estaba sin barrer, la cocina sin recoger, la ropa sin lavar y sin planchar, «¡Gumer- sin…sin…sin…sin…dooooooo!

Todos nos agrupamos aplastados por el ambiente espeso. Y Gumersindo inmovilizado porque no podía soltar la parte de la gallina que tenía atada al cordel. Se asoma Chon a la ventana. Contempla la escena. Los pobres dejan de reír. Eufemia se arregla el pelo. Casil­da se sube un calcetín. Los diecisiete hijos del Talabar­tero comienzan a comerse las ruedas, para disimular, como si fueran rosquillas. Martina empuja de nuevo el sillón y va metiendo como puede las vértebras en la boca y las muelas en la espalda. Doña Claudia cierra ya del todo las contras. Las gemelas intentan meterse pa­ra dentro, pero las peinetas se les enganchan con los cables de la luz… Cortocircuito. Pero la luz impertérri­ta. Hablaba la Chon. Los obreros de Alan sueltan lo que tenían en la mano y la alzan abierta poniéndose a cantar el Cara al sol en sordina. El tranvía se monta en el submarino y tiran calle José Antonio abajo hacia el mue­lle. Hay que decir que a Chon no sólo la conocían las sardinas sino todos los submarinos surtos de incógnito en el puerto.

Las tías de los Trullos empiezan a sacar con pres­teza las horquillas del ojo de Olegaria y le tapan la bo­ca para que se callase, aunque buena era Olegaria para atreverse a seguir gritando en presencia de la Chon. Era que se le había quedado la boca atorada porque uno de los caballos de los guardias se había apoyado en ella para escalar las ventanas. Lo caballos se envuel­ven en las sábanas y hacen mutis montados en los guardias que casi no podían con ellos de lo mucho que pesaban.

Y así fue como terminó todo ya que el policía se­creto, al ver que aparecía la Chon, nacionalista de toda la vida, consideró la situación salvada y comenzó a co­merse la cinta de goma como si fueran espaguetis. El único que no salió ni participó en nada fue Marcos, el guardia civil casado con Eulalia. Ni Rebeca la Rusa, claro, porque por aquel tiempo estaba encarcelada.

A Gumersindo lo tuvo la madre castigado el resto del verano calcetándole una caperuza de lana con bu­fanda que, conocidas sus dimensiones, bien le hizo fal­ta el tiempo.

Narciso el Capullo también fue castigado por su padre a copiar páginas y páginas de solfeo. En una pa­labra, todo el repertorio de Zarzuelas del teatro García Barbón . Y eso que tenía veintitantos años y era un zote. Pero ante el padre, cojo y con gafas negras, era ante el único que temblaba.

Alan tuvo que acogerse al servicio de Regiones Devastadas pero hay quien dice que fue allí donde co­menzó la ruina que habría de conducirle de nuevo a América a hacer fortuna. Pero, por aquel tiempo, su madre ya había fallecido y la tenía oculta en la cajita de plata.

Y entonces llovió mucho. Llovió a llantos que li­cuaban los añiles y la sangre, los símbolos y los penta­gramas de los cables, la electricidad de los postes y el sudor de los caballos, la risa de los pobres y el susurro de las gentes. Pero sobre todo se alzó el temible mon­zón de plumas de gallina que ocultó a los Gazules de la curiosidad de los extraños. Las plumas lo envolvían todo, penetraban por todos lo resquicios, hacían de bálsamo y de sudario, quitaron volumen al silencio y vaciaron el tiempo. (sigue en cap.16 «Desventuras»

José Carlos Gª Fajardo. Prof. Emérito U.C.M.

 

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