La sabiduría de la muchedumbre

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De niño, en mis clases de latín, aprendí eso de “vox populi vox Dei”, pero los romanos, como los que vinieron después, creían también que la plebe podía ser mudable y caprichosa, además de incauta, estólida, innoble, miserable, profana, poco juiciosa, vanidosa, ignorante, grosera y desleal. Los calificativos no me los invento yo, sino que los saco de un manual de retórica del siglo XVI donde se ofrece un glosario para definir al vulgo, o al monstruo de las mil cabezas, como lo llama Horacio. Con todo,  el concepto de pueblo como depositario de cultura y aun de sensatez está ya muy arraigado entre los humanistas del Renacimiento, y no digamos después, entre los románticos, los cuales llegaron a pensar que todo lo bueno en literatura y en las demás artes procedía de la anónima voz popular.

 

Naturalmente ha habido siempre mucha demagogia al respecto. “Todo para el pueblo, pero sin el pueblo” ha sido una fórmula seguida no sólo por los ilustrados, sino por cualquier hijo de vecino que se ha dedicado a gobernar o a escribir en los periódicos. Y dentro de las artes, la impostura es, si cabe, mayor. Pues la primera obligación del artista, por muy cerca que se sienta del pueblo, está precisamente en individualizarse y, si es posible, llegar a convertirse en genio.

 

Genio es todo aquel que posee condiciones excepcionales en una determinada actividad intelectual o artística. Nadie lo discute en el deporte, ni entre los cantantes de ópera, ni tampoco dentro de la ciencia. En cambio, hay más resistencia en aceptarlo en literatura -o, por mejor decir, entre los teóricos de la literatura, afortunadamente cada vez más escasos-, quizá porque la calidad de un texto literario no se puede medir ni cuantificar objetivamente, sino solo valorar o evaluar por parte de los lectores. Y aquí entramos en otra cuestión que deseo plantear, ¿quién debe ser el juez de una obra artística? ¿El público o el crítico?

 

Hasta hace bien poco el consenso, dejando de lado demagogias, era pensar que la originalidad artística estaba reservaba exclusivamente a una minoría de expertos, pues se asumía, sin mayores objeciones, que la colectividad -o la masa, si se prefiere- transita siempre por un camino trillado y no se esfuerza ni se atreve a internarse por nuevos territorios. Desde luego sería difícil objetar que las modas las inician unos pocos y son seguidas por otros muchos al cabo del tiempo, pero lo que no está ya tan claro es la creencia de que el público no se entera, o que es el último en enterarse, de lo que es original. De hecho, el denostado monstruo de las mil cabezas -ese vulgo al que, según Lope, era justo hablarle en necio para darle gusto- suele ser infalible al dictaminar lo que tiene valor y lo que no lo tiene, siempre que se le dé oportunidad para ello, como sabe cualquier profesor que ha discutido con sus alumnos la lectura de un libro, o como se comprueba al entrar en uno de los innumerables foros de debate en Internet, en donde los comentarios de los usuarios, aunque cometan faltas de ortografía y anacolutos, son a veces más interesantes y divertidos que los propios comentarios del experto.

 

La unión, ciertamente, hace la fuerza, aunque tampoco es recomendable dejarse llevar en olor de multitudes. Las batallas las ganan los soldados, pero al mando siempre se encuentra un capitán, y un puente lo levantan los obreros, sí, pero bajo la supervisión del ingeniero. En cuanto a la supuesta sabiduría de las muchedumbres, basta asistir a un estadio de fútbol para ponerla seriamente en cuestión y cualquier manual de historia nos enseña que si un iluminado al frente de un país decide tirarse por un barranco, casi todos los demás van detrás de él, sin apenas oponer resistencia.

 

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.

1 COMENTARIO

  1. Querido José Luis: el motivo

    Querido José Luis: el motivo de este comentario es, primero, hacerte saber que leo tu blog regularmente, siempre con interés. No siempre estoy de acuerdo con tus ideas, como por ejemplo en tu visión excesivamente negativa de Baroja. Sobre todo porque valoras a Baroja por lo peor que escribió (esas novelas de su exilio de París, por ejemplo), porque lo comparas con Hemingway (y nunca debe compararse a un español con un americano, del mismo modo que no debe compararse, por ejemplo, un cohete español con uno americano, o una universidad española con una americana) y, sobre todo, porque afirmas que Baroja está lleno de clichés, y creo que los clichés no estarían dentro de la larga lista de errores estéticos y chapuzas diversas en que incurrió nuestro querido Don Pío en su ilustre, a pesar de todo, y admirable carrera literaria. Pero el verdadero motivo de este comentario es, sobre todo, picarte un poco. Soy bien consciente de que el título de tu blog es «El diván del indolente», pero a pesar de todo uno desearía más caña, un poco más de caña, en alguien que escribe en un periódico. Di lo que piensas. Remueve un poco más. Agita. Hacen falta voces que disuenen. La armonía, bien entendida, comienza con la disonancia, ya que la consonancia perfecta (la única verdadera) es el unísono. Y en España hay demasiado unísono.

     

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