La sal de la vida

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Desde la sal rosa del Himalaya a la sal azul de Irán o la sal gema de Argentina, viajando en caravanas de camellos por el Sáhara, o en barcos graneleros, el comercio de la sal ha sido históricamente uno de los motores de la economía mundial.

Su consumo moderado previene la deshidratación y es necesario para la vida humana, aunque de su exceso deriva en la vida adulta una buena proporción de los casos de hipertensión. Conserva alimentos en ausencia de refrigeración y es el principal potenciador del sabor en nuestra cultura, que hace sabroso lo anodino y contribuye a dar «salero» a la vida.

Sin embargo, millones de españoles consumen sal sin yodo. La sal yodada es la única forma usual de suplementar nuestra carencia crónica de yodo. La ausencia de este oligoelemnto en la dieta es frecuente en la cuenca mediterránea y ocasionaba el bocio endémico, a veces de tamaño gigantesco, como los que impresionaron al rey Alfonso XIII y a Marañón en aquel viaje a las Hurdes (y a mi mismo 60 años después en un viaje al Bierzo).

El yodo forma parte de las hormonas tiroideas y su carencia estimula el desarrollo de la glándula tiroides, lo que da lugar al bocio.

 

 

Consumir sal yodada es barato y sanitariamente necesario. No existe intoxicaciones por el consumo de esta sal. Si ello es así, ¿por qué millones de españoles no lo hacen? Sin duda por la ignorancia consentida por las administraciones, que no favorecen y publicitan su consumo.