Privilegio

0
333

 

 

Uno de los mayores privilegios de la profesión médica, uno de los que más refuerza nuestro sentido profesional y humanístico, es la posibilidad de diagnosticar la enfermedad del paciente en la propia consulta o a la cabecera del enfermo.

 

Una serie de preguntas sobre lo que le sucede al paciente y desde cuando junto con un interrogatorio más estructurado por órganos y aparatos, más una exploración física elemental en busca de signos clínicos, permiten diagnosticar la mayoría de las enfermedades. El papel de las pruebas analíticas y radiológicas seria complementario, para confirmar o refutar las intuiciones del médico.

 

Mi maestro Pedro Zarco fue un grande de la semiología, es decir del arte clínico, de la parte de la medicina dedicada a diagnosticar por los signos clínicos. Incluso descubrió alguno de ellos, como el latido de la aurícula izquierda, palpable y visible en determinados pacientes. Cuando gracias a él aprendí a diagnosticar la insuficiencia cardíaca por la simple inspección de las venas del cuello, comprendí que ser médico era la conjunción más perfecta de arte y ciencia. Quizá fue ese momento el punto más feliz y memorable de mi formación.

 

Hoy a penas nadie presta atención a los signos clínicos y cada vez menos a los síntomas. Las pruebas, antes llamadas complementarias, se han convertido en defensivas (háganse para evitar denuncias) o previas (háganlas para ver lo que tiene el paciente) o certificatorias (háganse como si se tratase de un juicio y hubiese que condenar o exculpar a alguien). También, con frecuencia se hacen para estudios de investigación, en general mal diseñados, ajenos a la práctica clínica pero soportados económicamente por ella.

 

El abuso en las pruebas complementarias y el abandono de la exploración clínica constituyen una pérdida irreparable para la profesión médica, además de contribuir a la insostenibilidad del sistema por el incremento continuado de los costes.