La sombra

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El sol comenzaba a despedirse por la derecha de la ventana del despacho de Eulogio Echagüe. Él ya no lo veía. Tan sólo percibía el resplandor de los rayos en el principio del ocaso tras la fachada. Ni siquiera veía lo que había ahí afuera, en la terraza, pues siempre corregía los exámenes con el estor bajado.

El estor era de color beis, de modo que la luz del atardecer se volvía más cálida en el interior de la habitación, también por lo que prometía al otro lado. A Eulogio Echagüe le gustaba mantener esa reserva. Como una esperanza de esplendor. El estor bajado era como un libro sin abrir. Lo que había al otro lado de ese libro nunca sería lo mismo que antes de abrirlo, que esa sensación. Por eso prefería mantenerlo cerrado.

Aquel sol del atardecer era como un sol permanente en medio del silencio del temporal y la pandemia. Y Eulogio Echagüe no quería verlo. Sabía que más allá de la terraza, en la calle, los tejados seguían blancos de nieve a pesar de todo ese sol impotente y falso. A través del estor beis, Eulogio Echagüe podía ver las sombras de los parasoles moverse con el viento. Y a veces, más que verlos, sentía el vuelo de los gorriones que se paraban a descansar en la estructura exterior de los toldos.

Aquella tarde corregía el examen sorpresa que había puesto en clase por la mañana, cuando vio perfectamente delimitada, no sugerida, sobre el estor de color beis, la sombra del perfil de un hombre atravesando de lado a lado la ventana. Eulogio Echagüe se quedó paralizado. Unos segundos después se apresuró a subir el estor. Abrió la ventana y sacó la cabeza y miró a ambos lados de su larga terraza, pero no vio nada.

Eulogio Echagüe sintió un escalofrío. Salió del cuarto por el interior de la casa en la misma dirección en la que había visto desaparecer a la sombra. Se preguntó si sería una sombra verdadera, tanto como aquella vez, aún lo aseguraba, que de niño vio a alguien, borroso tras la mampara, beberse el vino que sus padres habían dejado para los Reyes Magos. Eulogio Echagüe se sorprendió al pensar que quizá no estaba todo perdido.

Recorrió la casa y comprobó los cierres de las ventanas y de las puertas. Finalmente salió a la terraza anegada por un palmo de la nieve que no se derretía nunca y fue hasta el recodo. No había huellas en la nieve. Pero, ¿cómo iba a haber huellas en la nieve de un ático?, se dijo mientras negaba con la cabeza. Eulogio Echagüe entró en la casa y trató de seguir corrigiendo, pero ya no pudo. No quería bajar el estor por un “estúpido reparo”, se repetía, pero con el estor subido y toda la tarde cruda ahí delante de él se le hacía imposible continuar, así que decidió salir a dar un paseo.

El paseo duró exactamente los cuatro minutos que tardó en conseguir acceder al exterior de la urbanización, donde el panorama le convenció de regresar, y donde no pudo resistirse a mirar por el lado de la fachada norte del edificio para tratar de hallar alguna señal de que alguien hubiera podido llegar hasta su casa por aquel punto. Seis minutos después, dos minutos más que a la ida, pues se encontró con un vecino en el rellano que le dijo algo que ni entendió ni recordaba, volvió a entrar en su casa.

Al cerrar la puerta se detuvo en el recibidor durante un momento, pero no escuchó nada. Se iba imponiendo en su pensamiento la idea (“absurda”, se decía con creciente intensidad) de que lo que había visto era sólo lo que creía haber visto. Se sentó a la mesa y bajó el estor beis, como si fuera a emprender un viaje a los mandos de alguna nave, y trató de seguir corrigiendo el examen cuya sorpresa dejó de ser la protagonista cuando vio a la sombra, de nuevo, atravesar de lado a lado su ventana.

 

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