La subida del dólar

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Hace algunas noches regresaba a casa en metro cuando, a poco de atravesar el puente de Brooklyn, en la estación de Dekalb, se anunció por megafonía que debido a las obras que se estaban llevando a cabo, la línea en las próximas dos estaciones no se encontraba operativa. Para paliar inconvenientes la compañía de metro había dispuesto un servicio de autobuses. Salí a la calle con el resto de pasajeros y, nada más salir, me encontré con una cola multitudinaria, un frío más que notable y, a la vista, ni el menor indicio de autobús, de modo que decidí tomar un taxi. Diez o quince dólares, pensé, no eran dinero. Me dirigí a un despacho de taxis cercano a la estación y me puse a esperar en su interior. Dos personas me precedían: un señor muy gordo y una jovencita con el pelo teñido de morado. Llegó un primer taxi y se llevó al gordo. Llegó un segundo y se llevó a la jovencita. El tercer taxi se hizo esperar algo más. Cinco minutos debieron pasar. Por fin apareció, pero también, junto al taxi, dos autobuses. La gente empezó a subir. Yo, tras un largo minuto de dubitación, balbuceé una disculpa al taxista y me subí al segundo autobús, a empellones, cuando ya cerraba sus puertas.

 

¡Nunca lo hiciera!

 

El corto trayecto en autobús discurrió con normalidad, pero nada más volver a meterme en el metro, mi viaje se convirtió en una odisea por las profundidades del Averno. Con un agravante. Y es que mientras las almas del Averno no retornaban jamás según la mitología, yo, en mi eterna espera, podía haber salido en cualquier momento y haber tomado otro taxi. ¿Por qué no lo hice?

 

La clave me la dio un señor muy mayor, casi decrépito, mientras estábamos los dos sentados en un banco del andén, tras más de media hora de espera. El hombre me miró, se sonrió y me dijo:

 

-¿Sabe Ud. por qué ninguno de los dos salimos fuera a coger un taxi? Pues porque hemos invertido ya mucho tiempo en esto y nos parecería un derroche… Pero si se fija bien, nuestra postura no puede ser más irracional.

 

Me encogí de hombros. El viejo prosiguió:

 

-Yo vengo a cobrar unos doscientos dólares a la hora por mis servicios legales, ahora que estoy jubilado, que antes podía cobrar hasta quinientos. ¿Y Ud.? No, no hace falta que me lo diga. Supongamos que gana la mitad que yo. O la mitad de la mitad. Imaginemos que gana cincuenta dólares a la hora. ¿No le parece del todo irracional invertir otros treinta minutos de su tiempo -si es que tenemos suerte y llega el tren en los próximos minutos- cuando un taxi no le iba a costar más de quince dólares a lo sumo?

 

No pude por menos que asentir.

 

-Cuanto más se invierte en algo, por insignificante que sea, más nos cuesta desistir. ¿Quiere una demostración? Présteme un billete de dólar…

 

Le miré con el gesto torcido. ¿Sería acaso el viejo Caronte? Me eché la mano a la cartera y busqué un dólar para dárselo, a falta de moneda de oro, no fuera a ser que me condenara a vagar cien años por aquellas oscuras profundidades.

 

-Muy bien. Déme ese dólar y hagamos una subasta.

 

-¿Una subasta?

 

El viejo dejo caer el dólar al suelo y luego llamó con gestos a otro pasajero que, como nosotros, vagaba por el andén.

 

-¿Ve Ud. este dólar que está en el suelo? Pues este señor, aquí presente, lo ha puesto a subasta.

 

El viajero se sintió de inmediato interesado. El viejo explicó las condiciones:

 

-El dólar irá para aquél que haga la puja más alta, pero cualquier otro que puje más bajo debe pagar el precio de la puja efectuada. Así, yo pujo dos centavos. ¿Quién da más?

 

El pasajero, un ruso cuarentón con aspecto de levantador de pesas, subió inmediatamente la puja a cinco centavos. El viejo ofreció diez; el ruso, veinte. De ahí se pasó a cuarenta. Y de cuarenta a cincuenta, y de sesenta a setenta centavos. Al llegar aquí, se acercó otro pasajero, un negro con voz de barítono y, sin mediar palabra, puso la puja en noventa y nueve centavos. El ruso se quedó petrificado por un momento. El viejo se sonrió maliciosamente. Yo no tuve otro remedio que entrar en liza y voceé con cierta teatralidad forzada , “99 centavos a la una, 99 a las dos…”. El viejo, impensablemente, ofreció un dólar y un centavo. El ruso, sin pensárselo mucho, un dólar y veinte centavos. Hubo un momento de silencio, roto por el traqueteo del tren en la lejanía. El viejo se sacó de la cartera un dólar y un centavo y me lo entregó. El ruso dudó por un momento, pero luego se echó a reír y me dio una moneda de veinticinco centavos.

 

-La propina se la puede Ud. quedar.

 

Entramos en el tren. El viejo se bajó en la siguiente parada, no sin antes pedirme el dólar que me había dado.

 

-Primero porque la lección bien lo vale. Y segundo que, aunque no me lo crea, de la estación a mi casa siempre cojo un taxi…

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.