La trazabilidad de la sangre

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Cuando se comenzó a hablar de la trazabilidad de la carne yo viajé por un mapa tan imaginario marcado con hitos de estiércol para recorrer el desastroso tránsito del filete que me hincaba el diente. Ese principio no ha tenido fin. Era difícil visitar el baño sin sumergirse en la cisterna para rastrear la partida de nacimiento del agua que desperdiciaría con mis desperdicios; o pulsar el interruptor de la luz de la cocina sin cocinar mis neuronas sobre la línea de alta tensión que, de seguro, había llevado a mis brazos esos vatios precisos para localizar el filete arrancado del vientre de esa vaca cántabra alimentada con soja brasileña y que iba a cocinar con gas argelino.

 

La trazabilidad. La puta trazabilidad hace que una visita al supermercado sea peor que un amerizaje en las aguas densas del infierno. La pinche trazabilidad que desde hace tiempo convirtió la compra de una camiseta en una lucha a muerte con el sistema y sus tentáculos. Ahora parece que, durante unos días –unos minutos quizás- hay más gente obsesionada con la trazabilidad de las cosas que nos hacen la vida cómoda, fácil, bonita o, simplemente, como es. El pestañeo de conciencia lo ha provocado la muerte de algo más de mil esclavas y esclavos en Bangladesh; el asesinato prudente de los que podríamos denominar como homo sacer: los que no importan, aquellos cuyas muertes caen en el saco roto que antes ellos mismos cosieron.

 

Pero Bangladesh, El Corte Inglés, Inditex o la marca que ustedes prefieran son sólo uno de los nodos de una red de explotación, expoliación y servidumbre que no tiene límite. Nuestras multinacionales (me dan arcadas al escribir ‘nuestras’) se lucran sin contención para traernos la comodidad a los países beneficiados del colonialismo planetario a cambio de una densa factura de sangre. Endesa, Aguas de Barcelona, Repsol, Abertis, FCC, Sacyr, Iberdrola, Pescanova, Ikea (la autoadoptada), el Banco de Santander o el BBVA y cientos de empresas más que no tienen lustre en su nombre acumulan un rastro criminal en América Latina, en África y en Asia… La desconexión entre la producción de origen y la comercialización final hace que esa huella se vaya diluyendo lavado de imagen a lavado de imagen, etiqueta falseada a etiqueta falseada… eso es bueno para las empresas pero también es perfecto para nuestras conciencias: máquinas de autojustificación que nos permiten dormir a pesar de ser cómplices de crímenes brutales.

 

¿Qué hacer? Al menos saber qué ocurre, quiénes son los criminales, cuáles son sus modus operandi. Para ello, recomiendo portales como el del Observatorio de Multinacionales en América Latina (OMAL) o que se apoyen iniciativas como las de Frontera D y su Cara y Cruz de las Multinacionales españolas en América Latina o como la de Carro de Combate y su proyecto Amarga Dulzura, sobre el mercado internacional del azúcar y sus servidumbres.

Me perdí en Otramérica, esa que no es Iberoamérica, ni Latinoamérica, ni Indoamérica, ni Abya Yala... y que es todas esas al tiempo. Hace ya 13 años que me enredé en este laberinto donde aprendí de la guerra en Colombia, de sus tercas secuelas en Nicaragua, de la riqueza indígena en Bolivia o Ecuador, del universo concentrado de Brasil o de la huella de las colonizaciones en Panamá, donde vivo ahora. Soy periodista y en el DNI dice que nací en Murcia en 1971. Ahora, unos añitos después, ejerzo el periodismo de forma independiente (porque no como de él), asesoro a periódicos de varios países de la región (porque me dan de comer) y colaboro con comunidades campesinas e indígenas en la resistencia a los megaproyectos económicos (porque no me como el cuento del desarrollismo). Este blog tratará de acercar esta Otramérica combatiendo con palabras mi propio eurocentrismo y los tópicos que alimentan los imaginarios.