La unidad de la proposición

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El filósofo del lenguaje tiene un poco de obcecado y otro poco de neurótico, y de ahí que suela enredarse en problemas y paradojas que el resto de la humanidad suele desechar en la adolescencia, si es que alguna vez llegaron a preocuparle. A mí, sin ser filósofo ni nada que se le parezca, me ha preocupado desde muy joven la unidad de significado, esto es, ¿qué es lo que hace que una oración cualquiera sea vista como una unidad con sentido completo y no como un agregado de palabras? ¿Lo produce la sintaxis, el contexto o la intencionalidad?

 

No me pondré a cavilar mucho sobre el asunto, pero me parece que la unidad de un enunciado viene condicionada tanto por la intención del emisor, como por la interpretación que hace de ello el receptor. Ninguna oración existe como algo externo a la interrelación de los hablantes. Toda unidad verbal es subjetiva. Una oración está normalmente compuesta de sujeto y de predicado, pero no es la combinación S + P lo que le da su unidad, sino, más bien, el uso repetido de esos componentes en un mismo contexto. Comprendemos la proposición “Juan come lentejas”, porque la asociamos a otras muchas oraciones oídas anteriormente que siguen un mismo esquema con pequeñas variantes.

 

La unidad del enunciado no debe buscarse en las pausas –ni menos aun, claro está, en la puntuación-, sino en el horizonte de expectativas que se crea en torno a una sucesión de palabras. Si digo, “Juan come lentejas todos los lunes, salvo cuando lo visita su novia, porque ella está muy apegada a su terruño y prefiere un buen gazpacho en verano y migas en invierno”, el sentido está claro para cualquier hablante de español, aunque no sería tan fácil precisar si esta parrafada un tanto descompuesta forma una sola oración o es un combinado de tres o cuatro proposiciones. Y de ser así, ¿podríamos afirmar que la suma de esas proposiciones forma una unidad de sentido completo? Posiblemente sí, aunque la unidad empieza a ser enteramente subjetiva. ¿Qué pasa si, a continuación, se añade “Al pobre Juan le dan asco las migas y tampoco le hace mucha gracia el gazpacho”? Desde luego esta nueva oración formará una unidad independiente y, a la vez, dependerá de y estará relacionada con todo el conjunto anterior. La información sobre “Juan” es una acumulación de partes: le gustan las lentejas, pero no le gustan el gazpacho o las migas, aunque donde manda patrón… La suma de palabras, como la suma de proposiciones, sólo adquiere una unidad de sentido mediante la intención del individuo emisor y la interpretación que hace el receptor de todo ello. No hay ni puede haber un sentido unívoco, solo aproximaciones. La unidad de significado de una frase es un destello mental que dura lo que dura su enunciación, ni más ni menos.

 

Todo hablante emite miles y miles de enunciados (enunciados declarativos, imperativos, interrogativos, desiderativos), que se van enhebrando en su discurso como los abalorios de un collar. Ningún collar es igual a otro, pero los abalorios sí. Los abalorios verbales (las frases hechas, las expresiones fijas, las muchas cláusulas prefabricadas) son como la moneda que uno intercambia en un bazar. Con la moneda se compran y se venden cosas; con las palabras se negocia, se organiza, se narra, se imagina, se sueña.

 

Las palabras “sí”, “no” o “quizá” tienen tanta unidad de sentido dentro de un contexto particular como lo puede tener Die Welt ist alles, was der Fall ist o Los árboles no nos dejan ver el bosque. Cualquier proposición puede encerrar una imagen, un concepto o una metáfora que le da sentido y unidad al conjunto, aunque todo ello está en nuestras cabezas, no en un manual de gramática o de lógica.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.