Las consecuencias (7)

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Cuando apareció en casa él con dos mujeres negras de media edad se me cortó la respiración. Al principio creí que era una alucinación, una más de las muchas que estaba sufriendo en tiempos del coronavirus y especialmente durante el último mes. Pese a que lo veía en la pantalla de la tablet con regularidad no lo identifiqué y aún menos a ellas, que me parecieron como dos sombras venidas del mar del Caribe. Una vez recuperado del susto recordé que Joseph-Marie McFarlane me había anunciado una próxima visita tan pronto se abrieran las fronteras y se reanudaran los vuelos. Ninguna de las dos cosas se habían aún producido con lo cual opté por no preguntarle con qué medios arribó a mi ciudad accidental.

“Mr Bosco, lo prometido es deuda”, exclamó con júbilo en español en el umbral de la puerta mi peculiar psicoanalista jamaicano. “Venimos a alegrarle un poco la vida, que es breve y no tiene segunda parte en contra de lo que muchos sueñan. Pero, ¡por Dios bendito!, tiene usted un aspecto terrible. ¡Ni que se le hubiera aparecido el Diablo en persona! ¡No me diga que ha pillado el virus!”. Toda esta parrafada la hizo en su inglés melodioso. Sus acompañantes tenían una pinta espantosa, peor que la mía, con sus vestidos arrugados y manchados de vómito.

“Permítame presentarle. A mi izquierda, Marcia, miss Kingston 2008, y a la derecha Hortense, miss Montego Bay 2007. Conservan aún su belleza caribeña a pesar de la edad y de las circunstancias presentes. Las pobres vienen enfermas desde que salimos de Jamaica. Se acatarraron durante el viaje y necesitan urgentemente meterse en la cama, a ser posible solas. Les hablé de usted y tenían ganas de descubrir si era humano o rata. Y aquí estamos”, agregó con ironía. McFarlane iba elegantemente vestido con un traje de lino color crema y su habitual pajarita. Al natural resultaba más mayor que en pantalla y el cabello terminado en una pequeña coleta era casi níveo. Conservaba el atractivo de cuando nos conocimos en su país el siglo pasado en una playa nudista.

Una vez hechas las debidas presentaciones y acompañado a sus respectivos dormitorios a las dos perjudicadas damas, los dos nos sentamos en la terraza. “Magnífica vista. ¡Sí señor! No sé de qué se queja, Mr Esteruelas. Bueno, sí. Va en su ADN, la jeremiada”, afirmó mientras daba un buen trago al whisky que le había ofrecido. Yo opté por seguir abstemio habida cuenta de mi pobre estado de salud. En realidad, desde hacía días apenas abandonaba la cama y me alimentaba frugalmente a base de tés, yogures y fruta, que mi discreta y eficiente ama de llaves me traía preocupada por mis ojos afiebrados. “Deberíamos llamar a un médico. Se va a morir”, suplicaba. “No. A un médico o médica, jamás. Ya pasará. El conducator asegura que a partir de la próxima semana todos estaremos bien, libres y vencedores del coronavirus”. Intuyo que mientras regresó a la cocina a prepararme el potingue de almuerzo concluyó que mi locura no tenía vuelta atrás.

“Esta historia debe terminar, Mr Bosco. Basta ya de frivolizar con extrañas corridas de ratas, asesinatos y elogios fúnebres. Usted ya no es un niño precisamente. El maravilloso triciclo rojo, mal que le pese, no existe. Desapareció al igual que su infancia, adolescencia y juventud. Y con ellas, Peter Pan. Usted, al igual que yo, no estamos ni siquiera en la edad adulta, sino en la de poner orden a nuestras cosas, aceptar la soledad y disfrutar lo mucho o poco que podamos conscientes de que las maletas están ya en camino”. Hablaba con un tono relajado pese a que aparentemente su discurso era de regaño, de desaprobación por mi conducta. Tal vez, pensé con maldad, temía que si yo me quitaba de en medio se quedaba sin uno de sus mejores clientes poniendo así en peligro esa segunda residencia paradisíaca que estaba construyendo a las afueras de la capital jamaicana. Y como si me hubiera leído el pensamiento sentenció: “Confieso que me dolería su desaparición y no sólo por esos motivos pecuniarios que usted rumia”.

Me preguntó si realmente creía en esa historia de roedores inteligentes, que vienen al país a realizar una investigación sobre nosotros, los humanos, y que luego son sacrificados de modo salvaje en una plaza de toros en presencia de la gente más poderosa y reciben un funeral de Estado con la presencia del Rey y todas las autoridades nacionales. “Dígame la verdad: ¿cree lo que ha escrito basado, según usted, en hechos factuales o son más bien hechos alternativos que no coinciden precisamente con la realidad?

No supe darle una respuesta clara a la pregunta, y afirmé: “Mire, Joseph-Marie, de un tiempo a esta parte nada es real ni para mí ni para usted ni para nadie. Me resulta difícil entender que hace tres meses de repente me dijeran que debía de estar confinado en casa porque se había propagado un virus feroz y que se paralizara este país y el resto del planeta. Me resulta difícil entender que de un día para otro la gente se haya lanzado a la calle alegremente , con o sin mascarilla, desoyendo las medidas impuestas por el Gobierno pensando que todo se ha acabado. Borregos ayer. Borregos hoy. Me resulta difícil entender que el conducator, y otros como él, me diga que estoy a punto de entrar en una nueva normalidad. ¿Pero es que acaso la normalidad tiene fases? Me resulta difícil entender todo y comprobar que la única verdad está en los muertos que ha causado esta horrorosa pandemia, en la negligencia y abandono en la muerte de ancianos y en la destrucción de pequeñas empresas y puestos de trabajo que está originando”.

“Eso último que señala es la única realidad cruel de esta espantosa pesadilla”, remató el analista, “pero usted no puede por sí mismo derrotarla, superarla. Ni usted ni yo ni nadie. De una crisis se aprende en teoría, pero no obligatoriamente, porque los humanos somos muy listos pero también muy torpes. No estoy tan seguro que de ésta hayamos aprendido mucho más allá de lo que ya sabíamos: nuestra fragilidad y nuestra obstinación en seguir destruyendo el ecosistema”.

“¡Pues sí que con esas palabras me da moral, amigo!”, me quejé. “Yo no he venido hasta aquí a darle moral, sino impulsado por la circunstancias al ver que usted está frivolizando demasiado con eso de la realidad irreal o la irrealidad real”, replicó. “Incluso aun cuando tenga razón, aún cuando sea verdad mucho de lo que haya escrito durante este tiempo o todo lo que me haya comentado en nuestras videosesiones…”

Nos quedamos un rato en silencio observando la serena belleza del mar. “Realmente atrapa esta vista. No sé qué tiene y se lo dice una persona que está acostumbrado a tenerlo como compañero. Felicidades. Eligió bien. No sea estúpido. Aproveche lo que tiene. A nadie le importará si usted desaparece. La víctima será usted y no los otros. La sociedad, con sus cosas buenas y malas, seguirá funcionando”, afirmó McFarlane en tono filosofal.

Era ya entrada la madrugada. El desfase horario mantenía despierto a mi invitado pese a la fatiga de un viaje que no me atreví a preguntar cómo lo había realizado. Porque de hacerlo, quizás descubriría que tampoco el psicoanalista estaba entre los vivos. Sin yo decirle nada se levantó para saber cómo estaban las dos bellezas de antaño. “Duermen como lirones. Pobres, han tenido un viaje horrible. Pensé que no llegaban”, dijo en español.

Yo tampoco tenía demasiado sueño. Además, trataba de mantenerme en vigilia los últimos días por temor a nuevas pesadillas. Sin embargo, sabía que ese esfuerzo era inútil. El doctor jamaicano me preguntó si estaba tomando la medicación que me había prescrito. “Sí, naturalmente. ¿Por qué lo pregunta?”, contesté. “No sé, porque tiene muy mal aspecto”, sentenció.

Estuvimos hablando un rato más haciendo cálculos de cuándo habíamos comenzado nuestras videosesiones psicoanalíticas. Ninguno de los dos recordaba con exactitud una fecha. Luego me dijo que tenía pensado quedarse un día más en mi ciudad accidental para que la conocieran un poco las dos señoras y en sus planes entraba regresar a Granada a ver La Alhambra, que la acababan de reabrir.

“¿Y a algo más?”, inquirí malévolo. “Puede, pero la presencia de mis dos amigas dificulta mis movimientos”, respondió con media sonrisa. “He hecho mis averiguaciones antes de salir de Kingston. Los amores pasionales complicados conviene no resucitarlos”, añadió misterioso.

 

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Bosco Esteruelas es periodista y escritor. Ha trabajado en El País como editorialista y corresponsal en Tokio y Bruselas, y antes en la agencia Efe en las delegaciones de Roma, Washington y Londres. Ha sido también portavoz de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación) y de la Comisión Europea. Ha publicado cuatro novelas, "El reencuentro" (2011), "Todo empezó con Obdulio" (2012), "Retorno a Zumaia" (2014 y "Gracias, asesino" (2020), y una colección de relatos titulada "La chica de Tsukiji" (2014)   En esta bitácora quiero observar e interpretar la realidad política y social desde fuera de la jungla urbana

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