Las consecuencias (9)

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La extraña y breve reaparición de mis padres, que hasta lo que yo me acuerdo nacieron españoles pero, al parecer, ahora eran una feliz pareja residente en Shanghai (China), provocó en mí un torbellino de sentimientos encontrados con el consiguiente peligro de que se rompiera el débil hilo de mi equilibrio nervioso. La fiebre no remitía, el catarro tampoco y las pesadillas, incluso lúcido, se habían convertido en mi acompañante habitual además del mar.

Mentí a mi psicoanalista jamaicano McFarlane cuando le dije que cumplía con su prescripción médica. Dejé de tomar ansiolíticos y demás psicotrópicos y como única medicina opté por un reconstituyente vitamínico que guardaba en uno de los cajones de la cocina y que me había recomendado en los tiempos anteriores al coronavirus mi hermana, que de esto, según sostiene, sabe mucho y yo debo creerla. De momento, clausuré el farmobar y la farmoteca hasta nueva orden. En realidad, pensaba, mi circo price neurótico funcionaba las veinticuatro horas sin necesidad de estímulo químico. Bastaba con que yo diera una orden al cerebro para que mis neuronas trabajaran rápidamente y permitieran la fabricación de nuevas fantasías.

El tiempo, si bien no desapareció por completo de mi rutina, pasó a segundo plano y eso alteró mi ciclo de sueño. De manera que modifiqué mis colaciones. Podía estar desayunando de madrugada, almorzando a la hora del té y cenando a medianoche. Y aún cuando no bajé persianas ni corrí cortinas, con lo que mi visión diurna y nocturna seguía activa, ya no era consciente si había luz u oscuridad.

En resumen, mi cuadro mental era cuando menos preocupante. En un momento, indeterminado claro, llamó al móvil McFarlane para interesarse por mi salud. Habían terminado, él y las dos bellezas crepusculares caribeñas la breve visita a Granada, donde, por cierto, no intentó contactar con su antiguo y tórrido amor de ojos verdes. Tan críptico como siempre y con un tono de sobrado intelectual me respondió ante mi insistencia: «El amor es una debilidad nerviosa. Para mí ya no hay nada más que soledad glacial. Es una cita de Erik Satié, que aparece en la partitura de su obra musical Vejaciones».

«¡Ah!», comenté frustrado. ¡Pues vaya alegría, Joseph-Marie! ¿Nos cortamos entonces la coleta y abandonamos el ruedo?». «Eso es elucubrar, amigo mío, y a usted le gusta mucho el jueguecito», replicó ácido. Hubo un largo silencio. «Abandone por un minuto a Sigmund. ¿Cómo se encuentra realmente, Mr Esteruelas?», preguntó con más énfasis. Eludí dramatizar, pero le conté entonces mi último sueño, lo de mis padres y el limbo. Escuchó sin interrumpir y se limitó a afirmar: «Siempre se lo digo. Vale que recurra a la imaginación y a la fantasía, de las que usted está bien provisto en la mochila, pero debe controlarlas porque de lo contrario se extraviará y no podrá regresar». Antes de terminar la conversación me informó que tenían previsto ir a Sevilla y luego a Portugal para regresar desde allí a Jamaica. Nada dijo sobre el medio que utilizarían para el retorno: «Tendré el móvil encendido. Llámeme si me necesita. Ya sabe, los extras no se los cobro». «Muchas gracias», contesté con un punto de ironía.

El reencuentro con mis padres abrió en mí no pocos interrogantes e incertidumbres. ¿Había sido cierta la visita y su sofisticada explicación del sentido de la vida y de la muerte, de ese limbo al que llegaban los seres vivos para ser luego reconducidos a la Tierra, pero sólo aquéllos que desearan hacerlo? Mi padre y mi madre habían sido de los que decidieron reencarnarse y por lo que me contaron estaban contentos en su nuevo destino, en la populosa Shanghai. Él como jardinero en el Hyatt y ella de dependienta en una pequeña joyería en el centro comercial del lujoso hotel. Me confesaron que lo que más les había impactado desde su retorno era el teléfono móvil. «Me asusta un poco ese cacharro, pero reconozco que tiene grandes ventajas», afirmó ella mientras comía uno de los merengues que me habían traído. Me impresionó también que él se mostrara menos refunfuñón y maniático.

Por un lado me alegraba por ellos. La vida les daba una segunda oportunidad para apostar por la felicidad sin ataduras familiares y quizás para confirmar con gestos y actos que en el fondo se querían, contradiciendo la dura convivencia que habían mantenido durante su matrimonio. Pero, por el otro, emergía en mí una sensación de tristeza y abandono. Yo presuntamente no podría compartir y disfrutar de su segunda vida, muy alejada de la mía. Quién sabe si ya tenían hijos en esta segunda etapa, aunque sospechaba que no. Había entendido de sus explicaciones que no llevaban mucho tiempo en China. Y puestos a lo peor, ¡no habría más merengues!

En cualquier caso, mis progenitores vivían en otro estadio existencial distante del mío y al que teóricamente jamás podría acceder, pues cuando yo muriese y decidiese reencarnarme los dos seguramente habrían dejado de nuevo de existir. Con lo cual mi estado anímico presente me conducía esta mañana, tarde o noche al abatimiento, que a su vez se unía a esa sensación de vaciedad que experimentaba después de la muerte de las tres ratas inteligentes. Por cierto, me dije, debo preguntarles si vuelven de nuevo a aparecer si hay una segunda, una tercera o una cuarta oportunidad de reencarnación o si la autorización decretada por el directorio da derecho solamente a un turno. En mi calenturienta imaginación comencé ya a fantasear rutas de identidad: de hombre a actriz porno, de actriz a pordiosero, de pordiosero a banquero, de banquero a cardenal y de cardenal, lógicamente, a Papa.

No sé si lúcido o alucinado recordé que la realidad irreal que me habían impuesto los poderes establecidos cuando apareció hace tres meses el Covid-19 estaba a punto de concluir. El conducator dijo pomposo una tarde, en medio de la tragedia, que lo que pretendía el gobierno de coalición era entrar en una nueva normalidad una vez que el estado de alerta y las fases de desescalada decayeran. Pues bien, ya estábamos nosotros y el resto de los países de la Unión Europea aproximándonos a la meta.

Cuando escuchaba en la radio o seguía las noticias en la tele o justo ahora que comenzaba a retomar la vida social me asustaba y desconcertaba el gran optimismo reinante en la población. Se hablaba de comidas, cenas, reencuentros con y sin mascarilla y de viajes aunque sólo fuera por el deseo de fuga. Se manifestaba ahogo, necesidad de libertad, ganas otra vez de empezar a vivir. Al oír opiniones de esa clase yo ponía cara de buen chico y asentía. Sin embargo, en mis adentros deseaba no cambiar los hábitos que había incorporado rápidamente al poco de establecerse el confinamiento y a conservar mi enclaustramiento. No olvidaba que yo era un individuo que me proclamaba asocial y residente en una guarida junto al mar.

Sí, claro, quería reencontrarme con mis amistades, abrazar y acariciar a otras, si eso era posible, en flagrante violación de lo marcado por el taciturno ministro de Sanidad, reanudar mis sesiones de cine, proyectar a largo plazo un viaje…Pero para mí se había producido un antes y un después del coronavirus. Y de momento tenía reservas, desgana de pasar página. Y no precisamente por miedo a contraer la enfermedad.  No me identificaba ni con la gestión de mi gobernante ni tampoco con el griterío de la oposición, la teóricamente más calmada y la otra, más tronante. Naturalmente, me irritaba también el fastidio, el racarraca del nacionalismo fanático. La última pirueta había sido pasar Cataluña de la Fase Dos a la plena normalidad sin atravesar la Tres decretada por el presidente de la Generalitat. Genio y figura de ese histriónico individuo.

Daba igual que la Organización Mundial de la Salud alertara de un probable rebrote del virus en Europa este verano o principios de otoño. Las hormigas humanas tenían ya decidido abandonar el cautiverio y correr como si fueran los sanfermines. En realidad, pensé, todo era posible en esta realidad irreal o irreal realidad. Me moriría sin saber en cuál exactamente estaba. Podíamos celebrar las navidades en agosto, la Semana Santa en septiembre y las Fallas en diciembre. Entretanto, Christine Lagarde, presidenta del Banco Central Europeo, advertía a los líderes de la UE que lo peor estaba por llegar. Al dar un vistazo en un diario digital de las últimas noticias del día o noche me impactaba la muerte del novelista Carlos Ruiz Zafón. Para mí, la desaparición de un escritor es siempre motivo de pérdida, la misma que siento cuando desaparece un periódico.

 

Bosco Esteruelas es periodista y escritor. Ha trabajado en El País como editorialista y corresponsal en Tokio y Bruselas, y antes en la agencia Efe en las delegaciones de Roma, Washington y Londres. Ha sido también portavoz de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación) y de la Comisión Europea. Ha publicado cuatro novelas, "El reencuentro" (2011), "Todo empezó con Obdulio" (2012), "Retorno a Zumaia" (2014 y "Gracias, asesino" (2020), y una colección de relatos titulada "La chica de Tsukiji" (2014)   En esta bitácora quiero observar e interpretar la realidad política y social desde fuera de la jungla urbana

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