Las coordenadas de la vorágine

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El europeo medio debe imaginar a esta América como una manigua cercana a la vorágine sangrante que retrató José Eustasio Rivera buscando la huella de las caucheras, de los tiempos en que las selvas eran sepulturas para los esclavos de la “borracha”.  Acá, en Colombia, donde los guerrilleros degüellan a políticos. Aquí, en México, donde la venganza de los sicarios no parece tener límite ni en la imaginación más perversa. Estas tierras donde una masacre salpica de vez en cuando los noticiarios para traer a la memoria que hay campesinos y fantasmas, muertos tan vivos como el grito de su derrota.

 

Es parte de la imagen del exceso que la literatura del llamado realismo mágico ha impuesto en Europa como filtro de cualquier acontecimiento latinoamericano (magnífica contrateoría en El Insomnio de Bolívar de Jorge Volpi). No pueden pensarlo diferente. Un cierto barroquismo en todo, en las telenovelas y en la muerte, en las fiestas y en la tristeza, en el sembrado y en la cosecha, en el fracaso y en las épicas y pírricas victorias. Siento defraudar a los lectores, pero no todo es así.

 

Lo ajeno siempre es exótico. Para un habitante de Otramérica, la manera de celebrar de los españoles alrededor de la comida es pantagruélica, la muerte de mendigos en la soledad del frío es de una crueldad inimaginable y el consumo desbordado de cocaína y otras hierbas es obsceno. También el gélido gesto en la calle o el terrible silencio del vecindario desagradan en el Trópico. Comer sin música es un funeral y amarse sin fuegos artificiales un desperdicio en las riberas de estos desbordantes ríos.

 

Los periodistas hemos mostrado –mostramos- la muerte en Otramérica de forma exótica. No contamos las causas sino que describimos con obsesiva precisión el escenario, las técnicas carniceras, la saña delineada en los ojos del autor, la dramática renuncia de la víctima, el escapulario y la iconografía muralista… No podemos defraudar a nuestros lectores europeos. Es mejor que sientan que el “otro” es el bárbaro, que la vorágine siempre está más allá de sus fronteras. Así, armados de imaginarios y de Macondos nunca existidos, pocas veces se nos ocurre señalar que detrás de la sangría mexicana está el mercado y la sobredemanda de drogas en Europa y Estados Unidos, que detrás de la guerra nada ilógica de Colombia hay un botín en reparto del que participan muy dignas empresas españolas (entre otras), que Francia le acaba de vender 12.000 millones de dólares en armas a Brasil para que luego una parte se pierda en el laberinto de las favelas, que Centroamérica se come su banano entre pobreza y violenta por, entre otras cosas, las medidas proteccionistas de la Unión Europea.

 

¿Para qué hacerlo, para que rascar la epidermis? Es mejor dejar la vorágine controlada, en la estrecha, infinita y desconocida franja que discurre entre el océano Pacífico y el aislante Atlántico. Decía Ryszard Kapuściński que hacer periodismo es acercarse al Otro, entenderlo. Eso es lo más difícil. Mientras, seguimos agrandando el abismo, seguimos alejando Otramérica de Europa, seguimos aferrados a los tópicos para no afrontar las responsabilidades. Otra manera de matar.

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Paco Gómez Nadal
Me perdí en Otramérica, esa que no es Iberoamérica, ni Latinoamérica, ni Indoamérica, ni Abya Yala... y que es todas esas al tiempo. Hace ya 13 años que me enredé en este laberinto donde aprendí de la guerra en Colombia, de sus tercas secuelas en Nicaragua, de la riqueza indígena en Bolivia o Ecuador, del universo concentrado de Brasil o de la huella de las colonizaciones en Panamá, donde vivo ahora. Soy periodista y en el DNI dice que nací en Murcia en 1971. Ahora, unos añitos después, ejerzo el periodismo de forma independiente (porque no como de él), asesoro a periódicos de varios países de la región (porque me dan de comer) y colaboro con comunidades campesinas e indígenas en la resistencia a los megaproyectos económicos (porque no me como el cuento del desarrollismo). Este blog tratará de acercar esta Otramérica combatiendo con palabras mi propio eurocentrismo y los tópicos que alimentan los imaginarios.