Las imágenes atroces que no explotan

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Nos llegan imágenes atroces de la guerra en Ucrania. Como otras veces, en otros conflictos, entran en nuestras casas por la televisión y la prensa. Son cohetes, salvas que no explotan; no causan bajas aquí. Lo que obliga a reflexionar una vez más sobre la guerra.

Varias referencias son relevantes para situarnos en el tema; Susan Sontag escribió un ensayo sobre la imaginería de la guerra que tituló Ante el dolor de los demás (Regarding the pain of others, 2003); Simone Weil lo hizo sobre la poética de la muerte y la guerra en La Ilíada o el poema de la fuerza (L’Iliade ou le poème de la force, 1939). Abel Gance plasmó en la película Los morros rotos (J’accuse, 1938) el brutal resultado de la violencia armada, solapándose en el tema con la famosa novela de Pierre Lemaitre, Nos vemos allá arriba (A revoir là-haut, 2013). Y Joshua Oppenheimer presenta en The Act of killing (2012) una singular confesión filmada de los asesinos que participaron en la masacre de un millón de indonesios durante la limpia de restos comunistas en el país.

El pasado verano coincidí en Berlín con una pareja de músicos rusos. Eran jóvenes, con el suficiente reconocimiento profesional como para estar dando conciertos en la Europa pacífica. Juntos, ofrecían la imagen de una novela de Tolstoi desde la que tocaban con la pasión que se podía esperar.

Aquello fue en una velada memorable en casa de amigos comunes. Los dos músicos, tras acabarse el vino, tuvieron a bien ofrecernos un recital musical en muy petit comité. Había también un matrimonio chino; un poeta y una profesora de chino que habían efectuado un largo trayecto de años desde Australia, que les acogió originalmente, hasta Inglaterra y Berlín. Poseían la elegancia que corresponde a dos emigrantes chinos arropados por la poesía en un peregrinar vacilento entre países libres.

En un punto de la cena alguien sugirió recitar poemas, los mismos textos en chino y en ruso; la pareja de alemanes y los dos españoles que completábamos la mesa no pudimos, o no supimos, oponer resistencia y los recitados se limitaron a aquellos dos idiomas: Algo se creó en un instante, una magia que permite taladrar lenguas extrañas solo por la dicción, por el ondular de sonidos que en aquella noche berlinesa se arrojaban sobre la mesa como quien ejecuta un descarte, seguro de llevarse la mano y ganar. Y ganaron, ganamos todos porque el recuerdo de aquella noche es difícil de olvidar.

Ahora pienso en ellos y no puedo evitar reflexionar en lo que nos une y nos separa: sus vidas son diferentes de las nuestras, no solo culturalmente sino porque ambas parejas dejaron atrás países en que impera el autoritarismo y la violencia. Y al menos en uno de ellos esa violencia ha pasado de intangible opresión a materializarse en la destrucción de Ucrania.

También en Alemania conocí a un ucraniano, un artista que había llegado huyendo del monstruo que le podía atrapar. Su mujer, rusa, y su hija común, muy pequeña, se habían quedado en Moscú y él no podía regresar. Apátrida es una cualificación que se alcanza por distintos caminos pero hay uno que es el mismo por el que transita el sentimiento de patria. Del patriotismo al verse desposeído de patria; un sentimiento que debe ser desolador, como lo son hoy las imágenes de Ucrania. Convertirse en apátrida por necesidad o por convicción termina igual pero se vive de distinta forma. Muchos ucranianos se han visto desplazados por la violencia. Muchos rusos han huido para no tener que formar parte de ella; unos se alejan de la patria temporalmente deseando regresar, otros la pierden sin remedio. Se puede llegar a Ítaca por distintos caminos pero no se debe olvidar que lo importante es el viaje y nunca el destino. Y que jugar con el concepto de patria es un deporte de alto riesgo del que no se debe abusar porque genera adicción.

Susan Sontag se detiene en su ensayo en narrar una historia de la moderna imaginería de la guerra revelando al profano datos de interés; al fin y al cabo, solo sociología del evento. No hay mayor compromiso que el uso de las palabras tantas veces repetidas, pero estas, como las imágenes, se devalúan con el uso y exigen escalar nuevos alturas más extremas, más radicales para mantener su efecto. Hasta que el lenguaje común se agota, se muestra carente de adjetivos y sin más superlativos que aplicar. Simone Weil va más allá; lo suyo es situarse al borde del precipicio, sostenida únicamente por el lenguaje poético, como esos saltadores que se arrojan al vacío con cuerdas elásticas prendidas de sus talones; bungee jumping lo llaman. Con el texto de Simone Weil es posible saltar hacia la nada; echarle un pulso a la catadura humana de la doble cara; la que se compone de lo violento radical que se censura y de lo patriótico violento que se ensalza: épica que anida en el invento de la guerra.

Abel Gance, igual que Pierre Lemaitre, hacen de los rostros desfigurados por la violencia de la guerra un ritual que profana los límites de nuestra repulsión, de la dignidad humana, de la transformación que señalaba Weil del ser humano en mera materia. Hay en ello un doble sentido; lo inhumano de la bestia que en la guerra se transforma en fuente de terror versus lo inhumano de un cuerpo desprovisto de lo que tomamos como esencia de su humanidad, que destruido, mutilado, se convierte en simple carne, como cuando se dice carne de cañón pero siendo literal.

The act of killing recupera el recuerdo de la banalidad del mal con que Hannah Arendt marcó a fuego la indiferencia moral de Eickmann, el responsable de la engrasada logística que nutría los campos de exterminio nazis. Dos diferencias significativas señalan la distancia entre ambos casos; los asesinos de las matanzas de Indonesia confiesan sus crímenes en pantalla y explican su propia logística, más artesanal, con menos medios que la alemana pero igualmente potente para lograr exterminar semejante cifra de personas, y lejos de mostrar inquietudes éticas, y libres de cualquier persecución legal, afirman con orgullo el valor social de su gesta, su heroica utilidad. La falta de empatía humana que generan dichos seres, viéndoles pavonearse en la pantalla, solo se puede equiparar con la que ellos mismos sentían por sus víctimas, lo que pone de manifiesto el peligro para la especie humana de los perniciosos efectos que acaba por prodigar la violencia.

Lo que no se señala en ninguno de esas obras es el otro gran monumento imaginal que funciona a modo de laboratorio de la violencia humana; La balsa de la medusa. Tal vez se omita conscientemente porque en el cuadro de Théodore Géricault aflora una forma de belleza, y un principio que opera entre los autores citados, a modo de sobrentendido que no precisa mención, consiste en despojar a la violencia de toda categoría que la ensalce. Susan Sontag coge el toro por los cuernos, habla de la paradoja que se da cuando se trata artísticamente una obra documental sobre el dolor y la guerra. Hay que mantener a raya la estética si se quiere profundizar en la esencia cruda de la violencia humana, insistir en la necesidad de no confundir la belleza con la exhibición del hombre dañando porque la deshumanización sería entonces doblemente maligna; se tornaría morbosa. Otra cosa es que la violencia se denuncie a través del arte y se mantenga como objetivo irrenunciable, aupada sobre el carácter artístico de la obra que queda así reducido a servir de medio: Tal es el caso de la serie de los grabados de Goya, Los desastres de la guerra, y así los destaca también Sontag. Otro tanto ocurre con los poemas de Paul Celan, en Amapola y memoria y en otros libros antes de que decretase la llegada del fin de la poesía tras el holocausto. El mismo tratamiento que se aplica a la imaginería religiosa, a los tormentos de los santos, a la pasión de Cristo; estética del mensaje antes que artística.

Pero La balsa de la medusa posee un valor adicional y distinto. Ese que he mencionado como laboratorio humano. Allí no se dan nacionalismos de origen ni enfrentamientos políticos. La horrible violencia que se ejecutó en la balsa y que contaron los poquísimos supervivientes (una quincena de una centena y media) es solo resultado de una lucha por preservar la vida; por el agua potable; por el escaso alimento. Y todo ello sazonado con alcohol. Está, por tanto, en un escalón más primario que el de los conflictos armados entre razas, creencias o países, y en ese sentido digo que la balsa funciona a modo de experimento de laboratorio en que poder indagar sobre las raíces de la violencia primaria desatada. A ninguno de los náufragos a bordo se le podría acusar de haber propiciado la situación en que se encontraron. Y el resultado fue un estado equiparable al alcanzado en la guerra; la violencia total. Los desgraciados ocupantes de la balsa pelearon a vida o muerte entre ellos; hombres, mujeres, ancianos y niños. Con una violencia radical que solemos llamar inhumana y que tal vez sea un aspecto humano que quisiéramos desterrar; por eso me parece importante reseñarlo.

Volvemos al interior de nuestros hogares con la posible falsa sensación de seguridad que nos arropa. Lo que fue puede volver a repetirse es la máxima que se refleja en un espejo opuesto; lo que ya ocurrió sirvió de vacuna y no volverá. Lo dudo; dudo de las dos aseveraciones y creo en cambio que la seguridad que me acoge en mi hogar es la misma que la que encuentran los que huyeron del suyo y acaban por hacer de nuevos lugares sus países de residencia. La diferencia entre ellos y yo no es esa. Es, en cambio, la frustración de verse encerrados y repelidos en un callejón que siendo originalmente su país deja de ser suyo. En el que quien lleva el timón no son ellos y los desprecia. Donde la historia que se narra desde instancias superiores no encaja bien en la realidad y no se comparte porque no se puede tragar. Esto me obliga a reflexionar sobre lo que aparta y une en este lado del mundo. ¿Nos envidian aquellos que renuncian a sus patrias? Envidian probablemente nuestra historia. ¿Les envidiamos nosotros? Creo que envidiamos su vitalidad; su ética de la vida y un coraje que echamos en falta.

Ayer compré una vez más (lo regalo o lo extravío) El beso de Judas, de Joan Fontcuberta. Ensayos sobre fotografía que reflejan con tanta inteligencia como sensibilidad de qué va esto de fotografiar. Fontcuberta se explaya sobre la falsedad fotográfica al igual que Sontag se extiende sobre la impostación en la fotografía histórica de la guerra. La fotografía es tomada por su valor facial como testimonio, pero eso era antes de las fake news. E incluso Susan Sontang da ejemplos de antes de las fake news sobre los arreglos y las reconstrucciones que se aplicaban a muchas de las fotografías famosas que hoy veneramos. La fotografía, se pensaba, es equivalente a la declaración de un testigo que estuvo allí y lo vio. Pero hoy tenemos muy presente que el testigo puede no ser imparcial y que, en el mejor de los casos, adorna. Es el problema humano del punto de vista de cada cual y del imán de atracción inconsciente que ello supone.

Y si la fotografía no es testimonio seguro de ninguna realidad y la literatura y las artes plásticas son, por su esencia, interpretaciones figuradas, ¿dónde nos queda la realidad del mundo? Tal vez solo reste la fe.

Cada cual escoge en qué tener fe. Pero hay fe en cosas que son incongruentes a corto plazo y otras que solo caen en la incongruencia al final del camino. Al ver la imágenes de la guerra de Ucrania se puede entrar en los chats correspondientes y encontrar explicaciones partidistas, narrativas sesgadas y se puede elegir. ¿Es todo equiparable? Objetivamente no, aunque hay gente para la que objetivar no es algo que tenga importancia. Prefieren el sentimiento de intimidad subjetiva en que arden cómodamente con pasión y el que se manifiesta en la catarsis grupal, siempre acogedora. Así que vale la pena preguntarse a qué conduce cada camino. Nuestro apreciado poeta chino, el de la velada en Berlín, nos explicó que su padre era propietario de uno de los teatros de ópera china en Pekín y que cuando llegó al revolución maoísta, a pesar de ser parte de una clase acomodada, se sintió identificado con los ideales que propugnaba y se adhirió al partido de la revolución. De muy joven había recibido varios discos de música occidental y se había convertido en entregado amante de Beethoven. En consecuencia, en su teatro de ópera china también presentaba programas de música occidental hasta que el partido decidió condenar aquella práctica depravada y burguesa. Su padre, nos dijo, tomó aquello como un límite que no se podía traspasar y con un hasta aquí hemos llegado se volcó en la resistencia y animó a sus hijos a huir al extranjero. Un buen ejemplo de como chocar con la incongruencia obliga a ordenar la fe personal.

No, no da igual qué partido tomar y no simplemente porque a nivel personal puede haber efectos directos que nos produzcan daño. Los rusos que huyen de la guerra, que se escapan y ahora son perseguidos y condenados en su patria por traidores, pueden empuñar una bandera ética por la cual luchar. Y todos los demás podemos tratar de recuperar la sensación de espanto que se va perdiendo con el repetir de imágenes del mismo horror, que acaba por anestesiar y produce insensibilidad.

La paradoja de la imaginería es que ya nada es de fiar. Por eso resulta tan reafirmante tener la ocasión de conocer personas y constatar que no son simplemente ese otro, salvaje, ajeno, lejano, con el que nada nos une. El reto de nuestro Occidente es centrar el juicio frente a la desolación que se practica tan cerca, en suelo europeo. Hacer ese ejercicio, tan difícil, de medir cuánta ayuda aportar o qué sacrificio soportar para auxiliar a millones de personas que, creámoslo o no, hace un año estaban en sus hogares (rusos o ucranianos) como nosotros, pendientes del reportero del tiempo, tratando de mejorar sus vidas, su educación, de abrir caminos más anchos a sus hijos, esos que, como dice un personaje en la película Pacifiction de Albert Serra (elegida mejor película del 2022 por Cahier du Cinéma), se preguntarán qué hicimos por ellos, por sus vidas; con nuestros imperfectos sistemas de regular la coexistencia y de gobernar el mundo, añado yo.

No hay fórmulas sencillas para reaccionar frente al desafío que representa ver el mal cada día, ver la destrucción y el dolor. Pero nos merecemos al menos dedicarle al tema una reflexión sentida; percibir humanidad en el hecho de que otros seres sufren a cuenta de extraños ideales que a algunos les prenden, tal vez engañados, igual que el efecto que logran esas fotografías que menciona Susan Sontag. ¿Nos engañan también las que apoyan nuestro bando? ¿Qué nos prende a nosotros? ¿La incertidumbre? Tras escribir tres finales distintos para esta nota me veo obligado a aceptar que no hay final posible que satisfaga. De hecho, no hay final en absoluto; igual guerra, la misma violencia se volverá a desatar; repetición del mundo que repite el error. Por tanto, hay que volver a Sontag, a Weil, a Gance; volver a mirar y volver a bucear en la certera evidencia que nos ofrecen. Desgraciadamente, nadie ha podido decretar aún la muerte de la muerte, la que tanto proclama la religión, y por mucho que sea un eterno objetivo de la ciencia, tampoco la muerte del sufrimiento ni la de la violencia. La guerra es, antes que nada, un desafío a cualquier visión que nos hayamos formado del mundo y que es siempre necesario volver a replantear.

 

 

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