Silenzio

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Hace unos días, –lo cierto es que cuando uno se fija en el calendario descubre que de todo hace unos días, y que lo que creemos expresión socorrida es más bien principio metafísico del tiempo, siendo el pasado a modo de tubo que vamos rellenando con vida usada, igual que esos cañones antiguos en que con un largo atacador se comprimía la pólvora, el proyectil y la estopa, –para el caso; los recuerdos, los sentimientos y las memorias– y que tenían el peligro de que a veces explotaban, cogiendo por sorpresa al oficial al mando, lo mismo que el recuerdo, que si peta hace estragos igual entre valientes que entre cobardes, sin distinción. Cuando esto ocurría, había que recoger los restos y volver a colocar la pieza, si aún servía, en posición de combate con la vida, y si no, retirarla al almacén del olvido. Por eso los artilleros recomendaban apagar bien los rescoldos del disparo anterior con un cilindro recubierto en piel de carnero y lana mojada en agua –de ahí viene, yo creo, lo de ahogar las penas.–  Afortunadamente, los cañones de la Real Fábrica de Artillería de la Cavada, en Cantabria, se resquebrajaban antes de explotar, aviso tan útil como el desplome sicológico de la persona que anticipa la hecatombe en que va a claudicar.–

La cosa es que hace unos días, decía, me encontré en la absurda situación de, siendo el único cliente del bar de un club privado, pedir que bajasen o eliminasen la música ambiental. Aquél sonido casaba mal con el steak tartar que había elegido para mi solitario almuerzo. Pero no hubo forma de alcanzar ese inefable jardín de las delicias que es el silencio: –No, –me informó una risueña e inexperta señorita; –es que sin gente y sin música se queda esto… como mal. –Y aquí su titubeo encajó el único silencio que logré atisbar. –Es la política del club, –añadió, con la nariz apuntando a lo Pinocho: Inocencia infinita tan lejana del sentido de la profesión de aquél Ignacio Jurado Martínez, el mesero de Cómichi, siempre dispuesto a dar satisfacción al parroquiano, al que describe Max Aub en La verdadera historia de la muerte de Francisco Franco como capaz de verter el café y la leche con precisión, a chorro gordo, de pronto cortado a ras del borde de la taza o vaso, con un recorte que demuestra, a cada momento, su conocimiento profundo del oficio: –¿Mitad y mitad? Pero aquellas maneras y oficio quedan en el pasado de un café de México D.F., hoy ya Ciudad de México, allá por la primera mitad del siglo pasado. Esto es; ahogado en penas del recuerdo y preservado el texto en vitrinas de alguna editorial, a buen recaudo de las escuelas modernas de hostelería.

Tentado, me contengo y no pretendo aleccionar explicando a la señorita que John Cage ya reaccionó hace años frente a este estado de cosas con su pieza del silencio, 4’33”: una protesta bien traída a lo que en su día ocurrió con la instalación del primer hilo musical en todo espacio público en una California mucho menos pujante, pero más ruidosa, que la de hoy en día. Pieza que no busca acallar todo sonido, como a veces se cree, sino dar una oportunidad al sonido natural, ese que resulta, por ejemplo, ensordecedor, cuando cesa la música en una sala de conciertos, y que el público resiste tan mal que, si se deja, prorrumpe en aplausos con tal de acallarlo: Una tos, el respirar profundo de un oyente, un programa que resbala cayendo al suelo, el cruce de piernas de algún hombre peripuesto, otro cambio de postura, este con sonido de pulseras de metal, la palabra irreprimible que se escapa al acompañante, el eco lejano de una puerta que cede, tos de nuevo, un bolso de señora que se abre con el clic distintivo de un cierre de nácar, carraspeo de algún adulto exfumador, el papel del consabido caramelo que acelera pero no acaba, la manga del traje que se estira para acceder a la visualización del reloj. Y así la realidad impuesta a base de micro suspiros desnuda la verdad del silencio natural.

Y no es que no me guste la música; al contrario, soy gran aficionado a todo aquello que represente maestría, genialidad o muestre un punto de interés que no sea tan efímero como para disiparse en moda, en especial si se han cumplido las 16 horas de abstinencia que exige el ayuno habitual. Pero soy menos dado a dejarme llevar por composiciones facilonas, edulcoradas, que habiendo perdido casta buscan disimular su decadencia a base de brío; al final, si el corcho no flota es mejor cambiar la caña que  perder tiempo con los nudos. Y los nudos, hablando de pentámetros, suelen ir marcando el ritmo, y de este pocas variantes quedan, cubierto ya el repertorio, como quién dice, por los palos del flamenco. Por eso es tan interesante echar un ojo a los tratados de armonía, sea para estudiarla, aborrecerla o desfondarla. En cambio, me interesa especialmente lo que habiendo tocado fondo vuelve a flotar: así, antes me dejo llevar por una copla o una habanera que por los éxitos que provocó la eclosión de vinilos en los grupos del momento. Por muy contemporáneos que fuesen, que para mí, antes el postmodernismo vienés y las madrigueras de Darmstad que la ortodoxia rítmica y tonal, si hablamos de música culta; y si de folclórica o popular se trata, me divierte intelectualizar, por ejemplo, cómo Number 9 prueba que el grupo al que sus disfuncionalidades juveniles le dio para pocos años de pujanza, tocó con un remo la otra orilla: el sólido fango del avant-garde poético norteamericano, del que salió huyendo ante el fantasma de la música experimental. Disfruto, eso sí, con la vocalización impecable del Cucurrucucú Paloma de un Caetano Veloso igual que ante la voz del Casta Diva más famoso, o la sabiduría de Umm Kulthum, el Astro de Oriente, la cantante más popular del mundo árabe, fenómeno que nunca ha tenido igual en Occidente por mucho que Rosalía se deje el bofe en casar sustratos disconexos de imagen y sonido proponiendo una estética esperpéntica que ya se vio en Café Voltaire, en nada carente de ingenio y gracia y desbordante de ironía pero no apta para cualquier humor. Por lo demás, siendo un nostálgico, vuelvo vez tras vez a importunar las tumbas de los instigadores de lo que hoy se llamaría lenguaje abierto; Schoenberg, Alban Berg, e incluso Hindemith y el último Stravinsky. Todos autores que descubrí, junto a un grupo de desaventajados amigos que no disponían de esas joyas en sus casas, gracias a la pujante fonoteca que reunió mi padre, curioso en todo y más persistente que yo en muchos más frentes.

¿Cuál es entonces el problema? El de la imposición y la escasez. Imposición que lleva a que otros se arroguen un derecho sobre nuestros silencios; escasez de este último, tan difícil de encontrar como la paz interior. No me gusta que me lleven del bozal paseando por el mundo, menos en procesión acompasada por los ruidos del desafortunado hilo musical. Creo que si uno oliese el N° 5 de Marilyn a todas horas del día y de la noche acabaría, desgraciadamente, como la desafortunada diva, inspiradora de toda hetero-sexualidad, venus de Willendorf sin night-gown, encaramada en un tacón a lo Blahnik: nada nuevo en 24.000 años de humanidad.

Silenzio, reza una camiseta de una marca de moda de renombre que me han regalado, sabiendo mis aficiones. Y silencio es lo primero que se lee en un cartel al entrar en el más longevo bar de moda de la costa de Tramontana, en Mallorca, en el mítico Deiá por el que han pasado muchos de los músicos más famosos y algunos artistas y actores. Cartel que, yendo, como Cage, un paso más allá en la verbalización del paraíso, reza Silence is Sexy. El mismo local en que John Graves, hijo del escritor Robert Graves, se dejaba caer entre actuaciones musicales: la última se lo llevó a los cielos y le robó su nombre para imponérselo a la biblioteca local. Curiosidades de la vida, como mi steak tartar solitario; el hijo músico usurpando el nombre a su padre en la biblioteca del pueblo al que dio fama el poeta.

El silencio nos rehúye. Es una faceta del estado del ser, una forma de conciencia que se ha convertido en especie en peligro de extinción y donde eran antes los grandes almacenes los principales y primeros hostigadores del silencio ambiente o natural, es ahora todo lugar de encuentro entre personas, hasta el punto de que el ruido se ha convertido en una prueba de entereza humana: no solo leímos cómo en la prisión de Abu Ghraib los americanos usaban técnicas de derrumbe sicológico –una forma de tortura blanda– a base de decibelios, sino que el propio Gurdjieff, mítico maestro espiritual de principios de siglo XX, citaba a sus discípulos para impartir enseñanza en bares atestados y ruidosos del San Petersburgo prerrevolucionario, forzando a que sus seguidores tuviesen que aplicar toda su atención y se esforzasen para escuchar sus anheladas palabras.

Con los años voy perdiendo oído. A mi alrededor descubro esto como fenómeno común, casi plaga a partir de una edad y he de decir, al igual que explicaba Borges sobre su ceguera, que mi sordera me permite oír; como tantos otros sordos, soy capaz  de percibir sonidos, más bien ruidos, por no mencionar el submundo de los acufenos. Lo que no logramos es la comprensión del habla porque perdemos buena parte de los registros sonoros. Y es que con la edad se van alcanzando varias formas de aislamiento: mi madre, con 95 años, oía pero no tenía a quién escuchar: incluso las hijas de sus amigas habían alcanzado niveles elevados de decrepitud o habían fallecido. Aunque si hay interés de verdad, cuando se quiere, como bien sabía Gurdjieff, se oye con claridad. O se imaginan las palabras, pero se consigue completar ese loop en que consiste la comunicación. Lo que no es posible es eliminar el ruido, igual que no se puede silenciar esa música que algunos marketinianos han concluido que es necesario imponer en todo lugar para el solaz y felicidad del ser humano.

Yo soy de los que protesto y a mis hijos les horroriza porque ellos mantienen la opinión de que hay que tragarse las externalidades ajenas con educada resignación, ya que el causante podría ofenderse. Así que me reservo mis momentos de deleite para mi casa en el campo, donde el sonido es estrictamente el natural, ese que conforma el silencio también natural; el que producen los pájaros, los grillos, las cigarras, los búhos, cabras, reses, burros, gallinas, las ranas y las ramas de los árboles crujiendo –aposta o sin saberlo– así como el caer de algunas hojas al desprenderse, y al librar golpes en su caída y al llegar al final de su trayecto, entre otras tantas, por el suelo, o arrastradas, enredadas por el aire que trabaja las esquinas; algún ladrido de perro; la corriente del río, que nos alcanza o la perdemos dependiendo de la dirección del viento; las nubes tormentosas que se aquejan y se asientan entrechocando arriba como los bolos lo hacen abajo; las estrellas fugaces que pautan biografías rayando el tiempo; un avión lejano jugando a Canino, película recomendable por alguna música y por el juego de las palabras; un campanario haciéndose un selfi con su eco; música distante de las fiestas de algún pueblo; las aspas del ventilador asfixiadas en el calor de la tarde; haces de rayos del sol cambiando de ángulo, variando la pendiente y mostrando sombras donde antes no se escuchaba mas que el zumbido de abejas, demostrando, al hacerlo, que la distancia entre imagen y sonido es pareja al retrotraerse del tiempo a su madriguera. Una plenitud, todo ello, de gran riqueza narrativa que conforma un silencio repleto pero no invasivo, como el que preside la película, de muy mal final, Quemado por el sol, de Nikita Mikhaikov. No como aquél que perseguía Dirk Bogarde en The Mind Benders, en que un científico se sumergía en un tanque de agua buscando perder todo rastro sensorial, no solo sonoro, y a pesar de los síntomas de locura que iba alcanzando según arriesgaba cada vez más, no lo lograba. Como no pudo John Cage perder el hilo del bombeo de su sangre al encerrarse en una cámara hiperbárica en pos del absoluto inalcanzable.

Somos, qué duda cabe, máquinas de engendrar ruido. También otros detritus varios. Lo que no significa que debamos abandonarnos a la incontinencia, porque 7.500 millones de seres humanos ensaetando ondas hercianas dan para mucho. Así que quisiera proponer que el silencio se proclamase derecho universal del ser humano. Tenemos ya reconocido, en nuestro sistema legal, el derecho a la libre expresión, junto a su complemento directo; el derecho a permanecer en silencio ante la interpelación de la autoridad y la justicia. Pero no existe el derecho a que nos dejen en silencio, el silencio de los demás hacia nosotros, una variante de la famosa libertad negativa de Isaiah Berlin. Pero reclamar el derecho al silencio señala, como en tantas películas en que el silencio del acusado se torna inculpatorio, una gran culpabilidad; la de salirse de la fila; la de incomodar la estética general al evidenciar un grado de agorafobia que podría devenir en insolidaridad. Frente a esto, solo decir que no reclamo un silencio absoluto sino un silente selectivo en el que se pueda llegar a ser exquisito, cada cual en su estilo y en su elección, minimizando la interferencia ajena y cuidando no convertir una capacidad humana, la de producir sonido, en otra desdicha adicional.

Ah, y a no olvidar que el tacto, el olfato, la vista y el gusto marchan parejos. ¿Hacia dónde? Chi lo sa?

La señorita del bar me ha cobrado sonriendo; paso de darle lecciones. Paso del ruido, paso de la señorita y paso del club. Hoy, con el calor, paso de muchas cosas. Pero de lo que no paso es de que en dos horas saldré en mi coche hacia la Vera. Allí, entre el calor acuciante que agobian los incendios, atacando a salto de mata, y el aire que arranca en la caída de la tarde, unas veces para bien, porque refresca, y otras para mal, porque azuza el fuego, buscaré el horizonte sabiendo que mí vecino, Emilio Sagi, experto y magistral director artístico de ópera, recién llegado de alcanzar un éxito más con su L’elisir d’amore en Buenos Aires, compartirá iguales silencios naturales que yo. Le contaré, un día de estos, cómo nos va cercando el ruido igual que en el campo nos cerca el fuego. Sonido y fuego rodearon hace poco a Marion Cotillard en Juana de Arco en la Hoguera, de Arthur Honegger. Donde Cotillard se llevó el grueso del aplauso en el Teatro Real de Madrid a pesar de no haber entonado una sola nota, de no haber añadido el guiño necesario de dolor en su actuación, aunque fuese reflejando el magnífico papel de Jean Seberg en la película de Otto Preminger, y de ni siquiera haber acompasado a la Fura dels Baus con algo de donaire y energía. Curiosidades de la vida, como mi solitario steak tartar musicalizado: en el Real hubiese pedido que bajasen la imagen y subiesen la música pero eso, ya lo sé, no habría sido muy popular; Honegger nunca lo es.

 

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