Las malas palabras

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Cuántas veces nos dejamos llevar por el soniquete de la lengua sin tener clara conciencia de la carga explosiva que algunas palabras o expresiones de la tribu pueden llegar a tener. Hace muchos años hablaba yo por teléfono con un amigo mío, y al notar que se enfadaba por algo que le había dicho, le repliqué aturulladamente que parecía que lo hubiera llamado “perro judío”. Todavía recuerdo mi embarazoso silencio cuando, nada más soltar aquello, caí en la cuenta de que mi amigo era más judío que yo castellano de Madrid. Tras un primer momento de zozobra alegué en mi descargo que actualmente esa expresión estaba desprovista de antisemitismo, aunque en su origen lo fuera, de igual modo que “trabajar como un negro”, “engañar a alguien como a un chino” o “hacer el indio” no implican de por sí una intención racista en español, por mucho que dejen traslucir un pasado de intolerancia y racismo.

 

La corrección política puede llevar, y lleva en muchos casos, a un amaneramiento hipócrita, pero lo cierto es que el periodista, el político y todo aquel que escribe o ejerce un cargo público están obligados a limpiar su discurso de la rémora intolerante que toda lengua ha ido acumulando a lo largo de los siglos. En la televisión americana se censura cualquier palabrota con un pitido y no me parece mal. Las malas palabras, como las aguas residuales, tienen que tener su propia red de alcantarillado.

 

Claro que al humorista no se le puede pedir una lengua aséptica, ni al satírico que sus palabras no ofendan a nadie, ni es aconsejable que quien escribe una novela o un guión de cine desoiga el estrépito malsonante de la calle. Todo escritor que se precie debe ser un poco bufón de corte y otro poco (o mucho) testigo de vista y oído, por más que lo que oiga pueda ofender los castos oídos de los bienpensantes.

 

La línea divisoria entre lo que se ha de decir y lo que uno debe callar, por educación o por respeto, nunca está clara del todo, pero creo que ante la duda lo mejor es franquearla sin remilgos, ya que una sociedad vergonzosa y reprimida termina siendo, casi indefectiblemente, una sociedad represora e intolerante. Si malo es ofender de palabra, mucho peor es callar y dejarse dentro aquello que nos ofende.

 

Los preceptores antiguos decían que el orador debía ser un hombre virtuoso antes que un virtuoso con las palabras, pero quizá lo único que debe pedírsele al que habla o al que escribe para el público es que no se deje llevar sin ton ni son por las malas palabras de la lengua; y que si lo hace, lo haga al menos con gracia, sin resentimientos, de manera lúdica, como el domador de fieras en un circo.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.