Marchita flor de juventud

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Vuelvo a sentirme elegíaco esta mañana de viernes. Con veinte años uno escribe elegías por pura pose, pero llegada cierta edad nuestro pasado está tan presente en todo lo que nos pasa que hay que hacer verdaderos esfuerzos para no caer en el agridulce lamentar del tiempo perdido. Hace unos días leí en la prensa que había muerto Amparo Muñoz, nuestra primera y creo que hasta ahora única Miss Universo, que se hizo luego actriz y famosa y, casi enseguida también, pasó a formar parte de la comidilla de las revistas del corazón, con sus noviazgos y casamientos, con sus dramáticas rupturas y sus roces con la justicia. Los obituarios dicen que a partir de los años ochenta, cuando ya andaba yo fuera de España, las drogas y las malas compañías fueron deteriorando paulatinamente su imagen. En una foto de archivo hecha en 2005, a raíz de la publicación de sus memorias, está irreconocible, al menos respecto al recuerdo que guardo yo de ella en una tarde invernal de finales de los setenta.

 

La conocí personalmente en casa del productor Elías Querejeta, a donde fui de la mano de mi amigo José María, que por aquel entonces salía con la hija del productor, Gracia, una chiquita pelirroja y pizpireta que hacía honor a su nombre en todo lo que hacía y decía. Me imagino que José María quiso darme esa sorpresa, porque en ningún momento me dijo que me iba a encontrar con la actriz, quien fue precisamente la que nos abrió la puerta y de manera lánguida nos llevó a los dos al salón donde nos esperaban padre e hija. Todavía no se me ha borrado enteramente el fogonazo de su belleza.

 

Pues al natural Amparo Muñoz era mucho más que guapa: era, simplemente, una mujer perfecta. La había visto antes, claro está, en alguna película de destape y quizá también en las páginas centrales de la revista Interviú (pasarela obligada para toda actriz del momento que quisiera hacer carrera en el cine o en la farándula), pero ni las fotos ni las películas, por destapada que apareciera, le hacían del todo justicia. Y es que la antigua Miss Universo lo reunía verdaderamente todo, desde hechuras y andares de top model, a una cara de facciones perfectas, con una nariz afilada y unos cabellos de color castaño que acentuaban aun más, al caer por los hombros, su rostro ovalado de macarena y su mirada húmeda, triste, irisada. Por esa mirada yo habría matado de habérmelo pedido.

 

Pasamos con ella y el productor una hora quizá. Éramos mucho más jóvenes y deberíamos estar azorados, pero no fue así. Amparo era tímida, insegura, apenas hablaba. Allí el único que hablaba era el padre de Gracia, que en un momento de la conversación bajó de la estantería el Don de la ebriedad de Claudio Rodríguez y recitó su más famoso poema, aquel que termina

 

Sobre la voz que va excavando un cauce

qué sacrilegio este del cuerpo, este

de no poder ser hostia para darse.

 

Y que entremedias dice cosas como

 

¡Que todo acabe aquí,

que todo acabe
de una vez para siempre!

La flor vive
tan bella porque vive poco tiempo

y, sin embargo, cómo se da, unánime,

dejando de ser flor y convirtiéndose

en ímpetu de entrega.

 

A mis veinte años estos versos me parecían de una insoportable cursilería, aunque ahora, con el pasar de los años, me resultan menos malos, más pasables, quizá porque los asocio a la imagen de la triste y desvalida Amparo. Recuerdo que luego el productor se ausentó para ir a comprar tabaco y allí nos quedamos los tres jovencitos, delante de la bella, que siguió tan callada, contestando con simples monosílabos a nuestras preguntas o comentarios. Querejeta regresó poco después y con una mirada, supongo, nos dio a entender que quería algo más de intimidad. Nos fuimos al cuarto de Gracia y allí pasamos el resto de la tarde. Al regresar a casa aquella noche, con mi amigo José María, los dos debimos envidiar la suerte del cuarentón. O por lo menos yo, que ya entonces sospechaba que pocas veces me sería dado en mi vida tener delante de mí una mujer como aquella.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.