Martí, combustible para este incendio

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Son días estos días de ciclogénesis social. Tormentas que auguran un fin pospuesto, una crisis profunda y duradera en la que lo conocido se hará astilloso y lo desconocido sólo será amenaza incierta si no lo amasamos en forma de alternativas. Y sí. Claro que me pongo pesimista, y si usted no lo hace es que es irresponsable. Pesimista no es sinónimo de derrotista, ni de inacción. Todo lo contrario. Los pesimistas buscamos asideros para dar el salto, razones para seguir adelante, excusas ara no rendirnos a pesar de este granizo tan canalla que agujerea paraguas y dignidades.

 

En estos días, el 28 de enero, se celebraba el 160 natalicio de José Martí y esa disculpa –y la preparación de una clase al respecto- me han hecho retomar la energía que la ciclogénesis dichosa me roba. Martí es un soplo de aire fresco, aunque su voz no resuene desde 1895. Es poética política, prosa imprescindible, ética multiplicada por la brutal inteligencia que le acompañaba, inspiración rebelde y signa en tiempos de indolencia y mediocridad. Martí me hace recordar a mi hermano Héctor Arenas, que estos días ha organizado un singular y necesario encuentro en Bogotá sobre Martí y su herencia; me hace entender la educación desde una perspectiva no colonial y no capitalista; me hace buscar a la multitud para ser con ella más; Martí es combustible para este incendio de invierno.

 

En Europa es un gran desconocido por las élites que no soportan a nadie que cumpla la triada maldita: inteligente, independiente, emancipado. Los imperios no admiten listillos de las colonias que llamen a los pueblos a retomar su historia y autorreconocerse como gente hermosa y poderosa. Ese es el mal de Martí para el Norte y esa es la fortaleza de su legado para el Sur. Martí comparte lista de malditos ignorados con Fanon, Mariátegui, Firmin, Simón Rodríguez, Garvey, Price Mars, Cesaire o Fausto Reinaga. Hay gasolina suficiente para mantener prendida mi alma y mi espíritu. Sólo es responsabilidad propia mantener atizado el fuego.

Me perdí en Otramérica, esa que no es Iberoamérica, ni Latinoamérica, ni Indoamérica, ni Abya Yala... y que es todas esas al tiempo. Hace ya 13 años que me enredé en este laberinto donde aprendí de la guerra en Colombia, de sus tercas secuelas en Nicaragua, de la riqueza indígena en Bolivia o Ecuador, del universo concentrado de Brasil o de la huella de las colonizaciones en Panamá, donde vivo ahora. Soy periodista y en el DNI dice que nací en Murcia en 1971. Ahora, unos añitos después, ejerzo el periodismo de forma independiente (porque no como de él), asesoro a periódicos de varios países de la región (porque me dan de comer) y colaboro con comunidades campesinas e indígenas en la resistencia a los megaproyectos económicos (porque no me como el cuento del desarrollismo). Este blog tratará de acercar esta Otramérica combatiendo con palabras mi propio eurocentrismo y los tópicos que alimentan los imaginarios.