Muchas gracias, asesino

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En mis sueños me debatía sobre si era más conveniente ponerte unas líneas de rabiosa protesta amarga o entrar en contacto físico contigo y maldecirte por la barrabasada  que has causado al planeta, pero que, sí,  llevas razón, en buena parte es responsabilidad mía y de mis congéneres. Decidí lo primero, porque el teléfono no es mi campo, y ahora menos que arrastro una afonía desde que una noche tocaste a la puerta e intentaste entrar. Así pues, se trataba de dar con tu dirección de correo, en principio misión complicada porque te mueves agazapado, pero tengo mis contactos planetarios y la obtuve por canales no reglamentarios.

Sabes muy bien que eres un hijo o hija de la gran perra, aunque de poco sirve el desahogo pues tú ni sientes ni padeces. No tienes emociones. La ciencia te etiqueta obviamente como asexuado. Hay algunos que te ponen el género femenino y otros como yo, que tercamente te encasilla en el masculino. Pero qué más da, ¿verdad? cuando ya has infectado a más de tres millones de terrícolas y causado la muerte a más de 230.000 y sumido en el caos y la pobreza venidera al planeta. Conocemos que te has ensañado con los ancianos, aunque eso tal vez sea más negligencia nuestra que tuya.

Pero amiguete, no te pongo estas líneas para detallar lo que debes de estar harto de escuchar de los científicos, políticos y comunicadores. De mofarte en silencio por lo que hablan y escriben como supuestamente entendidos en la materia. Y que, después de la matraca verborreíca, concluyen humildemente que no saben nada de ti hasta que no descubramos el bazuka que acabe contigo. Qué risa. Después de ti vendrán otros como tú o peores, hermanos, primos, sobrinos o mediopensionistas si continuamos manteniendo nuestros hábitos de vida.

Al contrario, mi mensaje va de agradecimiento porque en muchas cosas tu asquerosa presencia y vil comportamiento me ha permitido abrir los ojos, salir de la molicie, ser más sensible de lo que ya era, más cuidadoso y atento con los problemas de mis iguales, incluso diría que un poco menos egoísta y más preparado para disfrutar de los placeres de la vida, de las pequeñas cosas. Lo cual no significa que sepa disfrutarlos como se merecen. Más aún si me anuncian protocolos y cronogramas con los que planificar mi ocio. Hay un gran amigo mío que me envía su artículo y lo titula Nostalgia de libertad. Es verdad, nostalgia tengo, pero la que me presentan los líderes del planeta Tierra, esa libertad me motiva más bien poco. Será por cuestión de edad. En fin, eso me lo tengo que trabajar y es también tarea del paciente y amable Jacques-Marie McFarlane, mi psicoanalista jamaicano que va camino de construirse una segunda y hasta una tercera residencia hablando y haciendo de doctor vienés con todo lo que me gasto en nuestras videosesiones entre Málaga y Kingston. Pero esa es otra historia que no te compete a ti.

Lo primero que deseo agradecerte es que al poco de que aterrizaras en mi país -te dimos amplias facilidades, ¿verdad, cerdo mío?, debido a nuestra espontaneidad y efusividad- despertaste en mí la voluntad de reanudar la escritura, oficio que tenía medio oxidado desde hacía tiempo y no por falta de ideas, sino por pura pereza. Y con ello me proporcionaste sin pretenderlo una bocanada de oxígeno que me hizo sentirme mejor, más sereno conmigo mismo y con los demás, más reflexivo , azuzaste mi imaginación y desbocada fantasía, aunque, maldito, me causaste pesadillas y dolores de cabeza cada vez más recurrentes.

Me descubriste, asesino de humanos, lo mediocre que soy y por consiguiente la mediocridad de quienes me representan democráticamente. Y no cuestiono para nada su legitimidad pero sí su valía intelectual y su falta de percepción más allá de resolver las cosas pensando en el corto plazo y en su propio interés. Es cierto que ya venía avisado del comportamiento de mi gobernante, que un día me dijo que no podría dormir teniendo a Vicedós de compañero de cama, y yo tampoco aunque tengo cierta debilidad por el personaje; de la inepcia del líder de la oposición que no encuentra su sitio en la política; de ese predicador que anuncia el retorno del pasado a base de himno y bandera o de esa muchachada nacionalista, entre los cuales alguno merecería que le diera el teléfono del psicoanalista jamaicano para que éste valorara la conveniencia de aplicarle un tratamiento psicológico más fuerte y en desuso hoy en día.

Y gracias a ti, sucio virus, me aterroricé todavía más de la conducta del líder de la primera potencia planetaria, quien con sus sarcasmos provocó que más de un centenar de neoyorquinos llamaran días atrás a los servicios de emergencia intoxicados por haberse tragado lejía como sugería el señor del 1600 Pennsylvania Avenue como remedio casero para inmunizarse contra el Covid-19. No supieron entender la broma, nos dijo ante la perplejidad de la prensa del país y del resto del mundo mundial. O azuza al rival chino con el consiguiente peligro para la estabilidad mundial. Torpes los pobres intoxicados y allá ellos y sus compatriotas si el 3 de noviembre próximo reeligen a ese individuo por otros cuatros años en la presidencia de su país.

Me has permitido, puñetero bicho, y por eso te lo agradezco, ampliar mi afición por la lectura, a disfrutarla más, a volver a ver pelis antiguas y a entretenerme por la noche con históricos partidos de la selección nacional de fútbol.

Pero yo sé muy bien, patógeno criminal, que no te hemos ganado la partida por mucho que me machaquen los oídos mañana y noche los políticos y los comunicadores.  Escucha unos juicios que he leído esta mañana de la científica estadounidense  Kate Brown, profesora del Massachusetts Institute of Tecnology (MIT), que me parecen muy acertados: «El coronavirus se produjo porque la gente presionó a los animales salvajes de los bosques de China. A medida que los seres humanos rastrean el mundo en busca de más lugares donde cultivar, extraer metales raros, excavar petróleo y construir ciudades y fábricas, lo que hacemos es desplazar al mundo natural y al hacerlo liberamos patógenos. Las promesas de modernidad tienen un coste muy elevado».

En fin, bicho mío, yo no te he creado en ningún laboratorio de Wuhan o de ninguna otra parte del mundo, como insinúan y hasta aseguran voces conspiranoicas. No hizo falta. Mi conducta depredadora facilitó tu existencia y tu propagación. Mejor habría sido que no hubiese alterado tanto el ecosistema, ¿verdad? El humano es inteligente y a la vez torpe. ¿Aprenderemos de esta catástrofe? Yo, entretanto, matón de ancianos, te doy las gracias por haberme abierto un poco los ojos.

 

 

 

 

Bosco Esteruelas es periodista y escritor. Ha trabajado en El País como editorialista y corresponsal en Tokio y Bruselas, y antes en la agencia Efe en las delegaciones de Roma, Washington y Londres. Ha sido también portavoz de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación) y de la Comisión Europea. Ha publicado cuatro novelas, "El reencuentro" (2011), "Todo empezó con Obdulio" (2012), "Retorno a Zumaia" (2014 y "Gracias, asesino" (2020), y una colección de relatos titulada "La chica de Tsukiji" (2014)   En esta bitácora quiero observar e interpretar la realidad política y social desde fuera de la jungla urbana

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