No canta el mirlo en la rama, de Pedro Salinas (1891-1951)

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Si vagas por Salamanca, al llegar al Convento de San Esteban es fácil quedar atrapado en la contemplación de su fachada plateresca. Se abre como una enciclopedia de figuras y trazos acaparando tus ojos, hacinándote la emoción. Lo mismo sucede al entrar hacia el claustro, donde una panoplia de maineles te eleva hacia los cielos y te convierte en un parteluz andante. Todo el convento está lleno de cepos de belleza labrada, tallada o pintada, desde el vuelo de la escalera hasta los cantorales iluminados del coro. Pero allí no debes detenerte.

Busca el capítulo antiguo, el salón De Profundis, en uno de los ángulos del claustro. No enciendas la luz, no es necesario: apenas hay ornamentos. Camina sobre los cantos rodados y escucha: el tiempo está susurrando indicios de una verdad que él mismo ignora.

Ayer, abrazado por tal silencio, recordé este poema de Pedro Salinas, procedente de Razón de Amor,

 

No canta el mirlo en la rama,
ni salta la espuma en el agua:
lo que salta, lo que canta
es el proyecto en el alma.
Las promesas tienen hoy
rubor de haber prometido
tan poco, de ser tan cortas;
se escapan hacia su más,
todas trémulas de alas.
Perfección casi imposible
de la perfección hallada,
en el beso que se da
se estremece de impaciencia
el beso que se prepara.
El mundo se nos acerca
a pedirnos que le hagamos
felices con nuestra dicha.
Horizontes y paisajes
vienen a vernos, nos miran,
se achican para caberte
en los ojos; las montañas
se truecan en piedrecillas
por si las coge tu mano,
y pierden su vida fría
en la vida de tu palma.
Leyes antiguas del mundo,
ser de roca, ser de agua,
indiferentes
se rompen porque las cosas
quieren vivirse también
en la ley de ser felices,
que en nosotros se proclama
jubilosamente.
Todo querría ser dos
porque somos dos. El mundo
seducido por el canto
del gran proyecto en el alma
se nos ofrece, nos da
rosas, brisas y coral,
innumerables materias
dóciles, esperanzadas
de que con ellas tú y yo
labremos
el gran amor de nosotros.
Coronándonos, la dicha
nos escoge, nos declara
capaces de creación
alegre. El mundo cansado
podría ser -él lo siente-,
si nosotros lo aceptamos
por cuerpo de nuestro amor,
recién nacido otra vez,
primogénito del gozo.
¿Le oyes
que se nos está ofreciendo
en flor, en roca y en aire?
Pero tú y yo resistimos
la tentación de su voz,
la lástima que nos da
su gran cuerpo sin empleo.
Allí se quedan las piedras,
las violetas, ajenas,
tan fáciles de morir,
esperando
otro amor que las redima.
No.
Nuestro proyecto cantante,
empinado, irresistible,
de su embriaguez en el alma,
no se labrará en los mármoles
ni con pétalos o sueños:
se hará carne en nuestra carne.
Le entregamos alma y cuerpo
para que él sea y se viva.
Y sin ayuda del mundo,
de su bronce, de su arena,
tendrá forma en lo que ofrecen
nuestros dos seres unidos:
la pareja suficiente.
Y las dos vidas, viviendo
abrazadas,
serán la dócil materia
eterna, con que se labre
el gran proyecto del alma.

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