No standing any time. Refrescar la tez mustia de New York: Antes de la Pandemia

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Farfulla de la calle 42

En Nueva York infinidad de pernios. Millones de clavijas y ranuras, miríada de tornillos, innumerables interruptores, picaportes… encadenados a una risa hebraica.

Chapas y vidrios incontables, filamentos, alturas sin alero, cebadores fosforescentes, kilómetros y kilómetros de cintas que señalan el paso y nos lo obligan.

Y plástico. Mucho plástico. Inabordable cantidad de plástico. Plásticos como tales, mueca urbana, pajitas desplegadas hasta el límite en minuciosas y variadas gamas cromáticas…

Vasos y tapaderas acabados en híbrida aleación de cartón-plástico, tarteras que se vierten en arriates y recogen el vértigo de la sola ambulancia cuyo único claxon una flota de ambulancias simula. Estertores, esputos desde los taxis amarillos.

Y todo ese conjunto no tan atrabiliario (pernios, manijas, pomos…, láminas aceradas, cristales azulados…, eléctrico vergel, tupperwares, gomas, destellos, vapor de cafeteras, nitrógeno en las bocas del alcantarillado…) conforman la imponente galanura, la pujante e improvisada belleza que sostiene a Nueva York.

En Midtown ni una mosca ni un mosquito, alguna avispa en Harlem, abejas amansadas en The Cloisters, más algunas libélulas inconsútiles y otras luciérnagas publicitarias que observáis en el Riverside Park pegadas a las rápidas pelotas de béisbol.

Memorial

Esto no es un poema, sino una aceptación de los hechos.

La desgracia se vierte en una sosegada construcción.

Este doblado foso, su textura es de imán, festoneado de algunas parcas enseñas inscritas en cartones: “Homeless Vietnan vet”, “Hungry homeless”… En Manhattan, nos recuerda el poeta Dionisio Cañas y el fotógrafo Robert Frank, nunca se cansa uno de contemplar.

Este gran panteón de mármol negro y agua negra que constantemente discurre cayendo como permanente homenaje a una merecida memoria.

Crepitación afónica en un discurso muy elocuente emitido por los miles de nombres grabados y algunos olvidados de grabar que la memoria pública reclama.

Bello diseño funeral circundado por risueños arbolitos de la paz y un delgado y simpático griterío infantil.

Five bananes one dollar

En los rebosantes puestos de fruta de Chinatown las apariencias se intercambian.

Hirsutas alcachofas rosadas se presentan como corales o cangrejos, como nenúfares, como nenúfares travestidos de caracteres chinos.

Montones de pescado en salazón dispuestos en montones: rosas de la memoria.

Promenade

Detrás del skyline que contemplo, sobrecogido, desde Brooklyn cuando comienza a anochecer, se aposta el fuego propulsado en mitad del Bacino de S. Marco.

Detrás, Roma incendiada bajo el Janículo, acompasada por la expresión Auguri!

Detrás, y como fondo del extasiado cielo americano, carretadas de pólvora a espaldas del volcán Vesubio, pero en primer plano el skyline, forever.

$ 5 off whwn you show your metrocard

Cinco dólares de descuento si tú enseñas tu tarjeta del metro. Para adquirir ramitas de hinojo florecido estrangulándose unas a otras en las verjas del barrio de Chelsea.

Cinco dólares de rebaja si muestras la tarjeta del metro. Para llevarte un bote de abejorros que desdeñan, sarcásticos, los hierros de Washington Bridge y, amorosos, se acercan a los pálidos dedos alargados de esa espigada jardinera agachada en el centro de ese batiburrillo de piedras medievales.

Cinco dólares del ala si me sacas la tarjeta del metro. Para comprar los preciados restos de nieve que, ufano, en julio, exhibe el río en las mareas impares.

Cinco dólares por el morro si separas de la gomita tu tarjeta del metro. Para viajar un rato en el tiempo y ver desenfundar la pistolita a Chapman ante el noble portón del edificio Dakota.

Cinco dólares menos si tú pasas por esa ranura magnética la tarjeta del metro. Para observar, entre densas nubes, cómo se empala la gran gallina clueca bajo sus níveas plumas desmesuradas a lo largo de la afilada picota del flamante rascacielos, el, por ahora, más bruñido.

Cinco dólares off si esa tarjeta, concebida desde el número áureo, surge de tus alforjas. Para que si, al azar, te mira un tuerto, los espúreos reflejos del enjambre de jambas y ventanales de Wall Street logren desactivar la apaleada consecuencia.

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