Notas sueltas del cuaderno de “viaje

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Esta pieza corresponde a la serie Remembranzas

Notas del “cuaderno de viaje”

Esta mañana, al regresar de mi largo paseo, aunque yo estuve sentado en una piedra mientras Mauser correteaba por el parque para perros rodeado por una buena alambrada y puertas que se cierran solas. No conté a nadie que, al pasar la garita del guarda de la urbanización, me caí sin saber cómo, sólo que la pierna derecha fuera como si se desarmase desde la cadera, rodilla, tobillos y pie… El perro Mauser quiso ayudarme y se abrazó a mis hombros con sus dos patas mientras el guarda y otro señor que pasaba corriendo me ayudaron a ponerme en pie. No quería regresar al jardín de la urbanización y temía no llegar hasta el parque de los perros. Pero les di las gracias a quienes me ayudaron y pensé que Mauser no comprendería que regresásemos a su casa. Así que fui caminando con cuidado, pero no me atreví a entrar en el parque, abrí la puerta y lo solté después de acariciarlo. Me pareció que comprendía lo que estaba sucediendo y en lugar de echarse a correr en busca de los demás perros…estuvo remoloneando junto a la verja hasta que me vio sentado por fuera sobre una especie de asiento continuo de piedra trabajada. Me aflojé el cinturón y el botón del pantalón para que nada me oprimiera, me senté como es debido, pies bien afirmados, pelvis hacia adelante, espalda derecha, cabeza en línea con la columna, mentón metido y la barbilla relajada. Le asenté los más atrás que pude para “sentir” la alambrada contra la espalda por si la necesitara.

Solté todo el aire, los 3 kilos que contienen los pulmones, y respiré hondo y despacio tres veces alargando la espiración. No pasaba nadie, parecería un viejo cansado y medio dormido. Al cabo de unos 10 minutos sentí el hocico del perro en la base de la espalda y como se volvió a correr para regresar al cabo de otros cinco o diez minutos. Ya se sentía tranquilo, y yo también porque no ladrase ni molestase a nadie.  Sentía las mejillas húmedas… pero debía ser por el viento.
Trataba de no pensar en nada, de mantener la respiración normal, de ½ litro por inspiración, y me esforcé lo que pude por no pensar en nada de lo que estaba pasando y trataba de concentrarme, primero en el ritmo de la respiración ya tranquila y después, en dejar pasar los pensamientos por la mente pero sin detenerme ni detenerlos, como si estuviera sentado cerca de un río y mis ojos viesen los troncos, las ramas, alguna barquichuela que se deslizasen por el… pero sin mirarlos. Todo fluye. Ahora tocaba sólo respirar, inspirar normalmente, un instante en el cambio y darme cuenta que de nuevo exhalaba sin retener, pero con un poco más de sosiego hasta que llegase al final y, después de otro instante, sentir que inspiraba por la nariz con normalidad. Como suelo meditar con los ojos casi cerrados, aparecían como siempre y se disolvían luces azules, verdes, amarillas, como en nubes o como en una especie de caleidoscopio a gran lentitud… pero eso es lo normal. No prestarles atención y centrarme sólo en la respiración.

Al cabo de una media hora, sentí que debería levantarme con cuidado, recuperar al perro con un silbido que él sabe que suelo recompensar con media galleta y regresamos despacio dando la vuelta al parque para poder seguir “paseando”. Me hubiera sentado a tomar un desayuno en la terraza de camareros amigos que hay ya muy cerca de casa… pero comprendí que no debía y seguimos hasta casa. También me hubiera gustado que me acompañase tumbado en esta terraza de casa, después de haber bebido… pero no quise problemas y lo dejé en el 2º en casa de sus dueños que me lo prestan, a veces, para sacarlo a pasear en el campo. Me dio la sensación de que el hermoso sabueso de Baviera, castaño, de pelo fino y suave, de negro hocico como sus ojos que brillaban cuando le sacaba el collar y nos despedíamos. Como guerreros masaï, sin volver atrás la cabeza ninguno de los dos. Y me senté aquí, en esta mesa de la terraza llena de plantas que cuido a diario donde reposan y esperan PC, libros, cuadernos, lápices y demás. Y yo, sin poner la maravillosa música de Bach o de Mozart, Haendel, Schubert, Beethoven, los adagios de los más grandes maestros que suelen acompañarme. Ahora los pondré, cuando me levante porque me duele la espalda y la herida que me limpié con la mitad de una pera que cogí al llegar… y voy a releer, con tranquilidad en este inmenso silencio (aunque me silban los oídos, y siento vértigo pero pasará con la música y el descanso) Son las 13:30… pero hoy…o al menos ahora, no me apetece hacer nada. Será como si estuviésemos en Taroudant… sin reloj, aunque aquí no podré oír al almuédano. Da igual. Sí, pienso en que la muerte ahora lo resolvería todo, pero no me atrevo porque sería un acto egoísta e insolidario cuando cientos de miles y millones de personas padecen tanto. Me inquieta. Pero sé que perdería mucho tiempo en “prepararlo todo”. Me conozco algo.

Un abrazo, amigos…. Nosotros… seguimos

José Carlos Gª Fajardo

José Carlos Gª Fajardo

Profesor Emérito U.C.M.

 

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José Carlos García Fajardo
Seis hijos y doce nietos. Doctor en Derecho. Licenciado en Filosofía y Teología. Premio Nacional Fin de Carrera de Periodismo. Filosofía y Literatura en la Universidad de París y Relaciones Públicas en Oxford. Autor de Comunicación de Masas y Pensamiento Político (1984), Encenderé un fuego para ti. Viaje al corazón de los pueblos de África (1999), Marrakech: una huida (2001), Manual del voluntariado (2004), entre otros. Fundador de la ONG "Solidarios para el Desarrollo".

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