
Si al anterior estreno en Madrid de la Compañía Nacional de Danza (CND) le cayeron palos por todos lados, no va a pasar lo mismo con NumEros que acaba de estrenar en el Teatro de la Zarzuela.
Entre otras cosas, porque los palos fueron por la escasa coreografía, por no decir nula, para el cuerpo de baile. Un cuerpo de baile que se usaba como contexto o meras comparsas, más que como bailarines, según las crónicas, las críticas y el run-run de las redes sociales.
Esta vez los bailarines bailan en las tres piezas y ¡cómo lo hacen! Con el estilo y las formas que hicieron de la CND esa compañía querida tanto por la profesión como por el público. De la que todo el mundo sacaba pecho por ella. Será raro que este programa no consiga lo mismo.
Un programa que comienza con Serenade de Balanchine repuesta por Colleen Neary, una experta en reposiciones del repertorio de este coreógrafo. Una coreografía con música de Tchaikovsky interpretada en directo por la Orquesta de la Comunidad de Madrir (OCM) dirigida por Manuel Coves con competencia.
Una coreografía que sigue manteniendo la vaporosidad de los trajes de bailarinas, reinterpretadas como unas faldas largas de gasas, las mallas apretadas al cuerpo de los bailarines. Y ese punto de delicadeza en el moverse, en agruparse, desagruparse, bailar a dos, en construir imágenes. Todo de un azul también delicado.
Imposible no reconocer que esta pieza es muy bonita, mucho. Pero a la vez, es difícil no quitarse la sensación de su deuda con los ballets románticos que le precedieron y de que tiene una marcada necesidad de agradar al público. Por lo que, a pesar de una buena ejecución en la que destacan las bailarinas, puede resultar, al menos para aquella parte del público al que lo bonito no le deslumbra, algo repetitivo, cansino, al que le descoloca esa especie de procesión de Semana Santa que, con la vaporosidad azulada de toda la pieza, se marcan casi al final. Igual que le puede interesar distintos momentos, como por ejemplo, en la forma que se da alas al bailarín cuando se acerca a su ¿amada? ¿protegida?.
Dicho lo anterior, hay que reconocer que esta pieza predispone al público a favor de la compañía. A esperar lo mejor de ella porque se ha visto que tiene mucho que dar. Y lo mejor llega con Echoes from a Restless Soul de Jacopo Godani.
Una pieza bellísima que comienza con un paso a dos que descoloca. Por su energía, por la forma, por la potencia, en una iluminación oscura y morada, como de fondo marino. A partir de la que de nuevo se verán grupos en distintas formaciones, incluso dúos hechos en grupos, y se reconocerán muchos de los pasos que se han visto en la pieza anterior que, sin embargo, se ven, se viven y se disfrutan, como una pieza contemporánea. Quizás, porque a esas formas clásicas se le añade un movimiento más enfático y enérgico, más de gimnasio, de fuerza, pero sin chocar con la forma clásica. Sino recogiéndola o recogiéndose en ella. Sí, abrazándose al reconocerse como iguales. Que todo es baile.
Una contemporaneidad a pesar de la música que es clásica, interpretada en directo por el pianista Gustavo Díaz-Jeréz. Dos solos para piano del muy reivindicado en la actualidad Maurice Ravel. Una presencia en escena que ejemplifica una vez más la importancia de la música en directo en el ballet. Sobre todo, en aquellas partes que son silencio, que para el baile, y en aquellas notas que marcan pasos, cambios de ritmo, salidas y entradas. Cambios de ritmo tan coherentes en lo musical como en lo bailado.
Una pieza que muestra, por contraste, la diferencia entre lo bonito y lo bello. Serenade es muy, pero que muy bonita, llena de elementos que la hacen agradable. Pero Echoes from a Restless Soul es bella, pero que muy bella, llena de retos para el público. En la que tal vez desentona las camisetas de los bailarines masculinos que afean determinados movimientos, sobre todo los más enérgicos.
Y cuando el público ya está a punto de ignición, aparece el cuerpo de baile masculino para marcarse Playlist (Track 1,2) Forsythe. Una obra que resume la poética balletística de las dos anteriores para bailarse dos temas de pop rabiosamente contemporáneo que se reproducen por los altavoces.
Dura a penas diez minutos, pero ¡qué fiesta! Los bailarines se lo pasan bien sin olvidarse que deben bailarlo bien tan bien. Junto con un vestuario muy adecuado. Esta vez sí, con unas camisetas que permitiendo el movimiento, lo potencian y le dan alegría, junto con unas mallas, dándoles un aspecto deportivo de jugadores de rugby, que saltan y se mueven ligeros, usando los pasos de Ballanchine y el movimiento aparentemente enérgico de gimnasio usado por Godani.
En definitiva, una CDN que parecía que había desaparecido o que andaba perdida ha vuelto. Y ha vuelto para bailar magníficamente y traer al espectador una fiesta. Tanto que parece que podría bailar cualquier cosa que le pongan por delante. Bienvenida sea esta vuelta y ojalá que se les reconozca mejorándoles las condiciones laborales. Pues hay cantera y material para que España pueda tener unas de las mejores compañías de danza, pero hay que cuidarla.
Ah, y si quieren comprobarlo y no viven o no consiguen entrada en Madrid, deberían saber que este espectáculo tiene una larga gira por España. Las fechas anunciadas son enero y febrero 2026 en el Teatro Calderón de Valladolid; marzo 2026 en el Palau de les Arts Reina Sofía de Valencia; y en junio 2026 en el Teatro del Generalife de Granada.





