Mientras tantoOblomov o la vida como retiro

Oblomov o la vida como retiro

Estelas, cual cometas   el blog de Ricardo Tejada

Llevaba tiempo sin leer una novela larga, una novela, además, de autor desconocido para mí. Me procuré el libro a raíz de una película que vi hace pocos meses, basada en ella, Algunos días en la vida de Oblomov, dirigida por Nikita Mijalkov en 1980. Mucho menos conocida que Ojos negros (1987), que es la que le dio notoriedad al director ruso, en España y, en general, en toda Europa, en parte gracias al inolvidable Mastroiani, tiene indudables virtudes eminentemente cinematográficas, parangonables con ésta o incluso superiores. Destacaría la sensibilidad poética en captar de manera pausada, y con una excelente fotografía, el interior de las viviendas, como si fueran no la envoltura sino el corazón mismo de los personajes. Así mismo, los pocos paisajes mostrados dejan intuir la magnificencia de las extensiones interminables de Rusia, a menudo llenas de nieve. La inmejorable dirección de actores refuerza esta valoración. Todo y cuando lo más llamativo es la historia narrada, centrada, en casi el primer tercio del largometraje, en un hombre, Ilia Illich Oblomov, sin padres ni hermanos, que pasados ya, seguramente, los 35 años, parece haber renunciado a toda actividad en la vida. Ni casado, ni libertino, ni ocupado en oficio alguno, viviendo de unas rentas, más magras que abundantes, que le proporciona una aldehuela alejada, en la que viven unos trescientos siervos, (estamos a mediados del siglo XIX en la Rusia zarista), Oblomov deja pasar el tiempo, en una lánguida monotonía, puntuada, eso sí, de discusiones y diálogos monosilábicos con su sirviente, Zakar, y, sobre todo de recuerdos, fantasías, sueños y ensoñaciones. En realidad, pasa buena parte del tiempo, no solo por la noche, sino por la mañana, durmiendo o en una especie de duermevela permanente que le permite recibir en su sofá-cama a diferentes visitantes, los cuales le recuerdan, para su enojo, que existe un mundo afuera: acontecimientos históricos, compromisos sociales, mundanos, domésticos, enojos administrativos, etc.

Este sopor prolongado en semanas, en meses, va a ser interrumpido por la venida de Stolz, viejo amigo de la infancia, que es casi, su polo opuesto: dinámico, emprendedor, viajero, enérgico sin llegar a ser sanguíneo, de sempiterno buen humor. No está casado, pero siempre está metido en diferentes negocios, de los que sabemos poco, pero que le permiten ausentarse con frecuencia de su país natal. Stolz no sabe cómo sacar de esta tenaz pasividad a su amigo del alma, máxime teniendo en cuenta que corre el riesgo de tener que abandonar el apartamento que alquila en San Petersburgo y que está confrontado a una disminución de sus rentas agrarias, problemas ambos a los que no sabe cómo enfrentarse. Stolz le invita reiteradas veces a su casa, a acompañarle en sus viajes, a salir al extranjero, sin éxito alguno. Tampoco logra que se presente en su aldehuela, cuya administración delega en un apoderado, o que la gestione mejor, con una mayor rentabilidad, a través de otro representante.

Es en éstas cuando Stolz le presenta a Olga, una mujer joven, soltera, de alegría y gracia conmovedoras, y a la que le gusta cantar temas populares y arias de óperas, en especial la “Casta Diva” de Norma, algo a lo que no es insensible Oblomov. El aria está en el origen de que Stolz le presente a Olga porque su amigo le había confesado que adoraba esa pieza musical y que se identificaba con la soledad de la protagonista, hija del jefe celta, enamorada secretamente del procónsul romano, y que llora ante la luna para evitar la guerra entre ambos pueblos. Esta célebre aria se convierte en una especie de ritornelo, al menos hasta bien entrada la segunda mitad de la novela, y no deja de ser un leitmotiv importante en la conmovedora banda sonora del film, incluso al final, cuando, en realidad, en la novela, va espaciándose su aparición, en general en presencia de Ilia Illich y Olga, a veces también de Stolz, hasta desaparecer en el último tercio de la obra. La película tiene la virtud de focalizar de manera bastante equilibrada en estos tres personajes el nudo fundamental de la historia. Leída la novela, uno se da cuenta de que ésta se centra mucho menos en Stolz que en Oblomov y que Olga, pese a su papel fundamental, no deja de ser en la película una presencia bastante efímera. No obstante, el film logra expresar de manera muy lograda y sintética el conjunto de la historia, desechando digresiones o historias secundarias que hubieran podido desviar la atención del espectador.

Es sorprendente, para una novela de mediados del siglo XIX, que en torno a las 230 primeras páginas del libro no haya en realidad acción. Es un verdadero tour de force que ha de ser elogiado, hasta tal punto que algunos analistas y comentaristas han hablado de un escritor, Iván Goncharov, que se adelanta a su tiempo, intuyendo lo que Marcel Proust y Samuel Beckett lograrían décadas más tarde. Si del primero hay la deleitación en el recuerdo y la evocación del pasado, en este largo inicio narrativo, del segundo hay los toma y daca de Oblomov con Zakar, a cual más patéticos, absurdos y en el fondo humorísticos, no sin estar nunca desprovistos de un fondo menos superficial. Y es sorprendente también que el libro no se caiga de las manos y mantenga un interés indudable a lo largo de sus más de quinientas páginas.

Cuando uno piensa en Oblomov y en Stolz piensa respectivamente en la dualidad “personajes de manifestación/personajes de destino” en Ferlosio. Los primeros, como don Quijote, como Charlot, son imperturbables en su caracterización (confieso que la palabra “carácter”, también utilizada por el ensayista y novelista español, la asocio a Dilthey y a cierto determinismo que puede connotar) y, sobre todo, son autónomos en el fondo con respecto a cualquier argumento. Digamos que en la pura inmanencia de su manifestación “cuentan” cosas, de tal manera que los que los siguen, en su lectura, en un espectáculo teatral, en el cine, no tienen necesidad de saber qué es lo que han hecho antes para saber cómo pueden jugar un papel. Los segundos, los de destino, confían en sus obras, en las ganancias o pérdidas que obtendrán de ellas, para hacerse a sí mismos, para hacerse un destino. Si los primeros saben de verdad lo que es la felicidad, la dicha —diría yo—los segundos, aunque se piensen felices una vez consumados sus logros, experimentan, en realidad, la satisfacción, que es algo muy distinto.

Cuando Stolz le comenta a Oblomov todos los proyectos que tenían de jóvenes  y le reprocha, por ejemplo, que había empezado a aprender inglés y que lo había dejado, como tantas otras cosas, dejadas en el tintero, su tierno y apacible amigo le suelta: “sí, mucho trabajar y trabajar, pero algún día te pararás cuando hayas duplicado tus ganancias”. Y su amigo orgulloso (Stolz en alemán, y es que su padre provenía de tierras germánicas) le responde con no poca vanidad: “no, no me detendré, aunque cuadriplique mis ganancias”. Y en otro momento intenso entre ambos amigos, Ilia Illich le reprocha a Stolz (le parafraseo): “¿Cuál es la meta de todas vuestras agitaciones, de vuestros negocios, de vuestras guerras, de vuestras pasiones, cuando todo llegue a su término, sino el reposo? ¿No buscáis todos, en último término, un paraíso perdido?”. Stolz replica ironizando: “es una idea oblomoviana”. “No”, se rebela Ilia Illich, “todos buscan la tranquilidad y el reposo”.

Ahora bien, la profunda y extraña bondad de Oblomov, que no hay que confundir con una actitud egoísta o asocial, se conjuga con la sensibilidad de Olga y la generosidad a raudales de Stolz. Son tres seres radicalmente distintos, pero unidos por una profunda simpatía y ternura mutuas, que se transforma en amor, en dos binomios sucesivos. Por otro lado, Ilia Illich no es un personaje de la comedia del arte. Pueden algunas de sus actitudes despertar la sonrisa, una sonrisa tierna y comprensiva, pero no es un personaje cómico o roído por un carácter omnipresente. Cuando no está echado en el diván o en el sofá-cama, suele vestirse en casa —donde pasa el tiempo casi siempre— con una bata, que, conforme va avanzando la historia, está cada vez más raída y vieja. Oblomov, eso sí, se siente único y no soporta que Zakar le diga que tiene que comportarse como “los demás”, es decir, ir al teatro, pasear con señoritas, tener ocupaciones. Esto le llena de cólera. Es todo un señor…¿Cómo se atreve a decir que él es como “los demás?”, piensa el protagonista.

Pues entonces, ¿qué espera de la vida? ¿Nada, acaso? ¿Volver a su infancia soñada, rodeada de su familia y sus sirvientes, en esa casa natal donde todo, los horarios, las costumbres, los ritos religiosos, agrarios, ocurría y debía ocurrir como en los tiempos de sus abuelos y bisabuelos? ¿Casarse? Parecería, a veces, desear casarse y vivir con su futura esposa en una casa de campo, tomando el té, servido en un samovar, y viendo como crece la hierba y surgen las amapolas, vida sencilla, cercana a la de sus ancestros. ¿Quiere ocuparse de algo? Hizo estudios universitarios, pero no los terminó, tuvo una temporada en que leyó libros, pero dejaron de interesarle. Tuvo proyectos, pero siempre los abandonaba. Prefería, como dice el narrador, “una vida apacible”. Todo lo que fuese trabajo le aburría y enojaba profundamente. Nada le interesaba, pero no es un desinterés nihilista ni un desinterés inane, típico de personas vacías o vaciadas por frustraciones de todo tipo. No, no le interesa actuar en la vida, lanzarse al teatro del mundo. No quiere representar ningún papel, pero tampoco quiere suicidarse. No se le pasa por la cabeza. Eso sí, cuando en una conversación con Stolz en el que le abruma a consejos de cómo tiene que administrar sus fincas, Oblomov confiesa: “Ah, si pudiese acostarme y adormecerme para siempre”. No quiere morirse, sino dormir o más bien estar en duermevela permanente. “Soy demasiado perezoso para vivir”, dice en una ocasión. Sin embargo, no nos equivoquemos, el fuste de su vida no es la pereza. Perezoso es el que nunca tiene ganas de hacer aquello que le molesta, le enoja o le ocasiona excesivo trabajo. Ilia Illich no es que haya dejado de tener ganas de hacer esto o lo otro; es que quiere dejarse llevar por su vida, no en un sentido longitudinal, hacia el futuro, sino en un sentido horizontal, meciéndose por los instantes, sin que parezcan pasar. No quiere asumir responsabilidades, pese a que tiene veleidades, en ocasiones, de asumirlas. No es capaz de asumirlas con Olga, y con Stolz las delega en él, como con un hermano mayor. Oblomov parece, en realidad, querer no hacer nada, querer no interesarse por nada.

¿Sería, acaso, algo así como un trasunto de ese personaje conceptual de Melville, el Bartleby, del que hablara Deleuze y que ha hecho correr ríos de tinta? No, Ilia Illich no preferiría no hacerlo, en una especie de enroque tenaz contra los poderes. Y no es porque, al contrario, prefiera hacer algo; insisto. Oblomov quiere vivir a ras del suelo. A todos nos pasa, no solo a los jóvenes que no quieren ni trabajar ni estudiar, que en diferentes momentos, en diferentes periodos del año, incluso, en diferentes épocas de nuestra vida, queremos vivir a ras del suelo, sin personas con las que hablar, sin mails que contestar o responder, sin ánimo de levantarse, sencillamente porque todo a nuestro alrededor nos parece inútil, insensato o espeluznante…

En un momento de la novela se nos dice que Oblomov es un filósofo, “un Platón en bata”… ¿Un cínico que reprocha a Alejandro que le haga sombra? No, exactamente. Ilia Illich mantiene, pese a la dureza con que a veces trata a su sirviente, un fondo de amabilidad con el mundo. No es que sea crítico con el mundo que le ha tocado vivir. La Historia le refanfinfla. Lo que le enoja es la servidumbre que toda vida social entraña. Se podría decir entonces, con Lévinas, que el perezoso es el que tiene la pereza de existir, y él como lituano conocía a las mil maravillas la literatura rusa y, en particular, la novela de Goncharov, en la que pensaba cuando indagaba sobre esta cuestión. La pereza sería así, desde este punto de vista, como un grado cero de la existencia, un encharcamiento de la existencia, cuando ella quiere afirmarse, “levantarse” y ponerse en marcha.

Dicho esto, no termina de convencerme este planteamiento. La existencia de Oblomov no está encharcada. Nos puede parecer así si no atendemos a su vida, si la vemos desde fuera y no desde el Oblomov que llevamos todos dentro. Y su vida, en la inmanencia de su retiro permanente, guarda una legitimidad profunda que a todos nos hace cuestionarnos sobre nuestras responsabilidades y activismos, sean del tipo que sean. No es un retirarse de algo, no es un alejarse de la sociedad, de los hombres, del siglo, como se decía antaño. Es un retiro intramundano por el que nos desconectamos del permanente pegamento que nos ata a la gran telaraña mundana. Desconectarse para vibrar calladamente.

Se nos presenta en una ocasión Oblomov ­­—decía— como un filósofo y es que lo es, a su modo, una especie de filósofo que no busca conocerse a sí mismo, siguiendo el dictado délfico, sino que se inquiere a sí mismo e inquiere a los demás sobre lo que es la vida. Es un permanente vividor. ¿Cómo, si no es un hedonista? Vive del interrogante permanente que es su vida. En una conversación con Olga, le pregunta: “¿qué es la vida, a tu modo de entender? Y responde ella: “La vida es un deber, una obligación”. Y añade: “el amor es también un deber”. Él no lo tomará así. Su ruptura y su discreto emparejamiento ulterior con la propietaria de la casa, Agafia Matveevna, en la que, al final, se había alojado, no pueden tener otra significación que la de un amor esta vez tomado no como decisión rupturista en su vida, sino como continuidad callada de una vida que presiente así prolongar la de sus ancestros. A Oblomov le atraían los codos de esta mujer, siempre arremangada, siempre ocupada en las tareas del hogar, tan responsable con los demás, con los que le rodeaban, aunque indulgente con su hermano y su amigo, estafadores del bonachón Oblomov. Olga era gracia espiritual, musical; Agafia es silencio carnal.

En otra ocasión, paseando por un jardín que habían elegido como lugar de sus citas (esas lilas…), Olga no sabe si Ilia Illich quiere tomarse en serio su relación y asumir un proyecto de vida. Es todo muy ambiguo, demasiado ambiguo para ella. Parece que sí, parece que no. Preso de una alegría súbita, Oblomov grita: “la vida se abre ante mí. Está ante mí, en tus ojos, en esa rama…”. Y Olga le reponde: “no, es la mitad de la vida”. Y su atribulado amante le replica: “la mejor”. Y cuando ella le invita a ocuparse de cosas, de la gente, porque eso le alegrará, Oblomov le responde: “Uno se puede ocupar de algo cuando tiene una meta y yo no la tengo en verdad”. Y Olga sentencia: “la única meta es vivir”. Y Oblomov prosigue: “cuando no se sabe por qué se vive…”.

La vida como retiro —se podría decir—es la vida degustada en su inmanencia, sin decisiones que la interrumpan, sin activismo, sin responsabilidades, sin meta…Ahora bien, y ésta es una profunda paradoja, Oblomov toma decisiones, a su manera, la fundamental es la de dejar su relación con Olga y lo hace porque, como ha comentado Pierre Cahné, con perspicacia, no quiere vender su alma. Él presiente que con ella frustaría las expectativas de Olga, y que, fundamentalmente, dejaría de ser él mismo. Por otro lado, a su modo, Oblomov asume la responsabilidad de serle fiel a Zakar, hasta el final de su vida. Su “activismo” es sutil: dejarse aconsejar por Stolz en lo que se refiere a la administración de su aldehuela, dejarse llevar por su callada atracción hacia Agafia, no salir nunca de donde vive y —quién sabe—morir durmiéndose, plácidamente…Si todos los seres humanos fuesen como Oblomov, estoy seguro que no hubiera habido nunca guerras ni conflictos comerciales ni seguramente progreso alguno…En el lote “progreso” parece estar incluido todo eso…

¿Se puede intuir una lección política en la novela? Una buena narración nunca lo pretende. Bastantes comentaristas señalaron que Goncharov criticaba los rentistas que sostenían el encorsetado y paquidérmico imperio zarista y que, por lo tanto, preconizaba la energía de la burguesía emergente, personificada en Stolz, y, en cierto sentido, alababa las benéficas influencias occidentales…Tal vez podría haber algo de esto, pero, en el fondo, la biografía de Goncharov muestra que su vida coincide en parte con la de su protagonista, pues vivió durante décadas en el mismo piso, eso sí siendo funcionario de la administración del Estado ruso. Solo en una ocasión, pudo realizar un largo viaje colectivo, con fines diplomáticos y comerciales, a Japón, viaje durante el cual maduró y redactó su hermosa novela. En contraste, su protagonista en bata, nunca, en su vida adulta, se alejó de San Petersburgo.

Tal vez, sea ésta una pista para comprender que en Goncharov había dos almas, la de Oblomov y la de Stolz, en perpetuo diálogo, fraterno y conflictivo. Tal vez seamos todos así. Si Unamuno hubiese leído este libro, hubiera podido escribir un monodiálogo con estas dos almas que configuran la irreductible dualidad del ser humano. Yo me atrevería a decir que el autor se identificaba más con Oblomov que con Stolz. De Stolzes está hecha la Historia, no pocos de los que nos rodean, el ruido y el dolor que invade al mundo, sin olvidar que también, a veces, son ellos los que con su sensatez nos despiertan de nuestro insomnio remiso, son ellos los que con su generosa amistad nunca nos olvidan, nunca.

En este mundo acelerado, tal y como nos lo describe Hartmut Rosa, terminamos todos alienados a los múltiples, insidiosos e intermitentes deberes de nuestra vida social, en el trabajo, especialmente. ¡¿Qué pensaría Goncharov de todo este horror actual?! El remedio para este mal de siglo, según el sociólogo alemán, es la resonancia con el mundo, saber rodearnos de la gente que nos permite resonar con ellos, sentir que nuestra existencia entra en resonancia mutua. Los lugares, las cosas que nos rodean, cuando entran en resonancia con nuestra vida, nos permiten, según él, sentirnos ligados al mundo y transformarnos a nosotros mismos. “Pomada” insuficiente, me parece a mí, para la herida del mundo. Oblomov no parece entrar en resonancia con nadie, pero no por las mismas razones por las que el ciudadano atribulado de nuestras sociedades se encuentra triturado por el tiempo artificial y desprovisto de engarces vitales. Ahora bien, en realidad, si nos paramos a pensar, aunque esto pueda parecer una provocación, Oblomov está en perpetua resonancia consigo mismo, con sus sueños y ensoñaciones, con sus proyectos abortados y sus presentimientos acertados, con Zakar, con Olga, con Stolz, con Agafia, en definitiva con su vivir callado e intenso, con su incesante búsqueda de lo que es vivir, de lo que es vivir bien, con su incesante perseverar en su vida, que parece amputada, desde un punto de vista exterior, pero que no lo es, que está llena y bullente, por mucho que se albergue en una modesta tacita.

A mí me recuerda un poco Oblomov a Nina, la de la novela de Galdós. Cierto, no es tan generoso como ella, pero tiene la misma callada perseverancia en su vivir. Tal vez, ni en España ni en Rusia, extremos de Europa no afectados del todo por el ajetreo burgués, en el siglo XIX, a lo Stolz, podía haber habido un personaje en la literatura como Rastignac…Y eso que en el mejor Balzac hay personajes inolvidables, hechos de otra pasta. Sea lo que sea, después de más de cien años de capitalismo, guerras y genocidios, sigue habiendo a nuestro alrededor Oblomovs y Oblomovas, pacientes y callados sustentadores de nuestra humanidad más genuina.

Le Mans, a 3 de mayo de 2026.

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