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RICKY 09 “RICKY:
EL AGUILA, EL JAGUAR, Y LA SERPIENTE.

Ricky volaba con el corazón partido, pero venía como siempre transformado por las bellezas que había contemplado en ese Ecuador que tanto amaba. Venía con el corazón, desde la planta de lo los pies hasta las yemas de los dedos, repleto de ese descubrimiento que había hecho en Cochasquí, en el sitio arqueológico donde había pasado la víspera con unos amigos, donde había descubierto la belleza de un paisaje de hadas, cósmico.
Ricky hubiera querido quedarse allí dos días, dormir o mejor tumbarse bajo las estrellas en la noche, en su saco de dormir contemplando las estrellas, probablemente sobre la plataforma de la pirámide nueve o de la pirámide cinco. Él había percibido la fuerza magnética, la enorme riqueza de aquel lugar que, probablemente desde el cielo, significaba un gran cráter, significaba un punto de referencia para otros pueblos extraterrestres, de los que Ricky no dudaba que nos contemplarían. El se imaginaba desde arriba como un punto de referencia que se encontrase en el Ecuador, ahí en Cochasquí, y otro punto en Cuzco, en Machu Pichu y otro en Teotinako (cerca de La Paz), desde donde pudieran percibirse, vernos y orientarnos.
Él sabía que alguien se había puesto a caminar en tiempos precolombinos”, preincaicos, hasta que había encontrado precisamente aquel lugar, como los antiguos buscadores de espacios para edificar los primeros monasterios benedictinos, ricos en aguas, pero con muy buenas vibraciones, con un gran magnetismo. Así, él se imaginaba más de mil años de nuestra era caminando un hombre en busca del sol, en busca del cielo y, cuando lo encontró, el pueblo le siguió y allí él, con millares de hombres y de brazos, construyó con grandes bloques de barro esas pirámides que tienen unas rampas de ascensión. A Ricky se le antojaron el símbolo del ascenso al monte, del ascenso a la montaña, del ascenso a ese lugar de encuentro del hombre en la soledad, pero de encuentro en el silencio con la luz: en el ritmo.
Esas rampas se orientaban, él estaba seguro, en los equinoccios, en los solsticios, en diversas épocas del año hacia constelaciones que marcaban en las estrellas el rumbo de la vida de los hombres en su retorno hacia la Pachamama, el dios primordial, el dios principio, el dios padre, el dios germinal.
Ricky se había conmovido en lo más profundo de su ser cuando comprendió el significado de aquellos canales, de aquellos conos de piedra, de aquel asiento central, de aquella proyección de lo solar, de lo germinal: El encuentro, siempre el encuentro. (la rencontre, en francés, me parece más explícito.
Ricky hubiera querido quedarse aquella noche allí, él solo o con Fritz, el guía, o con su amigo Roy. Le hubiera gustado quedarse durante la noche mirando el cielo, mirando las estrellas, sin pensar, llenándose de silencio, sorbiendo la soledad, sintiendo las yemas de sus dedos puestas sobre la tierra, sintiendo ese mensaje, sintiendo esa necesidad de volver a ser polvo cósmico, esa atracción que el sentía, ese vuelo que le hacía identificarse con su animal totémico preferido, no era el caballo. El caballo lo era para la vida de la tierra. En su vida corriente, en su vida normal, en su vida de cada día, él escogería el caballo, como por animal de amistad tenía el perro, pero en dimensiones cósmicas, en sus viajes por América, para él, el animal totémico era el águila. El se identificaba con el águila, el águila que no sabía de cosas pequeñas. El águila que no se paraba a cazar moscas, ni a escarbar en los gallineros. El águila que maltratada y zarandeada y golpeada, arrancadas sus hermosas plumas, era siempre protectora. El águila que se sabía que no podía permanecer más que con las alas extendidas, como caminaba Ricky, con los brazos abiertos, con las manos abiertas.
El águila sabía que jamás podría luchar contra el viento, es decir, contra el tiempo, que el espacio únicamente se dominaba asumiéndolo, integrándolo. El espacio era el viento, el viento era donde había que dejarse llevar, en las más altas corrientes térmicas; y ante tormentas, ante relámpagos, ante granizos ante vendavales, ante golpes y remotos, Ricky sabía siempre que el águila tenía que volar, volar más, ascender más y más hasta dejarse llevar por las cálidas espirales, sentir la ingravidez porque se hacía viento, porque se hacía espacio, porque dominaba la circunstancia superando el tiempo.
La obsesión de Ricky por el tiempo: el tiempo no existía. El ya había experimentado que el ayer, el hoy y el mañana no existían separados el uno del otro, y que todo junto tampoco eran tiempo. Que el tiempo es la realidad que sostiene al hombre en su volar, como al águila la sostiene el viento. El águila sabía que tenía pico, sabía que podía destrozar. Y tenía garras, pero no zarpas. Podía aprehender, pero siempre para soltar, para compartir.
Ricky sabía que, ante cualquier avatar, ante cualquier golpe, ante cualquier sufrimiento, ante cualquier incomprensión, ante cualquier mala interpretación de sus móviles, o quizás de sus necesidades más primitivas, más elementales, no tenía más que aguantar un poco de tiempo y ponerse a volar, volver a volar.
Nunca necesitaba perdonar a nadie. La palabra perdón había desaparecido de su vocabulario hacía mucho tiempo. La había sustituido por comprensión. Así como pecado la había sustituido por injusticia o hipocresía, perdón la había sustituido en su lenguaje por comprensión, entendimiento y superación.
Pero Ricky necesitaba un pequeño espacio de tiempo, un pequeño espacio de lugar para iniciar el vuelo cuando estaba en la tierra, pues, casi siempre, las desventuras de Ricky, como las desventuras del águila, le sucedían cuando se descendía a la tierra, cuando volvía al nido, cuando se asentaba en los riscos, cuando se posaba en la tierra; entonces, era cuando Ricky había experimentado en su vida los mayores zarpazos, las mayores desventuras. Por eso, Ricky anhelaba no tener que descender nunca a tierra, vivir contemplando el cielo, extender sus alas, mirar al sol, sentirse por encima del viento tiempo, por encima del tiempo viento, por encima de espacio, anhelo y abrazo.
Él sabía que su mejor amigo era el jaguar. El jaguar es poderoso, fuerte, musculado. Dentro de su enorme potencia, esbelto. El jaguar camina sigilosamente sobre sus almohadilladas zarpas, sobre cualquier terreno, roca, selva, musgo, pero son zarpas lo que lleva siempre, garras escondidas en sus aterciopeladas almohadillas. El jaguar, que nada deslizándose en el agua. El jaguar que trepa a los árboles, que salta de rama en rama, que quisiera también volar como las águilas; que en la noche mira la luna desde una roca junto al lago, desde un risco junto al río, que, a veces, trepa hacía lo más alto de los árboles, y se desparrama con sus zarpas colgando, con sus poderosas patas extendidas, y se adormece en el árbol soñando que es viento, soñando con que supera al viento: el jaguar, muchas veces quisiera ser águila.
Sueña, porque el jaguar es incapaz de dormir en la tierra, es incapaz. Duerme siempre en los intersticios de dos grandes ramas, de un árbol poderoso desde donde puede siempre mirar al cielo, desde donde puede siempre contemplar la luna, desde donde puede siempre soñar que un día será águila.
El jaguar se desliza con el sigilo de una serpiente, trepa los árboles como las águilas trepan, entre las nubes hacia lo más alto del cielo. El jaguar, a veces, causa destrozos con sus zarpazos. A veces sus manotazos, aún jugando, arrancan sangre. Pero el jaguar es bueno. El jaguar tiene un enorme corazón. Su sensibilidad llega hasta la piel.
Incomprensiblemente para los humanos, pocos animales hay en la tierra que les guste tanto ser acariciados como al jaguar.
El águila que no soporta una caricia, que reacciona enseguida para extender las alas y proteger, para acoger entre sus plumas a todo aquel que necesite consuelo, compañía, dirección y, si es preciso, sobre sus alas puede trasladar a sus criaturas. El jaguar, en cambio, necesita las caricias. Nadie como el gato, nadie como el más grande de los gatos, el más grande de los felinos, el jaguar, para ser mimado, acariciado, para ser tenido en el regazo: incomprensiblemente parece fiero a las gentes, cuyos ojos ven en la noche, como el águila ve desde el cielo, el jaguar, es, probablemente de todos los animales, el que más cariño necesita, el que le gusta dormitar apoyado en una rama de árbol y sentir como el viento que mueve las hojas, que las mece acarician su piel, acarician sus zarpas. El jaguar sueña que un águila le adormece, lo acaricia, lo acune, lo lleva sobre su lomo: sueños quiméricos de ángel dormido.
El jaguar no quisiera ser águila, pero quisiera volar con ella, hacer eterna amistad con el águila. El jaguar, que reacciona bruscamente a veces, a zarpazos, que muestra los colmillos, que aterra a veces, que hiela la sangre, que produce frialdad, y causa desconsuelo, el jaguar a quien le encanta dormir acompañado del viento, protegido por el águila. Le encanta ser comprendido, estimado, querido. Comprendido en su naturaleza, comprendido en sus modos y maneras. Y el águila, que a veces se siente solitaria, que a veces se siente desconsolada, el águila sueña que, junto con el jaguar, adoptan el símbolo de la serpiente.
La serpiente es como una proyección, como una saeta. La serpiente es la espiral, es el símbolo más adecuado de la divinidad, no es la rueda. La rueda es el eterno retorno de lo igual. La rueda es el símbolo de los conformistas, de los que creen que nada puede cambiar, de los que creen que todo está dicho, que todo está hecho, que todo gira siempre igual. No, la espiral traza círculos, círculos, círculos, pero se transforma en una serpiente que muda de piel, que la deja abandonada, que no mira nunca hacia atrás y jamás vuelve donde estaba su piel. Deja la piel hecha jirones, hecha trizas, con manchas, arrugada, seca… otras vidas, otras eras.
La serpiente sueña inmortalidad. Sueña rehacer su vida. Hay una misteriosa y mágica serpiente que proyecta los anhelos del jaguar y del águila. No es que una vez al año la serpiente mude de piel. No es cierto. No es cierto. Es una vez cada era, y las eras del jaguar son a veces viajes, son ascensiones, son experiencias.
Para Ricky las trayectorias de la serpiente podían ser de La Habana a Cayo Largo, podían ser de la Habana a Caracas. Podía ser una tarde en un aeropuerto de Maiquetía. Dejar allí, en el aeropuerto, como dejó en Cayo Largo, la serpiente en las arenas, en las aguas: Como la deja en la ducha cada mañana. Esa serpiente expresión de un anhelo, de una proyección que no identifica, que no confunde al jaguar con el águila, jamás, jamás. Jamás el jaguar será águila. Jamás el águila será jaguar, pero se expresan en un anhelo, en un proyecto de futuro, en un quehacer, y tanto mejor será esa proyección y ese vuelo cuando no se confunden, cuando no intentan cambiarse, cuando no intentan violentarse, pero cuando son capaces de salir de si, para comprender la realidad del otro, para entender sus dimensiones, sus necesidades, sus condicionamientos.
Cuantas veces el águila dolorida ha subido de los riscos, de los peñascos, de las lágrimas, resbalándoles por el corazón. El águila se alzaba sintiéndose incomprendida y el jaguar lamía sus heridas también, porque el jaguar, misteriosamente, cada vez que pega un zarpazo, siente en el corazón la herida.
Cada vez que hiere, al jaguar le sale una mancha en la piel. Las manchas en la piel del jaguar son destrozos no queridos, destrozos involuntarios de su peso, de su fuerza, de su ritmo. Por eso, el jaguar y el águila adoptaron como símbolo la serpiente. Símbolo de eternidad, de disposición de dejar la piel a tiras, pero no a tiras, sino entera.
Ahí queda una piel en Quito, decía Ricky. De alguna manera la ducha simboliza el renacer de cada mañana. De alguna manera el corazón de Ricky iba quedando con citas. Una cita en el río Napo, una cita en el nacimiento del Amazonas, una lancha que le espera para ir río abajo, rió Napo hacía abajo, hacia el Amazonas. De alguna manera en el río San Juan le quedó una cita apalabrada de un bajar en champa silenciosa, río abajo hasta el Pacífico. De alguna manera él sabía que en los Cayos le había quedado una cita y un encuentro con las tortugas, con los animales de aquella maravilla. Vivió un Cayo Largo con nubes, con viento, con lluvia, con agua hasta las lágrimas, como el jaguar, que se asomó al borde del agua y hubiera sido feliz haciéndose espuma, hubiera sido feliz haciéndose mar. Y el águila le decía: “Regresa. No es nuestro medio el mar. El mar lo llevamos dentro, como el sol que brilla y que algún día nos hará despertar, haciéndonos comprender que nosotros somos sol, que no vamos hacía el sol, que el sol lo llevamos dentro y nuestras células son agua y nosotros somos agua y en el viento es únicamente donde nos sentimos en libertad”. Ricky sabía que le había quedado una cita con Fritz y con Arme Shlegel, una cita en Cochasquí.
Sabía que volvería a tumbarse bajo las estrellas, tumbarse bajo el cielo, no sabía en que equinoccio, no sabía en que solsticio, no sabía bajo que constelación. El ya había visto el lugar y, ese lugar, le llamaba, le llamaba para un reencuentro. El, en el fondo de su corazón, sabía que no podía volver solo, que no podía ser capaz de contemplar tanta belleza de hacerse cielo, de hacerse cosmos, de hacerse viento, de hacerse tierra… Ya no podría nunca más hacerlo solo.
Hacía tiempo que se había puesto en camino. Se había puesto, laberinto tras laberinto, se había puesto en un peregrinar, en una peregrinación iniciática, y sabía que cada cosa que veía cuando estaba llena de belleza, cuando estaba llena de bondad, cuando tenía perspectivas, cuando le acercaba más a la proyección de esa interioridad que le habría de transformar un día, y que le haría experimentar la relatividad del tiempo, del espacio, de las mismas experiencias.
Ricky, en ese peregrinar sentía como un impulso de caminar hacia su propio interior. Había descubierto que no se podía seguir más que el camino del corazón y ese camino le movía desde hacía un año en esos múltiples viajes, en esos viajes en avión, en jeep, en coches… Le daba igual. El sabía que estaba trazando fuerzas, movimientos, giros, ensayos hacia adelante. Cuando veía algo hermoso solo, anhelaba compartirlo: se empapaba, se bañaba, lo absorbía, lo sudaba, lo exudaba, lo mascaba, lo besaba, como había besado con sus dedos la tierra de Cochasquí, como había besado con sus dedos la piedra de aquella simbólica cruz que señalaba los caminos que protegían los senderos.
De esa manera, Ricky cogía piedras en las playas, en los montes. Esta vez le habían regalado, en ese yacimiento arqueológico, la pata de una vasija de barro cocido que en de un trípode donde se cocían los alimentos, como su corazón era una vasija para cocer alimentos, cocer experiencias, cocer vivencias. Ricky sabía que no podía detenerse más que a saborear. Iba trazando, por donde pasaba, citas para volver.
Citas que él había comprobado que no eran imposibles ni quiméricas. Este viaje por América le estaba demostrando, desde Cuba a Santo domingo, Caracas, Bogotá, el Chocó, Quito, Cochasquí, y ahora, por último, camino de Lima en un amplio vuelo, en un inmenso vuelo, había dejado pieles. Había dejado heridas. Había dejado lágrimas, y sangre, pero había renacido de nuevo e iniciado de nuevo el vuelo.
En este viaje el águila iba con el jaguar. Habían comprendido que no podían separase nunca. Habían comprendido que el destino, el proyecto de futuro era común. Era como una gran ave, incomprensible e inimaginable con dos alas. Era como un jaguar, inimaginable sin las cuatro patas. Era como una serpiente, cuyo ritmo, cuya fuerza está tanto en la cabeza como en su tronco, como en su cuerpo. Que no necesita de patas, como una flecha lanzada por un genial arquero. Como una saeta que sabe que en el viento hay contratiempos, pero que no querían, como la paloma de Kant, quejarse del viento que la sostenía.
El jaguar, como el águila, eran conscientes de que siempre tendrían aguaceros, tormentas, nublados, vientos, neblina, y hasta el smog pútrido de las ciudades, pero su proyecto, su destino, su misión, su decisión firme de superar los obstáculos, de transcender el tiempo y hacerse espacio, y hacerse cosmos, era mas fuerte que todo lo demás.
Ricky, en el viaje, se había sorprendido mucho con aquella historia que le había contado Armi, de aquel hombre que él encontró en Nicaragua hacía ya muchos años.
Armi era un joven alemán que, en un momento determinado de su vida, decide agarrar un saco con pocas pertenencias y volar en un avión hasta Costa Rica. Y desde ahí, sin apresurarse por nada, sin planes establecidos, ni programas, ni horario, en buses, en autostop, en coches, camiones o transporte de circunstancias, siguió hacia el Norte. Atravesó el Salvador. Se estuvo una semana en una playa. Durmió sobre en la arena en la misma playa. Estuvo en Guatemala, en Belice. Estuvo en Nicaragua y atravesó México hasta llegar a los Ángeles.
Después de seis meses de caminar, de dormir bajo las estrellas, en posadas de mala muerte y en pensiones, de sentir una noche como se le helaba la sangre mientras unos ladrones estaban robando su equipaje, y como eran cuatro se fingió dormido y no se atrevió a moverse, sabiendo que al menos el bolsillo interior que había cosido en Alemania, en el muslo izquierdo guardaba la parte mas importante de su dinero, y que el pasaporte, en una funda de plástico, en un bolsillo interior de su calzoncillo, dormía con él. Pero sintió lo que significaba el miedo, lo que significaba la impotencia, en una oscuridad de una noche, decía él, sin estrellas, sin luna, sin luz, formas que se movían arrancándole sus pertenencias. Armi entendió aquella noche que nada que esté fuera de uno le pertenece, que el que le roben a uno, en cierta manera, lo libera. Que al arrancarle lo que estaba fuera de sí hacían su viaje más ligero. Esa experiencia fue llena de sugerencias para Ricky.
Cuando atravesó Nicaragua tuvo también un encuentro que le impresionó y, en el “trooper” que les conducía hasta Cochasquí, le contaba a Ricky, que había conocido en Nicaragua a un hombre, ya mayor, mas allá de los sesenta años. Un hombre que había buscado un retiro en un lugar apacible donde nadie lo conociera. Bajo nombre supuesto había buscado un lugar junto al mar, había buscado un lugar donde hubiera flores, colores, vegetación y cielo. Había sufrido una gran transformación.
Ese hombre se hacía llamar Alen. Era norteamericano o se había avecindado en Norteamérica. Con toda frialdad le había contado un día, no se sabe por qué, después de muchos tragos le había contado a Armi que había matado a 54 hombres en su vida, y de estos, sólo uno con revolver, los demás con sus manos.
Armi no daba crédito a sus ojos. Precisamente el hombre que había matado con revolver era un hombre que lo cuidaba, un boy, el negro que tenía a su servicio. Y aquel hombre, había sido allí mismo en Nicaragua, cuando él estaba estableciéndose. Un día le puso DDT en su taza de té. Se había enterado de que este hombre tenía una cierta cantidad de oro y quería apoderarse de él. Alen, muy grave, fue llevado al hospital. Tuvo fuerzas para decirle a la policía, a un policía que el conocía de sus tiempos de killer, un antiguo colega en sus aventuras, quien era el que le había dado el té envenenado. Al cabo de dos horas aquel capitán de la policía le llevaba a la misma habitación del hospital al negro maniatado. Alen, con los tubos en las venas, con el respiradero asistido, cuando tuvo enfrente de sí al negro que temblaba sujetado desde atrás por el capitán, y con la puerta cerrada, mirándolo le hizo una seña al capitán. Este le dijo: “Alen, remátelo usted mismo, acabe usted con este hombre porque ha hecho traición”.
Alen tuvo fuerzas para agarrar la pistola con silenciador del capitán. Alen, mirando fijamente a aquel negro, que temblaba atemorizado, sin vacilarle el pulso, le apuntó entre las cejas y lo destrozó salpicando por todas partes la sangre de aquel hombre. Fue la última muerte de Alen, y la primera que hizo con pistola.
Le había contado Alen a Armin que los 53 hombres que había matado con sus dedos, con sus manos, habían sido en servicios para la CIA y en servicio y en misiones de la “United Fruit Company”: era un killer, un killer a sueldo.

 José Carlos Gª Fajardo. Prof. Emérito U.C.M.

 

 

 

 

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Seis hijos y doce nietos. Doctor en Derecho. Licenciado en Filosofía y Teología. Premio Nacional Fin de Carrera de Periodismo. Filosofía y Literatura en la Universidad de París y Relaciones Públicas en Oxford. Autor de Comunicación de Masas y Pensamiento Político (1984), Encenderé un fuego para ti. Viaje al corazón de los pueblos de África (1999), Marrakech: una huida (2001), Manual del voluntariado (2004), entre otros. Fundador de la ONG "Solidarios para el Desarrollo".

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