“Padecer” un orgasmo… tanto tiempo perdido

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Este texto pertenece a la serie Remembranzas

2020 08 09

Sea lo que sea lo que puedas o sueñes que puedes, comiénzalo. El atrevimiento posee genio, poder y magia. Comiénzalo ahora. Son palabras de Goethe y de muchas personas que han asumido el reto de atreverse a emprender esa oportunidad que, a veces, se presenta como problema, desgracia o adversidad. Tú puedes, si crees que puedes. Así decían los latinos: Possunt quia posse videntur.  Y otros que han salido adelante porque han transformado las dificultades en desafíos, en oportunidades, en challenges. Se cierra una puerta, pero puede ser para que se abra otra. También sólo se pueden abrir o cerrar, o son de vaivén, o en ciertas tradiciones no existen. Muchas veces lo que no hay o no existe es lo que da sentido a la cosa: imaginad una casa “sin puertas ni ventanas”, un cuenco “sin vacío” o una rueda “sin radios”. O lo que es peor y fue el castigo de esos “dioses” tan peculiares que le hicieron a Sísifo lo de la roca que éste tenía que subir penosamente hasta la cima de un monte para que ella sola se fuese monte abajo, y Sísifo vuelta a cargar con ella: ¡con lo fácil que le hubiera sido subirse y mearle encima!, porque la roca nunca había existido más que en una mente enferma.  También hay mucho de esto en concepciones hindúes, taoístas quizá, pero sobre todo en la budista que sostienen las reencarnaciones, algo, en mi opinión, absurdo pero que millones de personas han creído y sostienen.
Tenemos otras perspectivas en la Biblia en la que las gentes se reían de Jeremías quien, ante la inminencia de la deportación a Babilonia…, ¡se compró un huerto! Como años antes se había paseado por las calles con un yugo sobre sus hombros y la gente lo tuvo por loco, pero… el cautiverio de Israel ya estaba próximo y la “gente” no lo veía. No digamos ya en palabras y en parábolas del Rabí Jesús. Aunque eso de la eternidad y del cielo… La Historia de la humanidad está llena de “momentos estelares”, ocasiones perdidas como escribió Stefan Zweig y otros muchos, que elucubran sobre lo que, según ellos, pudo haber sido y no fue.  Cuando surjan el problema, la pérdida, el desaire, el dolor, (no el sufrimiento que es cosa de la mente), el despido, el suspenso en unas oposiciones o la no elección en algún proyecto, o aquella relación que mantuvimos como si fuera el culmen de nuestras vidas.
Párate un poco, camina mirando todo lo que te rodea, respira hondo o siéntate en silencio y, ahora sí, comienza a repasar mentalmente cuánto de positivo, dichoso, feliz, ha sucedido y sucede a diario en tu vida… desde el amanecer hasta el alba próxima. Sí, porque hasta mientras dormimos, respiramos y se abren ocultos canales que ni los podríamos haber soñado. Algunos aún dicen “consultar con la almohada”, que es una de las cosas con las que no debemos consultar ni tratar nada. Por eso, muchos amigos, después de cepillarse los dientes y ponerse el pijama, no se lanzan de un salto a la cama… salvo que alguien les esté esperando, porque entonces sí que no se acaba el día vital. Me refiero al día a día y lo mismo al despertarte, si no tienes que aliviar alguna hormona. El despertarte, a no ser que la necesidad impere, conviene tomarlo como una despedida… y un renacer con toda la experiencia que has acumulado, aún y quizás sobre todo, mientras tu cuerpo dormía, pero no tu corazón ni tus pulmones ni millones de células, órganos y sistemas.
Conviene respirar hondo, “despertarse” mentalmente, y saludar al pasado y comprender, de (cum prehendere) aunque no lo entiendas (intendere o intus leggere), y abrirse al nuevo día… no te preocupes, el alba comienza cuando tú te despiertas al igual que puedes recordar momentos en tu vida pasada en que pareció hacerse de noche el mediodía.

Quizás te extrañe la serenidad de los sabios y maestros al abrirse a la muerte como nos “abrimos” a la vida, sea en el útero o con el primer vagido. Dime, con la confianza y serenidad que dan el saberse querido, aceptado tal como eres, ¿recuerdas dónde estabas y lo que sufrías, que no padecías, antes de haber nacido? ¿Lo has echado alguna vez de menos, lo añoras o te sientes desalojado en el destierro del exilio?
Porque, en ocasiones, hemos padecido el exilio, y, hasta no pocos de nosotros, el “destierro”, que no son lo mismo. No nos preocupamos porque no podemos echar de menos aquello de lo que no hemos tenido conciencia y que no ha existido con nosotros de protagonistas responsables, ¿Qué razones podemos aducir para temer lo que no conocemos?
Tengo presente la distinción que hacía el Damasceno entre temor y miedo: temor es preocupación ante un posible dolor que podemos tener en espera de una cirugía, prueba, desafío o separación de una persona querida; miedo es siempre ante lo desconocido, que muchas veces, está en nuestra mente, fantasía, supersticiones, ignorancia, tabúes de la tribu o del entorno. ¡Cuántas veces hemos vencido el miedo con encender la luz y ver que el “miedo” era ante una prenda de ropa colgada y movida por el viento…! apagamos y no hubo nada, se esfumó… como toda fantasía que no intentamos cosificar pues, entonces, nos movemos en otros campos, como son los de dolencias psicológicas o mentales. No son idénticas. Son como los mitos, alucinaciones, y otros corsés que también contribuimos a imponernos sutilmente o como “mal menor” para tener algo manejable con lo que padecer, (de patior). Aunque se puede padecer deliciosa y deleitosamente un orgasmo, con el cuerpo dormido o bien despierto y en activo. ¡Cuánto daño nos han hecho con esa falacia de que el goce sexual “sólo” es ¡permisible! ¿por quién, cuándo, dónde? En el sacramento del matrimonio. ¡Qué aberración y cuánto daño innecesario han h echo y continúan haciendo! y sin fundamento real y válido alguno. Siempre que sea libre, asumido, sabrosamente a solas o compartido y sin forzar a nadie; como la circulación de la sangre, las lágrimas, el sudor o un firme y profundo abrazo. (No se me escandalicen: a miles de millones de seres humanos, como nosotros, “los han condenado a las más terribles tinieblas o infiernos por beber alcohol, comer carne de cerdo para miles de millones de musulmanes, o comido carne de vaca para millones de hindúes, o pescado sin escamas o marisco para millones de judíos, y un larguísimo y lamentable etcétera… ¿Y lo de las ¡castas!? Siga usted, lector amigo, porque yo me canso y entristezco a la vez. (Estoy releyéndome los tres libros de Harari y sigo subrayando o discrepando en ocasiones. Pero ¡qué maravilla toparse con trabajos así, abierto siempre a discrepar, a veces, tanto como a disfrutar de manera indescriptible porque, vivir es ver volver y sabernos responsables solidarios… in solidum!

José Carlos Gª Fajardo, Emérito U.C.M.

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