¿Pero de dónde saca los pasajes?

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—Buen día, señor. ¿No sabe dónde queda la estación de trenes?

 

—¿Cómo? ¿A mí me dijiste “señor”?

 

—Sí, señor, a usted.

 

—Primero me decís “señor”, después “usted”… Hace tanto que nadie me llamaba así.

 

—¿Dije algo malo?

 

—No, al contrario, pibe. Es que siempre me dicen “viejo”, y a veces también me gritan “borracho” o “linyera”.

 

—Entiendo, entiendo. ¿Cómo es su nombre? Yo me llamo José.

 

—Tengo las manos sucias, José. Mi nombre es Melquíades, pero ya casi no lo uso.

 

—Disculpe la pregunta, pero ¿hace mucho que vive… en la calle?

 

—No me molesta que preguntes —empezó a toser—. Cuando me echaron de la fábrica, hace más de veinte años, mi señora se llevó a los chicos. Perdí el laburo, la casa y la familia: todo junto.

 

—¿Y desde entonces vive así?

 

—Bueno, en realidad primero me fui con unos amigos, hice unas changas en la construcción y después me cansé de las traiciones, ¿qué querés que te diga? Y ahora acá estoy, como me ves.

 

—¿Sus familiares no lo ayudaron?

 

—Son todos unos zánganos… Uno peor que otro, pibe. Uno más hijo de puta que el otro. Prefiero ni verlos.

 

—¿Tampoco volvió a ver a sus hijos?

 

—Una vez, cuando terminó el colegio la más grande. Estaba radiante mi negrita. Era abanderada de la bandera argentina. Ya de chica era inteligente.

 

—¿Esa fue la última vez que vio a su familia?

 

—¿Para qué voy a querer volver a verlos, si jamás me buscaron?

 

—Quizás trataron pero… no pudieron encontrarlo… o tal vez…

 

—Si me buscaron, hicieron mal. Igual no importa. Es como si no existieran para mí.

 

—¿Seguro?

 

—Sí. Estoy bien así. Nadie me molesta acá. ¿Qué querés que te diga?

 

—¿No se siente solo?

 

—A veces. Pero uno se acostumbra.

 

—¿Y qué hace? ¿No se aburre o también va cambiando?

 

—¿Cambiando de qué?

 

—Cambiando de zona, digo. ¿O siempre se queda acá?

 

—¿Cómo explicártelo? Casi siempre me encontrás acá nomás. Pero a veces me voy a otros países. Yo viajo mucho.

 

—¿En serio?

 

—Te lo juro por lo que más quieras.

 

—¿Y adónde va?

 

—Me voy a Inglaterra, a Brasil, a Oriente.

 

—¿Y se va solo? —sonrió.

 

—No, querido. Son viajes muy largos para andar solo. Uno ya está grande…

 

—¿Pero de dónde saca los pasajes?

 

—Yo nunca necesito pasajes para viajar.

 

—¿Nunca?

 

—Nunca. Jamás —exageró la acentuación de la A y la alargó.

 

—¿Entonces cómo viaja?

 

—Leyendo, pibe, leyendo. La literatura ha eliminado las distancias… Uno puede ir a cualquier lugar, sin necesidad de moverse demasiado.

 

—¿Me está diciendo… eh… que nunca pisó Brasil?

 

—Técnicamente —esquivó su mirada—, no. Ahora está carísimo ir en avión… Además yo no tengo con qué… Por eso voy leyendo lo que consigo por ahí.

 

—¿Y qué está leyendo ahora? —preguntó con una sonrisa burlona.

 

—Leer me devuelve un poco la esperanza —continuó—. Ahora estoy por Oriente, con “Las mil y una noches”. Mirá, acá está mi pasaje.

 

—Esa es una edición muy buena, señor. Cuídela —le aconsejó, y al ver el libro viejo entre sus manos sucias se enterneció.

 

—Sí, eso me dijeron. Parece que conocés de libros vos.

 

—Trabajé tres años en una librería.

 

—A mí me hubiera gustado ponerme una librería grande, con muchas luces y un sector infantil. Me hubiera gustado hacer tantas cosas —suspiró e inclinó la cabeza.

 

—Seguramente habría sido un librero excelente.

 

—Pero había que trabajar de lo que había. Eran tiempos difíciles. ¿Qué querés que te diga?

 

—Sí.

 

—No quiero robarte más tu tiempo, muchacho.

 

—No se haga problema, porque…

 

—Me preguntaste por la estación —lo interrumpió— y yo terminé contándote mi vida.

 

—Igual no tengo mucho apuro. Solamente vine a visitar a mi prima. Ella me dijo que al bajar del colectivo pregunte cómo llegar. Gracias a eso lo encontré a usted.

 

—¿Cómo se llama tu prima?

 

—Penélope.

 

—No, no conozco ninguna Penélope.

 

—Está bien.

 

—Escuchame. Para llegar a la estación es sencillo. Vas por esta hasta esa farmacia que ves ahí, doblás a la izquierda y si seguís derecho llegás.

 

—Muchas gracias, don. Espero que ande bien.

 

—Igualmente, hijo. Gracias por escucharme.

 

—Adiós.

 

Un minuto después, regresó:

 

—¿Qué pasó? ¿Te perdiste?

 

—No, no, para nada.

 

—¿Entonces qué pasó?

 

—¿Alguna vez fue a Colombia?

 

—No, todavía no. ¿Por?

 

—¿Le gustaría ir?

 

—Por supuesto que sí. Dicen que es lindo.

 

—Tome, se lo dejo. Lo venía leyendo en el colectivo, pero se lo doy por contarme su historia.

 

—García Márquez… mmm… —leyó en la tapa—. ¿Para darme el libro volviste?

 

—Sí.

 

—Muchísimas gracias, pibe. Lo voy a leer.

 

—Buen viaje.

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