Perros feroces

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Soñé que paseaba con una atractiva maorí por una playa desierta de la isla norte neozelandesa mientras nos bañábamos extasiados por una puesta de sol maravillosa. No le entendía una sola palabra. Qué más da, me dije. A veces tampoco entiendo a los de mi lengua. Aprovecha pues la belleza de las Antípodas y olvídate del resto. Qué egoísmo, con la que está cayendo en mi país y en casi todo el planeta, continué pensando mientras el bellezón étnico me hacía señas para adentrarme en las aguas del Pacífico tal vez para no retornar jamás.

Era un sueño bonito, colofón de una jornada tranquila y alegre. Mi leal y eficiente asistenta y ama de llaves, una mujer de mediana edad, marroquí de origen y creyente y practicante coránica, discreta y elegante, había regresado por la mañana después de siete semanas de ausencia forzada por el bicho. Me había puesto muy contento, no sólo porque su vuelta significaba hacer una buena y necesaria limpieza de la cueva, sino porque podía hablar de todo y de nada con un ser humano agradable, comprensivo y honesto.

Confieso con un punto de vergüenza que desde hace años, cuando se acercaba el final de mi etapa profesional, deseaba tener un ama de llaves y un chófer, dos personas que fueran honradas e inteligentes, que entendieran mi ironía, o fingieran entenderla obligadas por contrato, con quienes pudiera intercambiar opiniones sobre la rutina diaria al regreso del trabajo sin entrar en demasiadas honduras. Y si había que entrar, la misma vida me pondría límites o no. Imaginaba que el chófer venía a recogerme a la oficina y que desde la recepción me anunciaban su llegada. Y no era por deseo de aparentar frente a mis compañeros. Tal vez por buscar ser diferente a ellos. Tuve la suerte de nacer en una familia acomodada, pero la ostentación jamás entró en el decálogo familiar y eso debo agradecer a mis padres.

Sé que es un poco estúpido y burgués todo esto que escribo y que si viniera esta madrugada a darme un susto amistoso Vicedós, con su chepa de vasallo de la nobleza francesa, me lo recriminaría duramente. Me amenazaría con no regresar y no contarnos más nuestro pasado y debilidades. Me denunciaría a la brigada antivirus con la acusación de peligrosa conducta equidistante, y al mismo tiempo para acabar y exterminar a unas ratas cubano-neoyorquinas que aparecen y desaparecen en la cocina a altas horas de la madrugada. Roedores de buena conversación, ilustrados, inteligentes y apasionados del juego de naipes sin apostar.»Mire, señor Vicedós, Lenin cuidaba su atuendo, Marx tenía servicio y abusaba y a Salvador Allende le gustaba la buena comida, las mujeres y la elegancia en el vestir», le explicaría con resultado más que incierto.

Tal vez fue mi maldito complejo de culpa fruto de mi educación jesuítica,  siempre mejor en cualquier caso que haber cursado el bachillerato en un colegio del Opus. Pero el caso es que el sueño oceánico se difuminó, la maorí se evaporó y me sumergí en otra de esas pesadillas de terror a las que ya me he habituado y he aceptado desde que monsieur coronavirus, el virus chino como lo llama Trump, entró por puertas y ventanas matando y evidenciando lo débiles que somos y la nula protección sanitaria que teníamos.

Escuché ruidos por el pasillo, pisadas que sospechaba no fueran humanas y unos jadeos de un grupo de criaturas que caminaban lentamente en dirección a mi dormitorio. Hay dos puertas que suelo dejar abiertas y que conducen a la habitación separadas por un pequeño pasaje a cuya derecha se encuentra el baño.

Cuando abrí los ojos vi ante mí una escena espantosa. Cuatro grandes perros negros con los ojos inyectados en sangre clavaban una mirada feroz a la cama donde hasta entonces yo había estado disfrutando del bonito sueño neozelandés. Tenían un cuerpo musculado sin pelo y unas fauces húmedas. No parecían canes normales, porque percibí seis patas en cada uno. Portaban unos collarines con unas identificaciones que no logré leer completamente desde mi lecho. El terror me había paralizado todo el cuerpo y, naturalmente, mis debilidades fisiológicas volvieron a humillarme. Al menos esta vez no era testigo Vicedós.

Creí sinceramente que había llegado mi hora y que era cuestión de segundos que se abalanzaran y me desgarraran hasta dejarme exánime. ¿Por qué a mí? ¿Qué mal he cometido para tener que sufrir una muerte tan atroz despedazado por unos seres horribles?, pensé amargamente. Me acordé de mis añorados mastines extremeños. Estos eran de otra raza. Ignoraba sus objetivos, pero desde luego no eran muy amistosos. En fin, yo que no soy creyente me encomendé a todo el santoral y ofrecí mis carnes como sacrificio para salvar a la humanidad del virus asesino.

Pero no, aún no era el momento. Uno de ellos se acercó al lateral de la cama y con voz cavernosa dijo: «Por favor, denos su agenda de contactos, entréguenos su móvil, ordenadores portátiles y de mesa, cartas, fotos comprometidas, historial médico, aunque, en realidad, sabemos todo de usted. Le ruego que no ofrezca resistencia porque esos tres que me acompañan tienen muy malas pulgas y no se lo van a pedir siquiera por favor. Primero le morderán la yugular y luego le exigirán que entregue la documentación que yo le estoy requiriendo amablemente». ¿Amablemente?, pensé mientras veía su boca fétida de afilada dentadura. Los otros asintieron con sus enormes cabezas lo que acababa de afirmar quien parecía ser el líder del cuarteto al tiempo que se aproximaban también a mí. Cielos, ahora sí, me dije, el destino me llama. Quieren participar del festín de carne y huesos. Pese al tembleque, pude leer los medallones que colgaban de los collares de tan singulares bestias parlantes. Las inscripciones eran breves y con iniciales. La del jefe, marcaba una S y una dirección de correo y teléfono; y la de los otros, una I, una C y una A con sus respectivas coordenadas.

Cuando ya me disponía resignado al sacrificio, a una señal del líder los otros se movieron, salieron del dormitorio y se dirigieron a otra habitación donde tengo un cuerpo de librería. Al poco escuché unos ruidos seguidos de insultos: «miserables, criminales, asesinos, fascistas». El alboroto crecía. Temí que los de abajo subieran a quejarse. El miedo me agarrotaba en la cama. La bulla había alcanzado proporciones estruendosas.  Rugidos, alaridos, aullidos, gritos, gemidos. Y de repente se hizo un silencio que aumentó más aún mi terror. Aguardé inmóvil en mi lecho unos cinco minutos. No se escuchaba nada. Movido por la curiosidad, salté de la cama, me calcé las zapatillas y caminé con sigilo hasta la habitación. La imagen era terrorífica. Los cuatro feroces canes se habían despedazado entre sí con un odio, nunca mejor dicho, canino. Cabezas seccionadas, ojos reventados, piernas fracturadas. Había sangre en el suelo y en las paredes. El piano, la cama y el sillón eran ahora pura astilla y la estantería se había derrumbado por los empujones  y el peso de los libros. Advertí que una biografía de Freud estaba manchada de excrementos como una novela de Murakami mientras que las cubiertas de la obra completa de Dostoievski y Camus mojadas por unos orines ácidos irrespirables.

¿Era esto cierto? ¿A qué se debía el mortal combate cuando habían llegado al piso los cuatro juntos y sin bronca aparente? ¿Cómo explicaría a la mañana siguiente a uno de los agentes de la brigada antivirus lo que había ocurrido? El presidente de la comunidad de vecinos llamaría al propietario y éste me denunciaría seguramente con razón y también sin ella, porque estas semanas no pocos tienen ganas de superar el celo policial. ¿Y qué le diría a la asistenta? Ella que con tanto esmero había limpiado la mañana anterior el cuarto y que solía utilizarlo para planchar. ¿Me abandonaría? ¿Lo podría soportar?

Eran tantas las preguntas que me hacía abrumado que hasta me olvidé de comprobar si las educadas ratas cubano-neoyorquinas de la cocina habían emprendido la fuga o incluso fueron devoradas por los perros asesinos.

Pensé que lo más sensato era regresar a la cama. Me tomé medio orfidal, leí tres párrafos de la interesante novela que tenía entre manos de un joven escritor santanderino e hice esfuerzos para dormir. Sinceramente no me costó mucho.

Bosco Esteruelas es periodista y escritor. Ha trabajado en El País como editorialista y corresponsal en Tokio y Bruselas, y antes en la agencia Efe en las delegaciones de Roma, Washington y Londres. Ha sido también portavoz de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación) y de la Comisión Europea. Ha publicado cuatro novelas, "El reencuentro" (2011), "Todo empezó con Obdulio" (2012), "Retorno a Zumaia" (2014 y "Gracias, asesino" (2020), y una colección de relatos titulada "La chica de Tsukiji" (2014)   En esta bitácora quiero observar e interpretar la realidad política y social desde fuera de la jungla urbana

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