Piratas, espejos y papel pintado

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Felice Romani, uno de los libretistas más prolíficos de la historia de la música, escribió un «melodrama» para Bellini en el que la gente estaba deseando morir por amor. Morir sin mucho que ganar a cambio, ¿eh? Palmar por el gusto de hacerlo. Il pirata tiene el clásico argumento romántico de dos pretendientes, una mujer y al final todos al hoyo. Además, como colofón pintoresco, tiene un descenso a la locura, que es algo que en aquellos años tenía mucho encanto. Para rematarlo, Bellini, uno de los maestros del bel canto, escribió unas arias formidables y una orquesta simplona, como mandan los cánones.

Como saben ustedes, no soy demasiado aficionado al género, pero aun así fui con entusiasmo al teatro, porque el dúo Camarena y Yoncheva bien vale un dramón. Ella tiene una técnica alucinante: no flaquea en ningún momento, aguanta los pianísimos y los fortísimos de una partitura endiablada como si no le costase esfuerzo. Sin embargo, sus dotes de actriz son francamente mejorables. Él empezó algo frío pero rápidamente dio muestras de la enorme calidad vocal (los agudos son terribles en esta ópera) que tiene embelesado al público madrileño –porque Camarena aquí es un divo. Completa la terna de protagonistas George Petean, que hace un Ernesto (el rival de Gualtiero, el tenor) correcto pero sin brillo. Es cierto que es un papel deslucido por lo tonto del personaje, al que no ayudó nada el disfraz de dictador de tebeo que le colocó la figurinista Pepa Ojanguren. Apreciable la Adele de María Miró y el Goffredo de Felipe Bou; desastroso el Itulbo de Marin Yonchev. Para terminar con las voces, excepcional el papel del coro, que tiene un enorme protagonismo en la función. Dirige Maurizio Benini, a quien hemos visto hace poco en Il trovatore, demostrando buen oficio. Para que estas óperas funcionen es necesario que el director siga a los cantantes y que la batuta demuestre flexibilidad: al fin y al cabo, en el bel canto lo que prima es la voz. No quisiera dejar de felicitar a los solistas de la orquesta, que estuvieron excelentes.

Detengámonos ahora en la puesta en escena que nos propone Emilio Sagi, un viejo conocido de la afición. El escenario es una especie de caja de espejos sobre la que se levanta y se abate un techo también especular. ¿Es este un mecanismo para enclaustrar a los personajes consigo mismos? ¿Sirve acaso para mostrarles su reflejo deformado? ¡Qué va! Es una excusa para poder cambiar el telón de fondo, donde lo mismo se pone un papel pintado con árboles deshojados que una pared llena de escudos y espadas que no desentonaría nada en un decorado de warhammers. Hay momentos absolutamente inverosímiles: sale Ernesto, vestido como un gobernador de Libertonia, y un coro de militares y señores bien vestidos le canta loas. Y es él, el duque, fusta en mano (para que sepamos que es mala gente), el que va de uno en un saludando a sus partidarios. ¿Pero dónde se ha visto eso? Tampoco parece muy creíble que un tipo tan bravucón asista a la confesión de su esposa (ella ama a Gualtiero) sentado en una silla como quien da de comer a los patos. También produce bochorno la escena en que Gualtiero amenaza con matar a los hijos de Imogene, en la que hacen al pobre tenor comportarse como si estuviese sonado. Otra: al final del acto segundo el coro sale de entre unas cortinas metálicas que hacen un ruido innecesario y que logran transformar el escenario en la pescadería de mi barrio. Y aún no hemos hablado de los pelucones y los vestidos de las mujeres, que parecen alquilados a André Rieu. Las óperas belcantistas son difíciles de adaptar, conste. Cuando no se tiene sustancia dramática hay que tirar de ingenio, vale. Pero es una cosa y otra es encadenar dos horas y media de sinsentidos en un escenario.

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