A Samuel Bliman (1930-2024), in memoriam
Hace unas semanas, un anuncio en el grupo de Facebook del distrito XIV de París alertaba de que montones de libros («pleins (sic) de livres«) yacían abandonados en una esquina, en una calle cercana a mi casa. Así era: una biblioteca desahuciada, a la intemperie, aguardaba silenciosamente el cobijo que quisieran ofrecerle nuevos lectores. O viceversa. Probablemente, efecto colateral de un apartamento vaciado, quizá a regañadientes, tras un fallecimiento o una venta. Libros de física nuclear, de electrónica y de mecánica cuántica, de estadística y de probabilidad; libros de texto, de ejercicios resueltos, cursos de escuela preparatoria, tomos académicos… pero no sólo de ciencias físicas, sino también de historia, de literatura, de filosofía; cuentos de Chéjov en ruso, diccionarios enciclopédicos de hebreo, ensayos de intelectuales judíos franceses; tratados sobre gramáticas generativas y sobre la batalla de Pavía; tesis doctorales sobre la democracia parlamentaria en Inglaterra en el siglo XIX, y memorias académicas escritas a máquina y anotadas a mano; revistas literarias y políticas (Le Débat, la Nouvelle Revue Française, Politique Internationale); libros de viajes, ensayos de Revel, de Malraux y de Cioran, biografías de Kissinger y obras de Herzl, novelas y novelitas acumuladas durante más de medio siglo…
Habría —calculé a ojo— miles de euros tirados allí, al alcance de quien los quisiera; sobre todo porque los libros académicos, numerosos, suelen ser tremendamente caros. Me corregí mentalmente: el valor no está en el objeto, sino en la mirada de quien lo observa. Aquel tesoro, pacientemente, amorosamente acumulado a lo largo de décadas, y sólo por eso valioso para su propietario —c’est le temps que tu as perdu pour ta rose qui fait ta rose si importante, recuerda Saint-Exupéry—, carecía de interés para quienes lo heredaron, quizá sus hijos, o sus nietos, o los compradores de un piso que ha visto apagarse a su morador. También había efectos personales: dossiers médicos con radiografías e indicaciones de medicamentos, alguna foto y alguna postal de amigos, una agenda personal repleta de citas y de anotaciones, de recordatorios para sí mismo. Los restos de una vida expuestos —eso sí, en columnas más o menos ordenadas— en la calle. Una vida que tiene un nombre, escrito en algunos sobres desperdigados aquí y allá, anotado a mano con letra menuda en algunos libros: Bliman, S. Bliman, Samuel Bliman.
¿Quién es, o quién era, el Samuel Bliman cuyos libros se acumulan en una esquina de una calle apartada y apacible en un distrito meridional de París? Internet es una gran aliada para estas preguntas y en estos menesteres, y en este caso bastó con buscar el nombre en Google: se trata de Samuel Lazare Bliman, hijo de Izrael Jankiel Bliman y de Chawa (francisée, o afrancesada, como Eva) Sztejn, judíos polacos de Radom; nacido en 1930 en París, fallecido en la misma ciudad —quizá, a unas manzanas de mi casa— el año pasado, casi centenario. Sus padres habían emigrado a Francia en 1927, huyendo de los pogromos. Como la de tantas familias judías en París de la época, su historia está atravesada por el Holocausto y la persecución nazi. Su padre, sastre, fue deportado y asesinado en Auschwitz, y su madre perdió su humilde tienda de comestibles, en el distrito XX de París. A sus doce años, él escapó por poco —escondido, junto a su hermana, de los gendarmes por su madre—, de la tristemente célebre redada del Velódromo de Invierno (rafle du Vél’d’Hiv), en julio de 1942: Bliman es un rescapé de Vél’d’Hiv.
Más de 13000 personas judías —hombres, mujeres y niños, sin distinción de edad— fueron arrestadas por la gendarmería francesa, en el París ocupado por los nazis, durante aquella redada. Serían recluidas durante días en el estadio, sin agua ni comida, y en condiciones higiénicas deplorables, para ser después transferidas a otros campos de tránsito (como Drancy), y por último deportadas y asesinadas en los campos de exterminio: se calcula que menos de un centenar de personas sobrevivió a su paso por Vél’d’Hiv. El velódromo, que se situaba en la rue Nélaton, en el distrito XV de París, no existe ya, porque fue demolido en 1959. Un pequeño jardín memorial a orillas del Sena, que pasa fácilmente desapercibido, y una placa en el antiguo emplazamiento del velódromo, donde hoy se alza un banal edificio de oficinas, recuerda hoy el siniestro episodio.
El velódromo no existe ya, pero Samuel Bliman sí existía, al menos hasta hace poco, y explicó su historia y su periplo familiar por Francia, huyendo de la persecución hasta el final de la guerra, en varios documentos (en francés): es fácil encontrar un testimonio audiovisual de 13 minutos, grabado hace tres años y puesto a disposición por France 24; así como una emotiva narración escrita, alojada en Le blog des enfants cachés en 2020, en la que rinde homenaje al “rigor y el coraje” de los instituteurs (maestros) laicos que contribuyeron a forjar su niñez, antes del armisticio y también después del naufragio; y describe, entre otras cosas, el barrio de inmigrantes judíos polacos en el que nació, y los estragos que en él causó la entrada de las tropas alemanas en París y la ocupación nazi (la lechería Hauser cambia de nombre; el dentista Kotchak abandona Francia; el negocio de pieles de conejo del señor Buchsbaum se ve obligado a cerrar…), el estrechamiento del cerco de las medidas antijudías y el abatimiento de la comunidad judía-polaca del distrito XX, desintegrándose alrededor de la familia de Samuel. La que le queda, que su madre —maman— consigue salvar, con la ayuda de algunos vecinos, abandonando París y errando por la llamada “zona libre”, en una deambulación repleta de penalidades, siempre con la amenaza de la delación y el arresto al acecho, con su hermana Cyporja (o Sylvia), con el pequeño Samuel y su aún más pequeña hermana, Suzanne, a la que había que llevar en brazos: Tarascon, Toulouse, Grenoble, Vizille…
El viejo profesor Bliman sí existía, aunque yo nunca lo conociera, y por eso estas modestas líneas van dedicadas a su memoria. Cuando todo terminó —pero nada termina realmente; todo continúa—, la familia Bliman hizo lo posible por averiguar el destino del padre, de Izrael Jankiel Liman. Para saber si estaba muerto o vivo, primero: la última carta que recibió su esposa estaba datada en junio de 1942. Después, cómo y dónde murió: en Auschwitz, por negarse a trabajar como intérprete de yiddish y de otras lenguas al servicio de los mandos de campo de exterminio, al parecer. Y cuándo falleció: en septiembre de 1942. Unas preguntas para la que Samuel sólo hallaría respuesta, como explica en su testimonio, diez años antes de su propio fallecimiento.
Los Bliman regresaron a París tras la guerra. “Nuestra calle”, comenta Bliman, la rue du Clos del distrito XX de París, “se había convertido en un cementerio”. Tras la guerra, Samuel Bliman —tal y como hacían sospechar sus libros— seguiría una carrera científica académica: se doctoró en Física, trabajaría como investigador en varias instituciones científicas (CNRS, Centro de Energía Atómica), y ejercería como professeur (catedrático) de Electrónica, primero en la Universidad de París VII, y posteriormente en la Universidad de París-Este Marne-la-Vallée, al este de París, hasta su jubilación: fue uno de los primeros profesores de esta última institución, cuando Marne-la-Vallée se emancipó de París VII, en 1991. A su muerte, en junio de 2024, el presidente de la Universidad Gustave Eiffel (sucesora de Marne-la-Vallée) rendía homenaje a su trayectoria académica y profesional, en un mensaje de condolencias que algún colega suyo compartía en LinkedIn.
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Amenazaba lluvia el día que alguien avisó por Facebook sobre la biblioteca de Bliman abandonada a la intemperie: el breve anuncio (“pleins (sic) de livres, servez vous avant la pluie”) animaba a los curiosos a salvar los ejemplares que encontraran de más interés, antes de que se desencadenara la tormenta…
No pude no hacerlo, así que ahora hay unos cuantos libros del profesor Bliman, a quien no conocí en vida, en mi salón: nos volvemos herederos, no siempre conscientes, de multitudes de personas con las que no nos hemos cruzado jamás. Uno de esos libros es el primer ejemplar de “La Nouvelle Nouvelle (sic) Revue Française”.

La histórica NRF se había fundado en 1908, y había alcanzado, en el seno de la editorial Gallimard, el apogeo de su prestigio como referencia literaria gala en el momento del estallido de la Segunda Guerra Mundial. Su circulación se interrumpió tras la capitulación francesa ante las tropas nazis, en 1940, y su propietario, Gaston Gallimard, pactó con las autoridades de ocupación depurar la revista de sus autores judíos y comunistas, y entregarla al antisemita y colaboracionista —además de gran escritor francés; el talento no está reservado a bellos de espíritu— Pierre Drieu La Rochelle, que la dirigió hasta 1943. Después dejó de publicarse, y tras la guerra fue prohibida por las nuevas autoridades, por colaboracionismo. Reapareció unos años después, en 1953, bajo la dirección del escritor (judío) Jean Paulhan, con ese curioso nombre, “La Nouvelle Nouvelle Revue Française”, que mantuvo durante unos años; con el número que ahora tengo en mi estantería, datado y numerado en su cabecera: “1er janvier 1953 — 1ère année, nº 1” . Abro con cuidado el vetusto ‘primer’ número, pero sin buscar ninguna página en concreto, en un improvisado ejercicio de libromancia. Y el ejemplar amarillento se abre pesadamente por un artículo de Henry de Montherlant, escrito en mayo de 1944. Se titula “La balance et le ver” (“La balanza y el gusano”), y arranca con estas palabras:
“Se ve en Sevilla, en el hospital de La Caridad, un cuadro conocido en el mundo entero, con la excepción de los grandes diccionarios franceses, que jamás escucharon hablar de su autor: Finis gloriae mundi, de [Juan de] Valdés Leal…”.
No conocía el cuadro, pero —de nuevo— Internet permite suplir rápidamente esas lagunas. Es un cuadro oscuro y lúgubre, tenebrista, realizado en la segunda mitad del siglo XVII por encargo de Miguel Mañara (el “seductor Mañara” que evoca Machado). Montherlant lo glosa y se interesa por la balanza pintada en la parte superior del cuadro, al fondo de la escena: una mano estigmatizada la sostiene; en sus dos platos en equilibrio reposan diversos motivos relacionados con la virtud cristiana, a la derecha (una Biblia, un pedazo de pan, una limosnera, un corazón con el cristograma JHS), y con distintos pecados, a la izquierda (la lujuria, simbolizada por una cabeza de cabra; la gula, por el cerdo; la soberbia, por el pavo real…). Dos inscripciones contextualizan la balanza, al pie de los dos platos: “NIMAS”, a la izquierda; “NIMENOS.”, a la derecha. Ni más, ni menos.
Montherlant explica así el significado de esa balanza: “Se pesan las virtudes, y éstas pesan lo mismo que los vicios. Exactamente el mismo peso. Para que la lección no pase desapercibida, para que quede bien clara, el cuadro os la da masticada, os la explica con palabras: está escrito ‘Ni más’ en uno de los platos, y ‘ni menos’ en el otro. Las virtudes no pesan ni más ni menos que los vicios. Todo es lo mismo, todo es igual [las cursivas están en español en el original]: es igual, esa gran expresión de los españoles; el no importa castellano, esta indiferencia que Malraux pone en boca del general Goded, cuando éste va a ser fusilado. Este cuadro ‘católico’ es el cuadro de la Equivalencia, es el cuadro de la Indiferencia… (..) Finis gloriae mundi es un lugar común, ‘ni más ni menos’ no lo es…”
El artículo continúa, pero yo me detengo ahí. No se me había ocurrido que las expresiones —ciertamente banales, por comunes, en español— “es igual”, “no importa” y “todo da lo mismo” pudieran pasar por una suerte de lemas nacionales, como un resumen o un recordatorio del triste prestigio en nuestras latitudes de la indiferencia o la desidia, de la resignación o de la apatía: del encogerse de hombros. Pero así lo afirma con rotundidad el académico francés, con ese aplomo coloreado de (amable, a veces admirativo) orientalismo tan habitual entre cierta intelectualidad gala de esa época —y de ésta—, sobre todo hablando de su extranjero menor más cercano. No es una crítica, y no lo argumenta; lo menciona de pasada y lo utiliza en su digresión, como una cosa sabida.
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La calidad de los estereotipos franceses sobre los españoles es tanta como la de los recíprocos —escasa—, tanto cuando se formulan desde la condescendencia, como cuando pretenden ser —como en este caso— vagamente elogiosos. Y en el fondo, Montherlant habla del cuadro y del ser español para hablar de sí mismo, como yo hablo de él para tratar de mis propias impresiones. Pero sus palabras impresas sobre las hojas de la vieja-nueva Nueva Revista me recuerdan a uno de los clips costumbristas más celebrados —y ambiguos— de Pantomima Full, el de la pareja conformista y desganada, entregada también a un fatalismo apenas remozado que parece atravesar los siglos. El vídeo, de un minuto y medio, causó cierto revuelo en su momento, quizá porque, sin ser ni tan divertido ni tan ligero como la mayoría de los del dúo cómico, sí era perfectamente reconocible en la confusa idiosincrasia española contemporánea, y por eso resultaba particularmente certero: hacía diana en una actitud vital que, sin ser mayoritaria, sí es fácil de encontrar en España. “Qué más da”, dice hablando de su piso en las afueras de Madrid —pero podría estar hablando de cualquier otra cosa—, “si es todo lo mismo”.
Me sorprende el comentario de Montherlant, porque lo más parecido a un lema nacional que se me figuraba es el “Plus Ultra” que decora las columnas de Hércules en el escudo. “Más allá” es, también, una idea más atractiva —por ambiciosa, por orgullosa, por aventurera— que el encogimiento nacional de hombros, que la desengañada bajada de brazos cuando domina la sensación de que ya se ha fracasado de todas las maneras posibles. Pero lo cierto es que, por mucho que esté inscrito en los escudos, y que ondee en las banderas, cuesta encontrar la ambición de ir “más allá” en la vida política, mediática, cultural del país, o al menos en sus ritornellos habituales, que dan la impresión de girar en círculo, de regodearse en el hastío de unos senderos yermos que ni se acaban ni llevan nunca a ningún sitio.
Es más fácil vislumbrar el cansancio profundo, el cinismo forzoso, la desconexión. Qué más da, si es todo lo mismo. La equivalencia y la indiferencia hacia las que apunta Montherlant: da igual. La actualidad informativa está monopolizada estos días por los escándalos de corrupción en el gobierno: todo es lo mismo. Unas inundaciones devastadoras, combinadas con negligencias graves tanto en la prevención como en la gestión de la catástrofe, arrasan el sur de Valencia y causan más de doscientos muertos: todos son iguales, ni mejores ni peores; tanto monta. Un apagón sin precedentes en Europa occidental deja a toda la Península sin suministro eléctrico durante más de un día: no importa, qué se le va a hacer. El gobierno pacta con delincuentes la impunidad por sus delitos a cambio de sus votos, en una forma sonrojante de autoamnistía que los propios delincuentes se ufanan de haber escrito en sede parlamentaria: es igual, da lo mismo. Por un momento, me pregunto si Henry de Montherlant, que habla de(sde) la España triste, vencida y vidriosa del año 1944, en plena posguerra, acierta al encasquetarnos ese fatalismo y esa resignación sin esperanza, esa abulia de la que entrevé huellas en el lúgubre y macabro cuadro barroco de Juan de Valdés: ni más, ni menos; lo comido por lo servido; tanto monta, monta tanto. Por unos instantes, me pregunto si esa indiferencia es la misma apatía, la misma atonía y falta de músculo social, y el mismo cinismo que producen hoy la saturación de escándalos, de despropósitos y de decepciones, y que seguramente favorece que éstos se reproduzcan impunemente; si es el mismo conformismo vital, quizá, que tan convincentemente encarna Pantomima Full en 90 segundos, a través de su pareja de treintañeros desganados de la periferia de Madrid. Ni más, ni menos. O el hombre del casino provinciano, “taciturno, hipocondríaco, prisionero en la Arcadia del presente”, que dibujaba Antonio Machado a principios del siglo XX —y al que ponía música Joan Manuel Serrat en las postrimerías del franquismo—, que tiene mustia la piel, el pelo cano, y ojos velados por melancolía.
Son tan sólo unos instantes; pero los suficientes como para dudar si en España seguimos, como él, pasando sin haber sido —o si seguimos, como él, presos de ese pasar sin haber sido—; si efectivamente ese hombre que sigue bostezando de política no es de ayer, ni de mañana, sino que es de nunca, de la cepa hispana, como amargamente advertía el poeta.
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Coda:
(Fragmento de conservación entre un camarero, con el paño en el hombro, y un parroquiano que apura su cerveza en un bar semidesierto de Madrid, una tarde de canícula.)
— ¿Has visto que han enchironao al Cerdán ese?
— Sí… Y qué. No durará mucho ahí. Ya harán para aprobar una ley, que en el párrafo veintiséis cuatro dirá que puede salir.
— Mientras que si nos pasa a nosotros…
— Jé.
Me digo que el drama de España cabe en esa palabra engañosamente inofensiva, en su persona, en su tiempo, en su fatiga; pronunciada sin ganas y sin dudas: “harán”.
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Coda 2:
No llovió aquella tarde. Pasé por la esquina de los libros un par de días después; algún alma caritativa había retirado los volúmenes que no salvamos ni yo ni otros vecinos, y los había acercado a otra esquina cercana, más resguardados de las inclemencias del tiempo. Pero ya no quedaban muchos, constaté con satisfacción. La memoria del profesor del profesor Bliman, hijo de Izrael Jankiel Bliman y de Chawa (o Eva) Sztejn, judíos polacos de Radom, no se mantiene sólo a través de su obra, su testimonio y sus recuerdos compartidos por Internet; ni se limita a su familia, sus amigos, sus alumnos, sus colegas, y todos aquellos que lo conocieron. Su biblioteca, esa lenta destilación de una vida de la que es a la vez paciente reflejo y presagio, está también secretamente distribuida en múltiples apartamentos del distrito XIV de París: allí continúa germinando, transportando a los lectores a lugares inopinados, quizá al interior de sí mismos.





